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Publicado el 09 de febrero, 2020

Jaime Abedrapo: ¿Cómo salimos de la actual crisis política?

Director de Investigación de la Escuela de Gobierno, Universidad San Sebastián Jaime Abedrapo
Entender lo que nos ha sucedido como pueblo es necesario para renovar la confianza en las instituciones de la república a objeto de brindar las condiciones de una representación política efectiva ante la convulsionada y crispada sociedad actual.
Jaime Abedrapo Director de Investigación de la Escuela de Gobierno, Universidad San Sebastián

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Luego del estallido social del 18 de octubre del 2019 me he preguntado cómo salimos de esta lamentable violencia social y política en la que estamos. Para intentar levantar hipótesis de una salida, primero hay que comprender las causas que nos han llevado al estallido de violencia. Sin ello no hay comprensión del fenómeno y las respuestas serán más bien mediáticas y de corto plazo. Hay quienes se han empantanado en qué es primero, el orden público o el pacto social (nueva Constitución). Recordarán ustedes el dilema acerca de qué es primero: ¿el huevo o la gallina? En definitiva, por interesante que sea el dilema, en este caso nos distrae porque evita comprender las causas del estallido social.

Entender lo que nos ha sucedido como pueblo es necesario para renovar la confianza en las instituciones de la república a objeto de brindar las condiciones de una representación política efectiva ante la convulsionada y crispada sociedad actual. Algunos advierten que es el momento de replantearnos el régimen democrático de representación de corte liberal que se sustenta en políticos profesionales, y dar pasos firmes en dirección a un sistema de participación más directa en la toma de decisiones por parte de la ciudadanía. De alguna manera acotar la representación y ampliar la democracia directa.

Al respecto, desde la ciencia política pareciera muy relevante el punto expuesto, pero desde una dimensión más de fondo pareciera insuficiente para comprender lo que sucede en Chile. En efecto, la estrategia de desarrollo actual recogida desde la gobernanza mundial ha permitido la concentración de capital producto del sistema financiero y comercial, el cual fue instaurado voluntariamente por las elites políticas y empresariales del país, por lo que en el trasfondo de la violencia política y social estaría una percepción de injusticia que conlleva las fuerzas y directrices de la globalización, que en definitiva hace que las personas estén supeditada a las necesidades del capital y grandes operadores financieros.

En ese sentido, las respuestas del paradigma moderno -racional- no satisfacen a muchos actores sociales. Parecieran caer en el vacío los contrargumentos tales como que el sistema ha sido beneficioso porque ha conseguido “objetivamente” mejorar la calidad de vida de todos, ya que el país se ha capitalizado (su PIB se ha cuadruplicado en las últimas cuatro décadas), la pobreza reducido, la cobertura educacional ampliado, el ingreso a las universidades se ha multiplicado por cuatro o cinco y ha permitido el acceso de estudiantes desde distintos estratos sociales, entre otros muchos datos o realidades que parecieran incontestables desde la perspectiva “progresista” -racionalista.

Lo anterior, sin embargo, no consigna el proceso que muy posiblemente explica la irrupción de la violencia, que es la constante y gradual pulverización del tejido social que afecta directamente la cohesión de la sociedad. Chile fue perdiendo una visión de vida en común. La causa primera de aquello estaría en el individualismo, el cual ha caracterizado el diseño de las políticas públicas, en particular en un contexto general de pérdida de sentido de pertenencia entre los miembros del pueblo, situación que nubla el pasado común y no proyecta un futuro unido, relegando al presente a un campo de batalla entre quienes pugnan por sus intereses (subjetivos) contrapuestos según la autopercepción del papel al que ha sido relegado en la sociedad.

Casos para ejemplificar lo señalado son muchos, quedando en evidencia la atomización de la ciudadanía y la fragilidad de una perspectiva de vida en común. Al respecto y como botón de muestra vemos cómo las encuestas revelan que una gran mayoría de los chilenos, sobre el 60 por ciento, quiere que el 6 por ciento de incremento en materia de pensiones vayan a sus cuentas individuales y no al pilar solidario.

En este sentido, la pulverización de nuestra cohesión social nos ha llevado nuevamente a preguntarnos para qué vivimos en sociedad; replantearnos si hay espacio para revitalizar una visión del nosotros –los chilenos. Con estas interrogantes podemos entrever que por estos días la política debe brindar respuestas de cómo construir una nación que sea más que la simple suma de bienes o intereses individuales; en definitiva, los políticos profesionales, líderes sociales y representantes del pueblo ojalá estén dispuestos a liderar el camino que muestre a los chilenos como reconstruir los afectos (amistad cívica) los unos con los otros y así renovar un compromiso de bien común de la nación como un todo. Ello antes de que la fractura sea mayor.

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