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Publicado el 14 diciembre, 2020

Jaime Abedrapo: El pragmatismo de nuestros tiempos

Director Escuela de Gobierno, Universidad San Sebastián Jaime Abedrapo

Chile ha pasado de ser un Estado que en los hechos relativiza los derechos fundamentales o los desatiende tras la “necesidad” de un modelo pragmático que proteja los intereses comerciales y financieros, evitando presentar estrategias de cooperación, integración política, social y cultural regional.

Jaime Abedrapo Director Escuela de Gobierno, Universidad San Sebastián
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Se suele escuchar a personas vinculadas a las instituciones de la República sostener que se requiere, en las grandes decisiones, un pragmatismo que nos permita adoptar buenas resoluciones en defensa de nuestros intereses, en un contexto internacional y doméstico dinámico -o “líquido”, como se caracteriza en estos días.

En los hechos, nuestra política exterior ha mutado desde una inserción internacional sostenida sobre ciertos principios en tiempos del retorno a la democracia hacia una aproximación pragmática como estrategia principal para adaptarse a los cambios en la escena internacional. Ejemplos hay varios, como la manera en que el país se adapta al nuevo reparto de poder mundial en el cual China cada vez adquiere más protagonismo, y en los temas que son percibidos como un riesgo a los intereses nacionales, como la firma Escazú o el Pacto Global Migratorio, entre otros.

Por cierto, primeramente, tendríamos que decodificar qué es lo que precisamente se entiende por dicho concepto (pragmatismo). Si acudimos a la historia de las ideas, será en Estados Unidos con autores como Peirce y James en el siglo XIX, en medio de los tiempos modernos racionalistas, los que aportaron a la definición de dicho concepto que busca identificar consecuencias prácticas deseables de la actuación, situando el criterio de verdad en la eficacia de la acción. Es decir, es una preferencia por lo útil y lo práctico, lo cual tiende a relativizar los compromisos con valores y convicciones que le dan sentido a la política.

Esta corriente sumó bastante adeptos como reacción a los tiempos de ideologización de la política propios de la Guerra Fría (S. XX), ya que una mirada totalizante de mundo generalmente confunde el bien común con una irrealidad (utopía) -voluntarista- que tiende a instrumentalizar a las personas y a las comunidades para alcanzar objetivos ideales, los cuales en general significa el menosprecio de los derechos fundamentales de las personas.

Lo paradojal es que, en los tiempos actuales, pareciera que los derechos humanos que emanan desde la dignidad de las personas son condicionados e incluso puestos en segundo plano frente al enfoque pragmático, el cual olvida visiones de sociedad y compromiso con las personas. Se tiende a lógicas crematísticas o comerciales que no cautelan una perspectiva integral desde la perspectiva medioambiental, social y, por ende, de protección a los derechos fundamentales en tiempos de una crisis política global de legitimidad.

El pragmatismo ha tenido un eco notorio y aberrante, toda vez que resulta evidente que ha sido la manera en que la elite política ha entendido su labor decisional en materia de acción pública en el ámbito nacional e internacional. Por un lado, los acuerdos perdieron la perspectiva del bien común o bien general, y más bien se centraron en la mantención del poder a través de la adaptación al entorno sin reparar en el sentido o costos para la legitimidad de la política, la cual en estos días no presenta un camino para la sociedad que exceda a la perspectiva meramente materialista e inmanente de corto plazo.

En consecuencia, Chile ha pasado de ser un país que aprendió con posterioridad a los tiempos de la dictadura militar acerca de la importancia del compromiso en materia de protección y defensa de los derechos humanos, a un Estado que en los hechos relativiza los derechos fundamentales o los desatiende tras la “necesidad” de un modelo pragmático que proteja los intereses comerciales y financieros, evitando presentar estrategias de cooperación, integración política, social y cultural regional. Además, nos presenta una actitud de distanciamiento de lo multilateral en un contexto mundial incierto y de estructuras internacionales decadentes.

Chile pareciera estar cómodo desde el paradigma pragmático, del cual difícilmente surjan nuevas esperanzas y un sentido a la globalización y su respectiva gobernanza mundial, la cual seguirá percibiéndose como un espacio para la defensa del sector financiero y comercial, lejano de la construcción de un orden sustentado en la solidaridad. Por ello, pareciera importante promover un cambio cultural en nuestras elites a objeto de renovar el compromiso con y por las personas.

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