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Publicado el 15 marzo, 2021

Ivan Witker: Una vacuna, múltiples efectos geopolíticos

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

La vacuna contra Covid-19 puede ser vista desde numerosos puntos de vista. En todos se advierte una incidencia profunda, de largo alcance y, desde luego, mucho mayor a la simple letalidad.

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa
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Que las pandemias tienen efectos geopolíticos devastadores, se sabe desde civilizaciones pretéritas. La plaga de Atenas, la viruela durante la conquista de América, la plaga de Justiniano en Bizancio y la gripe española son quizás sus muestras más elocuentes. Hoy en día nos encontramos palpando los efectos del coronavirus.

Este último ofrece varias singularidades que lo diferencian de las pandemias anteriores. Por ejemplo, la capacidad reactiva del ser humano ha ido muy distinta. Ahora, en tiempo record se logró descifrar el código genético del virus, se consiguió desarrollar un antídoto y, un asunto no menor, los involucrados en todo el proceso son en esta oportunidad muchísimos más. Y es lógico, pues ahora existen en el mundo más de 190 Estados u organizaciones político-territoriales con algún grado de implantación y autonomía, pero con enormes diferencias en cuanto a idoneidad gubernativa. Luego, hay una buena cantidad de empresas (entre ellas farmacéuticas) operando, literalmente, en todo el globo y no necesariamente coordinadas con los gobiernos. Esto significa que, a diferencia de antaño, los efectos del coronavirus obligan a considerar muchas otras variables.

En tal esquema, una primera gran variable es la reacción depredadora de cada gobierno. Ello se divisó en los inicios mismos, a comienzos de 2020, con la lucha abiertamente despiadada por obtener insumos básicos urgentes, desde algo en apariencias tan sencillo como mascarillas, hasta cuestiones más sofisticadas, como camas críticas o producción de oxígeno. Cada Estado bregó por obtener estos insumos, incluyendo métodos sorprendentes por lo poco convencionales. Esta acción depredadora inicial abrió una brecha importante, dando paso, inmediatamente, a la llamada diplomacia sanitaria, algo muy parecido a una disputa por el prestigio de cada país. Aparecieron aquellos Estados capaces de proveer (vender o regalar) algunos de estos insumos, pero también quedó al descubierto una masa de países desposeídos, menos previsores y comprensiblemente desesperados ante un futuro que adivinaban macabro.

Una segunda variable se ha instalado ahora con el denominado proceso vacunatorio. Prácticamente no hay país del mundo que no se encuentre haciendo esfuerzos denodados por integrarse al mismo, con resultados muy dispares. A diferencia de la lucha por los insumos urgentes del año pasado, la brecha se ha convertido en una zanja gigante, marcando diferencias realmente profundas. Y la razón es sencilla. Un país puede ponerse a producir mascarillas en cosa de semanas -por último artesanalmente-, pero, para elaborar y aplicar vacunas a su población, hay que disponer de know how en varios ámbitos. O bien, saber cómo llegar a ellas; asunto tampoco sencillo.

Esta verdadera fossa regia entre unos y otros, nos ha permitido ver -no sin asombro- cómo se establecen prioridades con criterio nacional a extremos difícilmente imaginables hasta antes de la llegada de Covid-19. ¿Quién habría concebido, por ejemplo, que un gobierno europeo, como el italiano, impidiese la exportación de 250 mil dosis de vacunas a Australia? ¿O que el gobierno israelí priorice donaciones de vacunas a aquellos países que reconozcan a Jerusalén como su capital? Ante tales comportamientos, cabe preguntarse, si hay algo perverso o necesariamente negativo en ellos. Independientemente de los deseos, la respuesta es no. Y es que las diversas facetas del proceso vacunatorio mundial sugieren una difícil aceptación del poder en tanto concepto. Ya las civilizaciones antiguas comprendieron que éste sólo sirve si se le utiliza, y que, simplemente, deja de existir cuando no es utilizado. Aún más, mucho se ha estudiado el concepto “poder” en tanto gran elemento diferenciador entre las naciones. Sucede que, finalmente, es éste lo que convierte a unos en fuertes y a otros en débiles.

Y entonces cabe preguntarse, ¿de qué disponen los fuertes en el actual proceso vacunatorio?

Disponen de un conjunto de recursos fundamentales y muy difícil de compartir, por mucho que duela a espíritus sensibles. El primero es aquel de tipo científico, imprescindible para descifrar el código genético del virus, para desarrollar una vacuna y luego patentarla. Segundo, esa capacidad de producción en gran escala, imposible de alcanzar sin capital humano ni infraestructura adecuada. Tercero, asertividad para priorizar los propósitos políticos una vez obtenida la vacuna (sea por producción propia o ajena). Cuatro, fuentes de financiamiento para adquirirla, cuando se ha llegado al convencimiento de la imposibilidad de desarrollarla. Cinco, capacidad logística para implementar un proceso de vacunación masivo.

Vistas así las cosas, el éxito de Chile es del todo objetivo. Tras realizar una lectura diferenciada entre aquello posible y lo inviable, la autoridad actuó de manera anticipada y con gran idoneidad para conseguirla, coordinando luego de manera igualmente eficaz con un sistema nacional homogéneo, experimentado, respetado y universalmente accesible. Algo bastante excepcional si se mira lo que ocurre en otros países. Por eso, los resultados están a la vista. Y su contundencia es tal, que bien podría ocurrir, dada esa profunda fossa regia con los vecinos, que en los próximos meses se produzca una suerte de turismo vacunatorio hacia nuestro país.

Mientras tanto, lo que ocurre en el entorno ameritaría mayores debates. Y es que en aquellos países sin recursos financieros, con capital humano deficiente y especialmente en los menos previsores en cuanto a gestión, se están generando cuadros muy difíciles de administrar. En varios ya se bordea la desesperación, tanto de parte de gobernantes como de gobernados. Se percibe un ambiente de impotencia bastante genuino, reforzado, sin dudas, por esas grotescas conductas de miembros de algunas elites de países latinoamericanos utilizando resquicios para vacunarse a escondidas. Justamente la impotencia y falta de idoneidad explican el plan de socorro diseñado por el BID para países de la región.

En suma, para darle contexto a los efectos del proceso vacunatorio a escala global, vale la pena mirar el trabajo del historiador Frank Snowden, centrado precisamente en describir y analizar las transformaciones epocales producidas por ataques virológicos monumentales a lo largo de la evolución humana. En su extraordinaria obra Epidemias y Sociedad. De la peste negra al Presente, explica cómo las pandemias puede cambiar literalmente todo, incluyendo borrar civilizaciones enteras (o ayudar a hacerlo). Destaca, por ejemplo, el papel jugado por la viruela en la conquista de América como aliado decisivo de la penetración ibérica. Y también recuerda algunos pasajes de Tucídides en su clásico Guerra del Peloponeso. Por ejemplo, que la derrota de Atenas y el ascenso de Esparta fue un cambio en el balance de poder a partir de una enfermedad, la cual provocó también un brote de anomia y cambios en las costumbres, pues los atenienses pensaron en una muerte segura -abandonados por sus dioses- que los llevó al hedonismo y al declive de sus valores morales.

Y así como Snowden escarba en la historia para fundamentar su hipótesis de transformaciones epocales, también en la literatura se puede rastrear algo similar. En la década del 30, por ejemplo, el extraordinario dramaturgo checo, Karel Čapek escribió una obra teatral señera, Enfermedad Blanca (Bílá nemoc), donde ficciona sobre los efectos en la Europa de aquellos años de una rara epidemia venida desde China y que obliga a grandes cambios. Suena obviamente a una profecía de lo que ocurre hoy. Quizás por eso, aquella pieza, tan central en la literatura centroeuropea, fue una de las que motivó al Weltethos-Institut de Alemania ha impulsar Casandra, un proyecto fascinante para buscar en la literatura elementos proféticos de grandes crisis y orientar estudios prospectivos.

Sintetizando,LL

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