Una Ucrania neutral es la demanda fundamental de Putin para poner fin a la guerra. Sin acuerdos mínimos sobre ese punto parece imposible visualizar un inicio de negociaciones. Es la cuadratura del círculo de un conflicto armado que se arrastra ya demasiadas semanas. 

La dificultad principal de cara a ese objetivo es la escasa convergencia de los puntos de vista de ambas partes. Sabido es que para el éxito de una negociación en estas circunstancias -o sea, para alcanzar un acuerdo que vaya más allá de la creación de corredores humanitarios o de un alto al fuego aislado y provisional- se necesita una percepción común respecto a la razón del conflicto. Saber cuál es el casus belli

En el caso de Rusia/Ucrania no se divisa luz al final del túnel justamente por este motivo. A la hora de escuchar a los contendientes, queda la sensación de que enfrentan guerras distintas. Es como si este conflicto hubiese escapado de algún mapa muy antiguo, sin que las partes sepan con exactitud de cuándo data. Sin embargo, hasta ahora se podría concluir que, mientras los rusos exigen a sus primos ucranianos el no ingreso a la OTAN, los ucranianos alegan que ante esas disputas familiares tan asimétricas necesitan protección externa y por ello están interesados en el paraguas occidental. 

Es esta disparidad la que llevó a dos de los más influyentes decision-makers estadounidenses en materia internacional de las últimas décadas, Henry Kissinger y Zbigniew Brzezinski, a alertar hace algunos años acerca del peligroso curso que iban tomando los acontecimientos en el corazón de Europa. Sugirieron conversaciones para ubicar a Ucrania dentro de parámetros geoestratégicamente aceptables para todos quienes tuviesen intereses en esa zona del mundo. Advirtieron lo inconveniente que era entusiasmar a las naciones cercanas a los rusos con un ingreso a la OTAN, e invitaron a reemplazar “la satisfacción absoluta por una insatisfacción equilibrada”. De ahí, entonces, que sobre este conflicto se pueda escribir cualquier cosa, menos que haya sido sorpresivo.

Como en las relaciones internacionales el tamaño importa tanto como las realidades geopolíticas, conviene escarbar en algunas experiencias históricas a la hora de reflexionar sobre un posible status de neutralidad para Ucrania. Mirado a prudente distancia, esta premisa pareciera ser la única posibilidad de que los contendientes encuentren puntos en común y puedan negociar.

Por ello, conceptos como finlandización, neutralidad austríaca, neutralidad helvética, han comenzado a fluir por los espacios académicos preocupados por esta guerra. Imposible negar, en todo caso que, con tales nociones, se tiene una extraña sensación de estar abriendo un diccionario de la Guerra Fría. Tienen fuerte carga histórico-política, cuyo significado podría ser -y, nuevamente, a prudente distancia de los acontecimientos- el advenimiento de una etapa con nuevas líneas divisorias. Quizás se intuye un mundo de hegemonías múltiples. 

La finlandización se remonta a fines de los 30, cuando 400 mil soldados soviéticos invadieron el país nórdico, pese a que sus autoridades habían anunciado a los cuatro vientos que mantendrían una escrupulosa neutralidad ante los terribles acontecimientos europeos. Sus declaraciones en favor de la neutralidad no fueron suficientes, pues Moscú temía que Hitler atacara por diversos puntos vulnerables, siendo uno de ellos, Finlandia. Los rusos apelaron a su tamaño y a la cercanía histórica, pues los finlandeses fueron desde el siglo 19 un ducado autónomo asociado al imperio zarista, que sólo se declaró independiente tras el triunfo bolchevique. El asesinato de la familia del zar provocó indignación entre los finlandeses.

El Kremlin, con su obsesión por la seguridad, pidió a los finlandeses mover la frontera de 30 a 40 kilómetros y la cesión de 4 islas, así como algunas regiones en el Ártico, más la instalación de una base naval en la península de Hanko. Ocurrió entonces lo inevitable. El orgullo nacional llevó a los finlandeses a rechazar la idea rusa, desatándose una feroz guerra.

Hoy, la defensa de Kiev, dicen varios historiadores militares, recuerda la resistencia de Helsinki. Posteriormente, las partes firmaron una tregua y luego un tratado de paz (1948), mediante el cual los finlandeses se comprometieron tanto a una escrupulosa equidistancia política y militar, que duró hasta el fin la Guerra Fría en 1989, como a mantener unas FFAA muy reducidas en efectivos y armamento. Hoy en día, todos califican como “sabia” aquella decisión y no quieren recordar las numerosas críticas recibidas en su tiempo, ni menos que por eso Finlandia no recibió los beneficios del plan Marshall y se la mantuvo alejado de la OTAN. Para efectos políticos, Finlandia no era considerada país neutral, sino neutralizado. Ahora, ante el drama ucraniano, muchos claman que Helsinki se integre a la brevedad al pacto Noratlántico, partiendo por los propios finlandeses y estadounidenses. Curiosos giros de la historia. 

En tanto, la naturaleza de la neutralidad suiza es muy distinta. Es activa, de larga data, cambiante y universalmente percibida como tal. Con apenas 9 millones de habitantes, el país tiene una altísima capacidad de alistamiento de efectivos (profesionales y milicia, bajo la premisa ciudadano/soldado), a la vez que ha desarrollado una importante industria armamentística y se ha dotado de un servicio de inteligencia (Nachrichtendienst des Bundes) de nivel global. Es un país reconocidamente neutral, pero poseedor de una enorme capacidad disuasiva.

Austria, en cambio, optó por un tipo negociado de neutralidad a perpetuidad en 1955, tras firmar un Tratado Estatal de Independencia, previo Memorandum de Compromisos con Moscú. Se acordó la no restauración de la monarquía, no fusión con Alemania, creación de un ejército convencional con sólo 15 mil soldados y el no ingreso a alianzas militares. Podría decirse que es una neutralidad inducida y controlada.

Las tres ofrecen elementos vitales a la hora de ver si los contendientes logran divisar puntos en común con el caso ucraniano. Son experiencias útiles que seguramente serán tomadas en cuenta a la hora de la negociación. Si ello no ocurre, esta guerra mantendrá el curso extraño que tiene hasta ahora, siendo percibida como arrancada de otra época, pero con componentes altamente peligrosos, como es el coqueteo con el botón nuclear y otras tecnologías disruptivas, como el misil hipersónico Kizhal. Como ocurre siempre ante situaciones de grandes crisis, la ausencia de perspectiva histórica termina condenando a los protagonistas a intentar una cuadratura del círculo ad absurdum.

*Iván Witker, académico en la Universidad Central, investigador ANEPE.

Deja un comentario

Cancelar la respuesta