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Publicado el 7 septiembre, 2020

Ivan Witker: ¿Un té? ¡No, muchas gracias!

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

En términos prácticos, la habilidad de Putin consiste en haber armado un nuevo equilibrio entre las fuerzas emergentes que le ha permitido a los rusos forjar una nueva razón de ser y adquirir un nuevo discurso identitario. A mayor abundamiento (y pesar europeo), pareciera innegable la relativa conformidad de los rusos con sus líderes políticos.

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa
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Hace algunas semanas circuló profusamente por las redes sociales un simpático meme, donde el Presidente Vladimir Putin le ofrece una taza de té a un jeque árabe y éste lo rechaza de manera caballerosa. Fue a propósito del misterioso envenenamiento del opositor, Alexei Navalny, durante un vuelo desde Tomsk a Moscú. Como se sabe, la causa habría sido una taza de té adquirida en el aeropuerto.

El asunto, sin embargo, no se ve muy chistoso. Otros casos similares, ocurridos estos últimos años, no terminaron bien para las víctimas. Uno bastante impactante fue el de la periodista Anna Politovskaya, quien investigaba aspectos grises de las guerras ruso-chechenas en los 90. Tras ingerir un té servido a bordo del avión en que viajaba, se desmayó. Pese a recuperar su salud, dos años más tarde, su cadáver apareció en el ascensor del edificio donde vivía. Luego, en 2006, Alexander Litvinenko, un agente secreto ruso que había cambiado de bando, ingresó a un hotel londinense donde pidió un té. A los minutos, y desfalleciente, fue llevado a un hospital, donde murió 22 días después, comprobándose que entró en contacto con una mortal sustancia radiactiva llamada Polonio 210. El té aparentemente sólo aceleró un fatal desenlace. Y el caso más espeluznante ocurrió en 2019, afectando al coronel Sergei Skripal, quien también tuvo la pésima idea de cambiarse de bando. En alguna circunstancia indeterminada, entró en contacto con un gas que ataca el sistema nervioso llamado novischock. Skripal apareció desmayado junto a su hija en una plaza de Salisbury, cerca de Londres, tras ingerir algún brebaje en un pub contiguo. El militar había sido condenado en Rusia a 13 años de cárcel por “alta traición a la patria” y luego fue intercambiado por agentes rusos arrestados en Londres. Su caso tensionó fuertemente las relaciones ruso-británicas, adquiriendo ribetes dramáticos y, ciertamente, novelescos. Por ejemplo, su esposa tuvo un cáncer fulminante y su hermano falleció en un raro accidente de tránsito. Su hijo también dejó este mundo, junto a su novia, tras un súbito colapso hepático. Todo, en un lapso de apenas 6 años.

Estos extraños episodios fueron asociados por la prensa a los legendarios servicios de inteligencia de Moscú. Una asociación aparentemente lógica. Y es que, por sus características, cualquiera de estos casos serviría de argumento a alguna de las novelas de John Le Carré o a cualquier film de la saga de James Bond (cómo no recordar From Russia with love, la mejor de toda la serie para muchos Bond-maníacos). También han traído a la memoria otros casos de envenenamiento, igualmente cinematográficos, como aquel adjudicado al servicio de inteligencia de Israel y que afectó al líder de Hamas, Jaled Meshal, en 1997 en una calle de Amman, Jordania.

El problema con los casos rusos es esa gran centralidad de los aparatos de seguridad y defensa a lo largo de los últimos siglos, y que tan bien describe Edward Rutherfurd en su obra Rusos. Es así como los zares basaban su poder en los tentáculos de la Ojrana (1881-1917), y luego los bolcheviques a través de la Comisión Panrusa (1917-1919) y del Directorio Político Unificado (1923-1934). Más tarde, Stalin formó el temible Directorio del Comisariado para Asuntos Internos (1934-1954), dirigido por Lavrenti Beria, cuyos execrables crímenes costaron millones de vidas. Uno de los más atroces fue el asesinato de 15 mil oficiales y 10 mil intelectuales polacos (aparte de otros 10 mil opositores rusos) en el bosque de Katyn, por el cual Gorbachov pidió perdón públicamente a la nación polaca a fines de los 80. Hace algunos años, el episodio fue llevado al cine por Andrzej Wajda en su cinta Katyn. En tanto, Beria fue el primer fusilado por Nikita Jrushov apenas se hizo con el poder a fines de 1953. A partir de entonces, el protagonismo lo asumió la KGB, la cual fue desmantelada, junto a todo el Estado soviético, a inicios de los 90.

Disuelta la KGB, se constituyeron los actuales órganos: el Servicio Federal de Seguridad (FSB), el Servicio de Inteligencia Externa (SVR) y el Servicio Federal de Protección de la Presidencia. Estos órganos, junto al Departamento Central de Inteligencia Militar (GRU), creado por Trotsky en 1918, forman el núcleo de la inteligencia rusa hoy por hoy. La misma que las democracias occidentales miran con una buena dosis de intranquilidad y recelo.

En el fondo, a ojos europeos es muy difícil aceptar que el sistema político ruso (y por extensión, su idiosincrasia) sea un entramado de relaciones muy crudas y complejas, algo troglodíticas y con hilos invisibles provenientes no sólo de los aparatos de seguridad y defensa. También son muy activos numerosos poderes intermedios y micro-poderes, no necesariamente piramidales. Se trata de espacios plagados de líderes que parecen sacados de una novela de Dostoievski y que deambulan entre la sordidez y la excentricidad. Basta ver las redes sociales del Presidente de Chechenia, Ramzan Kadyrov para formarse una idea.

El punto central aquí es que, en términos prácticos, la habilidad de Putin consiste en haber armado un nuevo equilibrio entre las fuerzas emergentes. Se trata de un entramado sui generis, y que no responde ciertamente a los cánones de la Unión Europea, pero que (aunque a Bruselas le cueste aceptarlo) le ha permitido a los rusos forjar una nueva razón de ser y adquirir un nuevo discurso identitario. A mayor abundamiento (y pesar europeo), pareciera innegable la relativa conformidad de los rusos con sus líderes políticos. De tal manera que el modelo de Putin es un proceso que encaja a cabalidad con las tradiciones rusas. Huelga subrayar que jamás en lugar alguno un proceso político nace de la nada ni cae del cielo.

Grosso modo, hoy en la elite rusa se distinguen tres grupos: los llamados estadistas, los civilizacionistas y los pro-europeos. Los primeros, enfocados en redefinir un nuevo interés nacional; los segundos, en preservar los valores rusos, tanto en el país como en la diáspora cercana y lejana; además de apegados al cristianismo ortodoxo. Los pro-europeos, en tanto, viven en una eterna fragmentación. Por lo mismo, los dos primeros han ido confluyendo en la necesidad de fortalecer un Leviatán ruso. Es en ese proceso donde se han enfrentado, con crudeza, a los pro-europeos. Por lo tanto, en Rusia gobierna hoy un pacto entre dos grandes grupos llamados siloviki (un neologismo a partir de sila, palabra que en lenguas eslavas designa fuerza). No por simple casualidad el principal órgano de poder se llama Consejo de Seguridad.

El modelo encierra, obviamente, una duda capital. ¿Será gobernable Rusia si se introducen los mecanismos totémicos de las democracias occidentales? Hipotéticamente, la respuesta es negativa. Y es que gobernar un país con 180 grupos étnicos (varios de ellos muy ariscos) y 150 lenguas, carente de experiencias democráticas por haber conocido sólo regímenes monárquicos y dictatoriales, y ser a la vez potencia mundial en materias nucleares y espaciales, plantea dificultades muy difíciles de imaginar. No sólo por la distancia. También para los europeos.

Navalny era una especie de portavoz de los sectores más radicalizados de los pro-europeos. En tanto, Politovskaya representaba un periodismo de investigación ajeno (aún) a la tradiciones rusas, y se introdujo en un tema demasiado sensible, como la independencia chechena, que equivale al intento de separación territorial de algún estado del centro de EE.UU. (como Kansas o Missouri). Insertos en un enfrentamiento con los siloviki -crudo por naturaleza- los destinos de Navalny, Skripal, Litvinenko y Politovskaya parecían fatalmente escritos.

Putin aspira ahora a ser re-electo. Lo de Navalny es un indicativo que su próximo período podría seguir marcado por la crudeza del proceso político. Y no se necesita ser adivino para estimar que el té seguirá formando parte del menú ruso.

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