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Publicado el 02 de febrero, 2020

Jaime Antúnez Aldunate: La hora del expresidente Ricardo Lagos

Doctor en Filosofía Jaime Antúnez Aldunate

En torno a la tutela y garantía que proporciona al país una personalidad excepcional -cuya respetabilidad no tiene símil en los estados de la región- es el momento de articular, con conciencia y responsabilidad, un camino que replique un Acuerdo Nacional como el de 1985, que garantice la paz, la convivencia y el orden ciudadano.

Jaime Antúnez Aldunate Doctor en Filosofía

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En un contexto político clásico de izquierdas y derechas -Chile fue uno de los países más perseverantes en esta dicotomía cada vez más difusa-, Ricardo Lagos Escobar buscó el año 2000 la presidencia de Chile. La obtuvo por estrecho margen y realizó un gran gobierno. Yo no voté por él, pero me es imposible dejar de ver que ese resultado fue no sólo lo justo, sino lo mejor para Chile.

Hace dos años, en un acto de gran generosidad y quizá intuyendo lo que venía, Ricardo Lagos ofreció al país, a través de los partidos en que había servido a la política, una nueva postulación presidencial. Culturalmente, por desgracia, los tiempos habían cambiado mucho y sus correligionarios, contagiados por el mismo fenómeno de “levedad del ser” que sus rivales, desecharon su oferta y optaron por la insignificancia. Privaron al país no digo de una confrontación de altura entre la derecha y la izquierda, sino de otra cosa mucho más gravitante: de la confrontación entre el paradigma del eficientismo tecnocrático que postuló representar el actual Presidente Piñera, y el paradigma de la autoridad política, del cual el ex Presidente Lagos es el único habitante de este país que aún conserva algún capital.

Hoy la nación comienza a mirar hacia ese único chileno vivo que haya ocupado el sillón presidencial que goza de crédito político. Creo que él, con patriótica sensibilidad, debe percatarse. Su intervención el pasado miércoles 22 en el CEP es un auspicioso signo de ello.

Resumida en sus apartes principales por la prensa, la exposición de Lagos fue la que se podía esperar de un estadista que provee sus palabras con fuerte horizonte de sentido, precisamente de lo que en este momento transversalmente carecemos. Haciéndose cargo, con una mirada contemporánea, de un contexto como el de la “revolución digital”, sus propuestas en el plano fiscal, de infraestructura, ecológico y demás, están permeadas de cierta visión antropológica en la que el concepto de dignidad no aparece como arma arrojadiza, sino como cultura y costumbre que se edifica “sobre huellas del pasado con la mirada en el  futuro”.

Sin desconocer el liderazgo de la inversión privada, no debe extrañar a los más conservadores que el expresidente haya subrayado la moderna necesidad de un estado más fuerte y conductor, que asuma su realidad en esta hora histórica. La disyuntiva no se circunscribe a Chile y no es en absoluto diferente de lo que planteó Benedicto XVI en Caritas in veritate n. 24.

Cuestión muy conveniente es que el expresidente haya querido la compañía de un jurista y buen expositor como el abogado Enrique Barros, capaz de explicar en breve los “esenciales constitucionales” que pueden conformar un consenso político básico.

Lo dicho hasta aquí es, entre tanto, una premisa. Resulta indispensable y urgente, pues el tiempo apremia, actualizarla eficazmente lo más pronto posible, en el presente contexto de desencuentro y destrucción generalizada que no resiste más y que augura, sea cual sea el legítimo resultado del plebiscito, un cuadro mucho peor.

En torno a la tutela y garantía que proporciona al país una personalidad excepcional -cuya respetabilidad no tiene símil en los estados de la región- es el momento de articular, con conciencia y responsabilidad, un camino que replique un Acuerdo Nacional como el de 1985, que garantice la paz, la convivencia y el orden ciudadano. Dominados por una confusión y por una violencia incontrolada de características nunca vistas en la historia de Chile, es poco el tiempo que tenemos para asirnos a una narración que nos haga mirar nuestro mundo de otra manera. Que permita recuperar a nuestros ojos la belleza que poseemos, ennegrecida ahora de hollín, sintiéndonos parte de un tejido vivo, que ponga a luz la urdimbre que nos constituye como nación digna y respetable.

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