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Publicado el 1 febrero, 2021

Jaime Abedrapo: ¿Cómo sacamos a Chile de la crisis de la modernidad?

Director Escuela de Gobierno, Universidad San Sebastián Jaime Abedrapo

Se requieren cambios actitudinales en las políticas que han roto puentes de familiaridad o cercanía entre los propios habitantes de una nación.

Jaime Abedrapo Director Escuela de Gobierno, Universidad San Sebastián
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La “arquitectura” económica mundial es fruto del ethos cultural utilitario, predominante desde la conformación de los Estados modernos y globalizada desde el triunfo del capitalismo por sobre las demás corrientes materialistas e inmanentes del siglo XX. Desde esa perspectiva, resulta necesario comprender en líneas generales cómo se ha configurado la modernidad aún vigente, ya que ella se ha representado en la actual y en las anteriores constituciones de nuestra joven República. En definitiva, debemos tener en consideración los cambios culturales y los nuevos desafíos del Chile de hoy.

¿Borrón y cuenta nueva? Claro que no, ya que hemos conformado lo que somos desde nuestra historia y tradiciones. Sin embargo, no podemos dejar de observar los profundos cambios que a nivel global y doméstico demandan un verdadero y muy profundo cambio de época.

Un aspecto imperioso de modificar en vista a la sostenibilidad social y medioambiental pasa por superar la característica sustancial del orden mundial actual, la cual ha sido el destierro de la ética en el ámbito de los actos económicos. Ello ha sido así desde que la economía es considerada una ciencia amoral y por tanto el abuso o daño medioambiental una externalidad negativa necesaria a cambio del progreso material.

Las leyes naturales pasaron de ocuparse por comprender a las personas y su dignidad, a una lógica de entramado de relaciones económicas y sociales que finalmente tienden a percibir a los sujetos como un medio para fines comerciales o financieros, llegando al absurdo de comprender que una nación es sinónimo de un mercado. En tal sentido, el régimen internacional y sociedades como la chilena tendieron a deshumanizarse en la misma proporción que el requerimiento de estabilidad macroeconómica como sinónimo de la subordinación de las personas al interés del capital, cuestión que se ha hecho más evidente en la economía de la especulación, la cual, a través del mercado de divisas y acciones, entre otras formas de relacionarnos en lo económico, tienden a quitar el rostro humano a las decisiones económicas (tanto financieras como comerciales).

Por ello, se requieren cambios actitudinales en las políticas que sinsentido han roto puentes de familiaridad o cercanía entre los propios habitantes de una nación. De alguna manera la modernidad olvidó el personalismo, y más ha apostado por proteger dinámicas de incremento del capital y su acumulación, que, por un lado, ha traído mucho crecimiento económico en términos generales, pero un gran malestar por la concentración del capital y pérdida de vida comunitaria, ya que los actores centrales en el diseño de las políticas públicas han sido el Estado y el mercado, olvidando a la comunidad.

En efecto, el énfasis de nuestras convulsas sociedades se puso en el ente, es decir, en la persona entendida como un ser en sí misma, dejando fuera una visión de la persona y su relación con la sociedad. En otras palabras, desde la Segunda Guerra Mundial se intenta proteger a la persona de su organización más compleja y superior: el Estado, y en esa dinámica se fue erosionando el alma nacional que se caracteriza por reconocer un pasado común, un presente en unión y un destino que transitar de manera conjunta, porque tenemos un objetivo común de realización en el nosotros. La descomposición de ello la hemos apreciado en los materialistas tiempos de la modernidad, y son una de las causas estructurales del estallido o fractura social al cual asistimos en Chile y en gran parte de las democracias liberales en el mundo. Emmanuel Mounier afirmó que “los caminos de la camaradería, de la amistad o del amor permanecen perdidos en este inmenso fracaso de la fraternidad humana”.

En definitiva, Chile tiene una posibilidad en la Constituyente de dialogar y crear puentes de entendimiento en clave de renovación del tejido social erosionado y permitir un espacio para dibujar el país que soñamos, con conciencia de sí mismo, respetando la rica diversidad étnica y cultural que compone nuestra nación, que también permita corregir el modelo de abuso insostenible de nuestro medio ambiente y, por qué no, respetarnos y querernos un poco más.

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