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Publicado el 01 de junio, 2020

Ivan Witker: Tito y la experiencia yugoslava: Que 40 años no es nada

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

El modelo que creó el líder yugoslavo, pese al fracaso posterior, fue original en tanto proyecto político como también económico, y desde luego, ideológico. En las claves de su derrumbe se encuentran elementos fundamentales para comprender el mundo actual.

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa

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“Deja de enviar gente a que me maten. Hemos capturado a cinco. Si no detienes eso, mandaré uno a Moscú y no habrá necesidad de mandar otro”, le escribió Josip Broz Tito a Stalin en 1952, tras producirse el quiebre entre Yugoslavia y la Unión Soviética. Se trata de una frase famosa, que recogen sus principales biógrafos, Richard West y Milovan Djilas (quien más tarde se transformó en su principal crítico). La frase encierra un capítulo extraordinariamente interesante de la Guerra Fría -la experiencia yugoslava-, muchos de cuyos rasgos se proyectan hasta el día de hoy como temas de reflexión política: ¿Cuánto estatismo es posible? ¿Cuánto mercado es deseable? ¿Cuánta equidistancia de las fuerzas en pugna se puede alcanzar en los asuntos internacionales? ¿Existen las terceras vías?

La verdad es que Tito creó un modelo único, interesante e irrepetible. No es por casualidad que su funeral, en 1980, haya sido el más grande de la historia en cuanto a asistentes. De Brezhnev a Thatcher. 4 reyes, 6 príncipes, 31 Presidentes, 22 Primeros Ministros y 47 cancilleres; es decir los más altos representantes de 128 países, en un momento en que la ONU tenía 154 integrantes. Y por supuesto asistieron las beldades de la época que él admiró y colmó de galanterías: Sophia Loren, Gina Lollobrígida y Elizabeth Taylor. La única explicación posible es la originalidad. Y es que el modelo titoísta combinaba elementos de los dos bloques, manteniendo prudente distancia de Moscú y de Washington. Incluso el Chile de los 60, que empezaba a interesarse fuerte en la política europea, lo miraba con una mezcla activa de interés y extrañeza. Por eso fue invitado por el Presidente Alessandri, llegando a territorio nacional en septiembre de 1963. Un episodio por cierto muy anómalo en el contexto de la Guerra Fría periférica que se llevaba a cabo en América Latina. Tito visitó en aquella oportunidad Brasil, Chile y México. Cuba, inmersa en el guevarismo, quedó para otra ocasión.

Su modelo, pese al fracaso posterior, fue original en tanto proyecto político como también económico, y desde luego, ideológico. En las claves de su derrumbe se encuentran elementos fundamentales para comprender el mundo actual.

En efecto, en el plano político, Tito bregó por crear un genuino estado multi-nacional tratando que todas las naciones tuvieran adecuada representación en los diversos niveles del Estado. Para el parlamento, llamado Skupstina, ideó un ingenioso sistema de presidentes alternos entre representantes de las 6 repúblicas, bajo clara inspiración suiza. Incluso logró un ambiente que permitía la convivencia pacífica de las religiones que prevalecían en el país (ortodoxos cristianos, católicos y musulmanes, entre otros).

En el plano ideológico, su logro más impresionante -dado el contexto histórico que le tocó vivir- fue el brutal distanciamiento del stalinismo. Un mérito extraordinario si consideramos que la experiencia tuvo lugar en Europa y en una zona geopolíticamente clave como eran los Balcanes, por el cual lidiaron Stalin y Churchill.

Tito generó un tipo de socialismo que no tuvo al Estado-empresario como eje, sino un modelo donde las empresas se autogestionaban.

Por cierto, que el socialismo brindó (y sigue ofreciendo) una variedad mucho más variopinta de lo que siempre se ha supuesto. Los norcoreanos (cuyo bunker aún sobrevive) generaron un socialismo paranoico en extremo llamado idea Juché. Los cubanos (con un ápice menos de paranoia) dieron origen a una levantisca variante que combinó improvisaciones guevaristas con nacionalismo castrista. Los khmer rojos camboyanos instauraron el más mortífero modelo que se haya conocido al exterminar a más de un tercio de la población. Los libios, el suyo, una mezcolanza de leninismo con preceptos islámicos llamado Jamairiya verde (por el libro de Gaddafi). Y en Africa, una larga lista de líderes a los que se les ocurrió un tránsito rápido desde sociedades tribales, obviando el capitalismo. En ese contexto, Tito generó un tipo de socialismo que no tuvo al Estado-empresario como eje, sino un modelo donde las empresas se autogestionaban. Y un detalle único para estos regímenes; los yugoslavos podían viajar por el mundo sin barreras.

En el plano internacional, trató de poner sobre la mesa la posibilidad de generar un polo equidistante, dando vida al Movimiento de los No Alineados. Su premisa era simple, pero atractiva para muchos países. Las superpotencias se habían enfrascado en una disputa tecnológico-militar de la que los países del Tercer Mundo poco o nada entendían ni menos aún podían participar. Para ello, llamó a una conferencia en 1956 a la isla de Brioni en el Adriático (hoy convertido en un interesante punto turístico), entusiasmando a carismáticos jefes de Estado, como el egipcio Gamal Abdel Nasser, el indonesio Sukarno y Nehru, el pro-hombre de la independencia de la India. Los No-Alineados crecieron de manera exponencial y Yugoslavia se alzó como un protagonista de ciertos asuntos internacionales asumiendo un rol muy superior a lo que su tamaño refiere. Sin embargo, el virus del anti-imperialismo se apoderó del grupo a inicios de los 80 perdiendo su vigor inicial. Su declive indica que el mundo sigue teniendo esa misma profundidad divisiva que advirtió Tucídides en la antigua Grecia y que la equidistancia de las superpotencias termina inevitablemente infectada.

Hay otros dos aspectos de la experiencia yugoslava que se proyectan con fuerza sobre la actualidad. Por un lado, que los modelos anticapitalistas que Marx visualizó en su texto Grundrisse no generan prosperidad ni siquiera en una versión no estatizadora. Por otro, que pese a los intentos más inimaginables no se puede reemplazar culturalmente una nación por otra. Los serbios, los croatas, los bosnios, los eslovenos, siguieron siendo los mismos de siempre y jamás se reconocieron en la identidad yugoslava. Muerto Tito, a ninguno le interesó aquello que Ortega y Gasset señalaba como rasgo de una nación, “un proyecto sugestivo de vida en común”. El colapso yugoslavo también fulminó la peregrina idea del historiador marxista más reconocido de los últimos años, Eric Hobsbawm, respecto a que las naciones serían “artefactos inventados y etéreos”. El mérito de Tito es que durante sus 40 años de mandato evitó las guerras entre ellos. No es poco. Eso pone de relieve la visión de Carlyle sobre la influencia decisiva de los grandes hombres en los procesos políticos.

Yugoslavia se desintegró. Las guerras internas, tras su destrucción, demuestran que los nacionalismos son parte del menú en todo el mundo. Enseñan que los sistemas políticos deben cautelar también por los deberes y derechos de los individuos; algo que Tito por su formación comunista no captó en su totalidad.

Es curioso que en medio de todas las vertientes en que terminaron esas experiencias del siglo 20 ninguna se declare heredera de Tito. Perviven anarquistas, socialistas, comunistas, trotskistas e incluso pro-norcoreanos, pero ninguno titoísta. Quizás la explicación radique en que el titoísmo no fue un modelo estatizador y que es percibido como una cuestión balcánica sobre la que cabe mejor la indiferencia.

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