Nuestra ministra del Interior, Izkia Siches, volvió esta semana al sitio del suceso: la Comisión de Seguridad de la Cámara, donde había realizado su grave denuncia sobre un supuesto procedimiento de expulsión de migrantes.

Con ademanes que quedaban a medio camino entre la complicidad buscada cuando se revela un secreto inconfesable y el vértigo asociado con diseminar una copucha sabrosa, ella denunció que un avión fantasma con inmigrantes expulsados por orden de nuestra justicia había volado a Venezuela, los habían devuelto, y una vez aterrizado en Chile, al más puro estilo hollywoodense, se había eliminado todo vestigio de su existencia. En esta espectacular conspiración, el gobierno pasado habría logrado coludir a la Policía de Investigaciones, la dirección General de Aeronáutica Civil (DGAC) y la prensa (siempre tan comprensiva con Piñera), para tapar todo el fiasco. Pilotos, funcionarios, policías, periodistas, y los propios retornados, todos unidos por una “Omerta” siciliana. Tanto así que Izkia no sólo felicitaba al gobierno por tamaño “logro”, sino que además se hacía la pregunta retórica de ¿dónde estaban todos los prófugos retornados? (como si no fuera ella la llamada a investigarlo).

No seré yo quien critique a un ministro por declaraciones desafortunadas. Un gaff le pasa a cualquiera… y 2 y 3 y 4 también. Lo que es de mala leche es culpar a los subalternos. La responsabilidad final le corresponde a la jefatura, sin embargo, nuestra joven ministra corrió a purgar culpables, que pagaron con sus cargos. Esta es una reacción propia de un adolescente que después de una embarrada culpa al copete, los amigos o la mala suerte. Esta es una incorrecta comprensión de la lealtad que exige el liderazgo y de la responsabilidad que se demanda a un adulto.

El trasfondo de la denuncia demuestra una preocupante ignorancia sobre cómo funciona una democracia y un estado de derecho. La sola idea de pensar que un gobierno pueda discurrir y tener éxito en una “chambonada”, como lo definió ella, pero que en realidad es una conspiración delictiva sofisticadísima más propia de gobiernos totalitarios cuya especialidad son los montajes y el ocultamiento de la verdad, es impensable.

A pesar de toda la censura y la precariedad de las comunicaciones de la época, comunistas y nazis no pudieron evitar que se supiera de Katyn (asesinato del ejército polaco), del Holodomor (genocidio ucraniano) o del Holocausto (genocidio judío). Es imposible en una sociedad democrática armar un montaje de la envergadura y características que el denunciado por la ministra.

Haber creído en un montaje y divulgarlo sin verificarlo primero muestra una falta de oficio y madurez preocupantes. Esto explica el mundo imaginario en que vive, donde terroristas, pirómanos y saqueadores son presos políticos; en que considera irrelevante que la jefa de gabinete se refiera a la Araucanía como Wallmapu; donde cree que el problema en Temucuicui (nuestra nueva Colonia Dignidad) es la falta de diálogo; y en que sostiene que los rubios en Las Condes pueden delinquir impunemente sin que la justicia los persiga (se imagina el escándalo si unos pelolais recibieran a balazos a la ministra en Casa Costanera y nadie se querellara). Así no es raro que crea que Pudahuel queda en Fantasilandia. Esta irrealidad es la misma que campea en sectores del gobierno y la convención que creen que la gente está feliz con que Chile decrezca; que a los emprendedores los pueden denigrar y pararles obras y proyectos sin afectar la inversión; y que los chilenos están contentos con que la constitución prefiera a los animales y a los indígenas que a ellos.

Izkia es la niña símbolo de una juventud que hoy hegemoniza el poder; desoye la experiencia, desprecia la evidencia y prefiere fantasear con la utopía que enfrentar la realidad. Por eso tienen diagnósticos malos y soluciones peores para nuestros problemas.

Sir Winston decía que el éxito consistía en ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo. La jefa de gabinete muestra un entusiasmo encomiable, pero dudo que termine exitosamente.

*Gerardo Varela es ex ministro de Educación.

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