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Publicado el 20 de febrero, 2019

Jaime Abedrapo: Derechos humanos, Naciones Unidas y el valor de la verdad

Director de Investigación de la Escuela de Gobierno, Universidad San Sebastián Jaime Abedrapo

Las razones de Estado en muchas ocasiones han deshumanizado nuestra sociedad internacional, pero no por ello se puede renunciar a reivindicar la dignidad humana, que más que nacer de un consenso entre las partes se sustenta en la razón. Los apegos o simpatías ideológicas tienden a distraernos de una acción oportuna en favor de la protección de los derechos humanos. Además, juegan un papel de filtro o selección en la acción que decididamente debiera emprender la organización cada vez que se constatan violaciones a los derechos humanos.

Jaime Abedrapo Director de Investigación de la Escuela de Gobierno, Universidad San Sebastián
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Si alguien alguna vez abrazó la idea de que jamás los Estados permitirían crear las condiciones de miseria humana que posibilitaron la tragedia en los campos de batallas y contra la población civil durante las dos guerras mundiales, podrá comprender que se ha equivocado y que no existe razón alguna para ser optimistas respecto a que los Estados garanticen los tratados y acuerdos que se habían comprometido a respetar, cautelar y garantizar en vista a la protección de las personas. Lejos parecieran quedar los compromisos de los líderes mundiales en preservar el régimen internacional de los derechos humanos, protegiendo a las personas sin importar su género, religión, raza, condición social o cualquier categoría.

Relativismo axiológico heredado de corrientes de pensamientos existencialistas en un marco post moderno explican de alguna manera la desatención a los derechos humanos en las principales potencias occidentales, mientras que el ajuste en el reparto de poder entre las potencias mundiales facilita el supeditar el respeto de los derechos humanos a sus intereses particulares. Ello, en un marco de descrédito y manipulación de la información que recibimos a diario, lo cual explica la falta de credibilidad generalizada en la cual nos relacionamos. En efecto, los Estados han debido reconocer que mienten sistemáticamente luego de los casos de filtración de documentos como “wikileaks”, mientras que instituciones como la Iglesia Católica, reconocidas por su aporte doctrinario a la concepción de persona humana, por tanto, promotora de sus derechos, hoy se ha sumergido en una profunda crisis de confianza y credibilidad.

En dicho escenario, las Naciones Unidas han ido perdiendo capacidad de conducción, e incluso su actuar se ha convertido en irrelevante respecto de violaciones a los derechos humanos. De hecho, prácticamente nadie confía que este organismo pueda crear las condiciones para terminar con algunas violaciones manifiestas y sistemáticas a los derechos humanos de carácter individual, colectivo y de tercera generación. En efecto, NU prácticamente se ha visto estéril para realizar acciones en concreto a través del Capítulo VII de la Carta (1948) que signifiquen intervenir en distintos teatros de operaciones en favor de la población civil, y actualmente pareciera que sus capacidades diplomáticas o facilitadoras están siendo cuestionadas.

NU, en especial el Consejo de Derechos Humanos, no debiera actuar según un análisis situacional, como se ha argumentado en favor de la inacción en el caso de Venezuela.

En los hechos, la propia organización elabora periódicamente una lista de países en donde se violan los derechos humanos. Algunos de ellos llevan más de algunas décadas sin que la situación mejore. Algunos ejemplos son Cuba, Venezuela, México (básicamente por la asociación entre el narcotráfico–crimen organizado y las autoridades). Si ampliamos la mirada veremos a Myanmar, Tailandia, Arabia Saudita (mantiene desde su creación una legislación que contempla castigos corporales), Ucrania, Sudán del Sur, República Centro Africana, Sudán, Sri Lanka, Corea del Norte, Siria e Irak, entre otros. Sin dejar de mencionar el emblemático caso de Palestina, que lleva más de 70 años bajo ocupación, siendo una prueba fehaciente de las incapacidades del sistema de Naciones Unidas y de sus limitaciones en materia de protección de los derechos humanos cuando de por medio están los intereses de potencias centrales.

Esta columna no propone cerrar Naciones Unidas, sino que revalorizar la importancia de los derechos humanos desde una visión ontológica que nos permita tener una perspectiva de lo gravitante que es el respeto, garantía y protección de los derechos humanos, ya que cuando se violan sistemáticamente se está frente a un problema político, cultural y civilizacional. Las razones de Estado en muchas ocasiones (quizás demasiadas) han deshumanizado nuestra sociedad internacional, pero no por ello se puede renunciar a reivindicar la dignidad humana, que más que nacer de un consenso entre las partes se sustenta en la razón. Por tanto, los apegos o simpatías ideológicas tienden a distraernos de una acción oportuna en favor a la protección de los derechos humanos. Además, juegan un papel de filtro o selección en la acción que decididamente debiera emprender la organización cada vez que se constatan violaciones a los derechos humanos.

Desde otra perspectiva, NU, en especial el Consejo de Derechos Humanos, no debiera actuar según un análisis situacional, como se ha argumentado en favor de la inacción en el caso de Venezuela. La acción de dicho organismo se fundamenta y legitima cuando busca proteger a las víctimas sin cálculos políticos de segunda consideración.

¡Quien diga defender los derechos humanos y actuar en base a ellos no debe tener anteojeras!

En definitiva, una revitalización de la mirada ontológica parece urgente si se trata de respetar los derechos humanos. Para ello se debiera incubar una nueva generación de líderes que comprenda el valor de los derechos humanos en su esencia, y que estén dispuestos incluso a perder electores si es que fuera necesario en favor de su protección.

Por último, resulta triste y preocupante ver cómo se contagia la necesidad de denunciar violaciones a los derechos humanos cuando éstas las cometen los enemigos políticos o ideológicos, pero a iguales hechos cometidos por otros Estados la respuesta es tímida o inexistente. Ello a no dudar redunda en un mayor descrédito en la política de los derechos humanos de los Estados y de sus líderes, ya que en sí conlleva un doble rasero, lo que no resulta admisible desde la perspectiva de la promoción y protección de los derechos humanos.

Para defender los derechos humanos se requiere primeramente saber de lo que se está hablando, y segundo lugar, no instrumentalizarlos ideológicamente. ¡Quien diga defender los derechos humanos y actuar en base a ellos no debe tener anteojeras!

FOTO: DANIEL HERNANDEZ/AGENCIAUNO

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