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Publicado el 16 de enero, 2020

Jaime Antúnez Aldunate: Piedad e impiedad

Doctor en Filosofía Jaime Antúnez Aldunate

Va dejando hoy de prevalecer la impiedad o el odio de un frente compacto organizado contra otro frente. Ésta, la actual, es la no piedad enraizada en la individualidad de los seres. Sólo salva de esta situación una cura de solidaridad muy profunda, capaz de retomar el rescate de la cultura, ahora amenazada o destruida por una mezcla de fuerzas endógenas y exógenas que no identificamos bien.

Jaime Antúnez Aldunate Doctor en Filosofía

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Una de las definiciones que el diccionario de la RAE da de la impiedad es la falta de compasión. Hay otras, como el desprecio a la religión o la falta de virtud.

Es una percepción generalizada que el siglo pasado se caracterizó por la impiedad. Después que Nietszche diera aviso de la “muerte de Dios”, vimos también la muerte del hombre, su principal imagen, y la extinción paulatina y extensiva de los humanismos. Es verdad que hubo, a mitad de la centuria, en sentido contrario, signos importantes y esperanzadores como la Declaración de los Derechos Humanos -inspirada por Maritain y adoptada por la ONU en 1948-, los pasos dados hacia Unión Europea bajo la guía de grandes espíritus, y el Concilio Vaticano II convocado y guiado por Juan XXIII y Pablo VI. Algunos pensaron que, luego, con el fin de las macroideologías y la caída del Muro de Berlín, junto con la libertad, reflorecerían también la fraternidad y nuevos humanismos. No fue así y hubo razones para ello.

El “fin de la historia” que entonces se anunció -el de un largo pasado al que había sucedido ese siglo de tragedias- vino a ser reemplazado por la instalación, a nivel individual, de una idea de progreso anclada en la competencia, rápidamente traducible -en ausencia del resurgir humanístico- en una pseudo-antropología de la rivalidad, opuesta a la virtud de la fraternidad. Su desarrollo fue pronto asumiendo una velocidad vertiginosa, al tenor del crecimiento tecnológico. Como lo comentó Stefano Zamagni en el seminario de Humanitas realizado en la Universidad Católica en agosto de 2015, el “output” de la economía mundial era ya, a esas alturas, superior entre el año 2000 y ese mismo 2015 (vale decir, tres lustros) que entre el año 1 y el 2000 de nuestra era.

Al cabo del tiempo, en esta dirección, el sentido asociativo fue cooptado por la sola comunidad de intereses, que reemplazó a la solidaridad. La asociación fundada únicamente en el interés de las partes dura hasta tanto interesa a cada una, y luego se rompe, es la experiencia: la Unión Europea se triza, la Alianza Atlántica se desvanece, no se sostienen los acuerdos ecológicos para cuidar la “casa común”, fundamentalismos y populismos rompen con otros acuerdos y amenazan la paz global desde cualquier punto del planeta. El concepto de gratuidad va haciéndose muy difícil de comprender, a todo nivel. La piedad, no fuera el empeño universal de alguien como Papa Francisco, tiende a desaparecer del horizonte.

Chile, según sostiene la sociología que maneja la propia oposición -aun cuando no afín a su natural- fue el alumno más aplicado del mundo en orden a dicha nueva idea de progreso. Las cifras macroeconómicas muestran sus innegables resultados. No serían del mismo modo observables -pues se sitúan en otro plano- los efectos que dicen relación al ligamen social, factor más necesario aún que el desempeño económico para que una sociedad funcione. Su pulverización se nos hizo ahora presente como súbito cataclismo.

Va dejando hoy de prevalecer la impiedad o el odio de un frente compacto organizado contra otro frente, incluso la sensación de solidaridad de algún aliado en la retaguardia, tal cual sucedió siempre en las guerras y otras confrontaciones. Ésta, la actual, es la no piedad enraizada en la individualidad de los seres. Es en ese formato que amenaza cada día también a la paz mundial.

Para centrarnos en Chile, la concomitancia, en portada de un diario, de la foto de otra iglesia incendiada por un vándalo y la información de Carabineros advirtiendo que puede tener que abandonar su servicio porque no tiene condiciones para prestarlos, es una radiografía del grave dominio de tal impiedad entre nosotros. Igual cosa ha de decirse de la violencia y el daño causado por jóvenes que boicotean la PSU a quienes la Defensoría de la Niñez sale en seguida a exonerar. ¿Y qué pensar de un Congreso absorbido por la intemperancia de las acusaciones, mientras no acaba de resolver leyes como la protección física del aparato crítico del país, ya gravemente expuesto, siendo fundado temer que lo sea aún mucho más?

Sólo salva de esta situación una cura de solidaridad muy profunda, capaz de retomar el rescate de la cultura, ahora amenazada o destruida por una mezcla de fuerzas endógenas y exógenas que no identificamos bien. Cultura no entendida como “espectáculo” -lo que sería más de lo mismo- sino como “philia”, amistad y ligamen social, que provee el estilo de vida común que caracteriza a un pueblo, que comprende la tensión constructiva entre los valores que lo animan y desvalores que lo debilitan, y las formas a través de las cuales estos se expresan y configuran. Lo cual supone, por su parte, una recuperación de las costumbres, del lenguaje, del respeto a las instituciones y estructuras en que se asienta la convivencia social. En definitiva, de todo aquello que hace de la cultura la vida de un pueblo (cfr. Puebla, 387) y pueblo, a la sociedad humana que vive de una cultura así comprendida y con ella se alimenta.

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