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Publicado el 03 de enero, 2020

Jaime Abedrapo: El derecho al desarrollo de los pueblos: La necesaria renovación del compromiso con la persona humana

Director de Investigación de la Escuela de Gobierno, Universidad San Sebastián Jaime Abedrapo

Esta reflexión fue motivada para buscar hipótesis o alternativas de respuestas acerca del porqué de la pobreza en tiempos de abundancia, cuál es la causa primera de la degradación del medioambiente, cómo se intenta remediar la situación de sobreexplotación de los recursos naturales, cuáles son los derechos vulnerados y cómo el sistema internacional actúa a favor de remediar la situación.

Jaime Abedrapo Director de Investigación de la Escuela de Gobierno, Universidad San Sebastián

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El cuestionamiento central del régimen internacional plutocrático vigente gira en torno a si se podrá avanzar en la cristalización e implementación del derecho al desarrollo de los pueblos en tiempos de desafecto e indiferencia, cuestión que nos motiva a preguntarnos sobre qué entenderemos por desarrollo en un contexto mundial cuyo principal motor de crecimiento ha sido la especulación financiera, facilitado por las garantías a la acumulación de capital y patrimonio para los operadores económicos y políticos.

La evidencia nos muestra que hoy estamos más desafectos que antes, porque existen incentivos más poderosos para ello. Acomodados en un marco político general que se desembarca de la moral en el análisis de conducta de los Estados y de las personas. En efecto, los principios ‘rectores’ del orden internacional parecieran conseguir políticas en la gobernanza económica mundial en extremo deshumanizadas, lo que conlleva a un cuestionamiento de la idea de progreso (constante y ascendente) impuesta a través de distintos regímenes internacionales vigentes, tales como el de comercio, crédito y financiero, tan característico de la modernidad. En efecto, la realidad mundial se muestra lastimosa desde la perspectiva de la creación de comunidad, cohesión y paz social.

La post modernidad que hemos iniciado se caracteriza, en gran medida, por la post verdad. Ello tampoco se ha presentado como una alternativa al proceso de deshumanización, sino que, al contrario, avanza en el descrédito de toda autoridad y desconfía de todos, exacerbando el individualismo egoísta, manteniendo de la modernidad el mismo plano inmanente, intrascendental y materialista, lo cual imposibilita las bases de una política del encuentro, la cual coloque en el centro de la ocupación a la persona humana.

La ‘arquitectura’ económica internacional, compuesta por la OMC, FMI, BM, entre otras organizaciones intergubernamentales, que ha sido capaz de supeditar el orden político al económico, se ha desentendido de las personas. En los hechos actualmente hablamos de individuos y la libertad no es un medio, sino un fin carente de contenido, y sólo argumentado desde la subjetividad en un marco ideológico que presenta una racionalidad homogénea como el único marco para alcanzar el desarrollo. Hoy esta situación encuentra una respuesta cada vez más contundente desde las organizaciones de la sociedad civil a nivel mundial, mientras que, en el ámbito político, en especial Sudamérica, las respuestas han estado en el regreso al autoritarismo con ribetes populistas, como lo es Venezuela desde hace dos décadas, situación que pareciera hacer más evidente la decadencia del sistema internacional.

La política a escala humana debe primeramente ver al conjunto de derechos y deberes que permiten al ser humano desarrollar sus potenciales, y así ser persona.

En este contexto, urge trazar respuestas a la situación descrita, primeramente, abrazando la idea de persona humana, cuestión que nos lleva a las corrientes personalistas y comunitarias, y, posteriormente, encontrar sentido a los derechos humanos e intentar comprender la dimensión del extravío de la humanidad, el cual nos lleva a la autodestrucción por efectos en el cambio climático y, sobre todo, por transformar el homo sapiens en homo economicus.

Es evidente que los personalistas se encuentran en el olvido, y el personalismo comunitario pareciera una vetusta forma de comprender la política, básicamente porque ella reconoce a las ciencias morales en el estudio de los actos humanos tanto a nivel personal como grupal. Es decir, observa la política a través de los caminos trazados por Aristóteles y secundados por el cristianismo (greco-cristiano). Para muchos, estas ideas están desterradas porque cuestionan la libertad y/o autonomía del sujeto – individuo. Nombres tales como Buber, Péguy, Mounier, Maritain, Lacroix, Sheler, Marías, Millán Puelles, entre otros iusnaturalistas ontológicos, hoy tienen escaso eco o influencia política, ya que su común denominador es el entendimiento y defensa de la persona humana, sustentada en su propia dignidad, la cual debiera moldear la política internacional y no viceversa.

La política a escala humana debe primeramente ver al conjunto de derechos y deberes que permiten al ser humano desarrollar sus potenciales, y así ser persona. La modernidad ha sido un escenario de espaldas a ella, ya que ha confundido lo humano al no reconocer su esencia y, por extensión, sus derechos, ya que los radica mayoritariamente en el consenso iuspositivista y en las relaciones de poder y dominio.

¿Qué pasa cuando el consenso no da respuestas jurídicas a la situación de las limpiezas étnicas, pueblos que siguen bajo ocupación, migrantes a razón del cambio climático, desplazamiento forzado por causa de la pobreza, entre muchas otras situaciones? Frente a estas interrogantes debemos buscar la lógica y dinámica de las actuales directrices de la gobernanza mundial, para así comprender el paradigma que sirve de soporte en la implementación de las relaciones internacionales e interpersonales contemporáneas, ya que éste sería el pilar de la legitimidad de las mismas. Ello se nos presenta como menester para proponer un cambio en los cimientos del (des)orden económico mundial, permitiendo así la aplicabilidad del derecho al desarrollo de los pueblos.

En consecuencia, el propósito de esta reflexión es presentar cómo se puede establecer un nuevo marco social para la aplicabilidad de los Derechos de Tercera Generación (Derecho al Desarrollo de los Pueblos y Desarrollo Sustentable).

La crisis de nuestro tiempo nos permite abrir una oportunidad a través de renovar el pensamiento en dirección a rescatar desde el personalismo comunitario la voluntad, compromiso y convicción en la buena vida humana de la multitud.

En ese aspecto, situaciones como el cambio climático nos manifiestan la urgencia en la implementación de las normas de protección medioambiental y, especialmente, reformas en el modelo o estrategia de desarrollo, en vistas a evitar que continúen los desastres provocados por ello y que están afectando a millones de personas. Por ello se propondrá reevaluar la función de las organizaciones internacionales, en particular en el ámbito de la participación en la toma de decisiones sobre políticas globales. Ello se presenta como la diferencia entre mantener un modelo de competencia que se está mostrando insustentable y redireccionar la política mundial hacia la cooperación en un contexto de redefinición del concepto de desarrollo, de modo de dar cumplimiento real a las disposiciones del Pacto de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (1966).

La observancia del subjetivismo actual nos permitirá comprender la tormentosa relación entre los regímenes autocontenidos y las garantías o protección de la persona, en aspectos que se muestran como contradictorios (ejemplo los Acuerdos Medioambientales). Así damos importancia a la acción de la sociedad civil organizada que se ha enfrentado a la ‘arquitectura’ económica internacional, reivindicando el ‘empoderamiento’ de la persona humana, es decir, implícitamente albergando el objetivo o dimensión societaria o comunitaria. Cuestión que permite abrir espacios a la esperanza en un orden más justo.

En efecto, la modernidad como contexto en el cual nos desenvolvemos, por lo menos en Occidente, nos ha presentado el axioma de que no hay un principio en la naturaleza, todo se limita a la especulación, por tanto, se fomenta tener una visión propia. En tiempos de vaguedad y de vacío de contenidos, la verdad ha sido descartada por decreto de los libres pensadores y nos presentan ideas de superioridad. En este contexto, la legitimidad de las normas, incluidos los derechos humanos, se relativizan, transformándose en catálogos de derechos, pero vacíos de fundamentos y obligaciones.

Pareciera que ya no están los tiempos para aplaudir al faro de luz que ha conseguido que las 500 personas más ricas del planeta tengan ingresos superiores a los 416 millones de personas más pobres del mismo. Deben ser extremadamente competentes y resulta ejemplar cómo se respetan el derecho a propiedad y a contrato, derechos humanos en la actualidad muy resguardados. Esta frase por supuesto que lleva ironía, y se nos presenta en el corazón de la conflictividad actual y revela la deshumanización del sistema internacional interconectado, el cual nos presenta la concentración de la riqueza como un rasgo manifiesto, al igual que la indiferencia con los otros miembros del pueblo y/o comunidad.

En consecuencia, la crisis de nuestro tiempo nos permite abrir una oportunidad a través de renovar el pensamiento en dirección a rescatar desde el personalismo comunitario la voluntad, compromiso y convicción en la buena vida humana de la multitud, como lo destacó Jacques Maritain, cuestión que requiere un reencuentro con la persona humana y su dignidad.

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