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Publicado el 22 de junio, 2020

Ivan Witker: Solzhenitsyn, 50 años de un Nobel de denuncias y presagios

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

Conocer sobre la existencia de los gulags fue posible gracias a la maciza obra de este matemático devenido en novelista. «Archipiélago Gulag» le valió el Premio Nobel de Literatura y es una advertencia que los campos de prisioneros son realidades más que palpables de extremismos ideológicos. Muchos los ven lejanos y extraños. Pero no lo son en absoluto.

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa

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No se sabe con certeza cuál de todos los factores estudiados contribuyó más al derrumbe de la Unión Soviética. Para algunos economistas fue la imposibilidad de generar una industria de servicios. En ámbitos de la geopolítica se cree que fueron los costos inalcanzables de la Iniciativa de Defensa Estratégica impulsada por el Presidente Reagan. Los partidarios del liberalismo divisan el impulso libertario que anidaría en cada ser humano como razón última.

Quizás cada uno actuó como factor coayduvante. Sin embargo, todos coinciden en que los gulags fueron una realidad inadmisible, tanto para los entonces habitantes de la URSS como para el mundo entero. Así lo reconocieron Gorbachov, Yeltsin y Putin. Conocer sobre la existencia de estos gulags fue posible gracias a Alexander Solzhenitsyn y su maciza obra, que le valió el Premio Nobel de Literatura. De eso hace justamente 50 años.

Aunque la lista de novelas es larga –El primer círculo del infierno, Un Día en la vida Ivan Denisovich, Pabellón de cancerosos y muchas otras- fueron sus tres volúmenes de Archipiélago Gulag los que lo hicieron famoso internacionalmente. ¿Qué pasó en la URSS para que este matemático devenido en novelista se transformase en un disidente tan connotado e incómodo? ¿Por qué hubo que esperar a Solzhenitsyn para entender el drama humano que se vivía en Siberia?

La verdad es que hasta la aparición de aquella novela, nada se sabía pero harto se sospechaba. Solzhenitsyn se encargó de entregar vivencias autobiográficas y testimoniales. Ello porque entre 1945 y 1953 estuvo internado en varios de esos singulares campos de prisioneros repartidos por toda la inmensidad territorial soviética. El delito cometido fue -como en tantos otros casos- una simple carta escrita a un amigo, en la que le contaba algunas anécdotas juveniles de Stalin. La misiva cayó en manos de la policía y, desde entonces, su vida fue una pesadilla. Deambuló por varios gulags y luego le obsequiaron una libertad nunca plena.

Bajo aquellas condiciones de sigilo, empezó a escribir su Archipiélago Gulag a fines de los 50. Y para evitar que la policía le incautara sus escritos, con intervalos los enviaba de manera clandestina a círculos de migrantes rusos en Europa. El secreto se mantuvo hasta el 13 de febrero de 1974. Ese día fue arrestado y acusado de traición a la patria. Pero no volvió a un gulag, sino que, inesperadamente, lo expulsaron de inmediato hacia Alemania Federal, donde lo recibió su amigo, el también premio Nobel, Heinrich Böll (el que desarrolló, entre otros, la llamada literatura de los escombros en la Alemania post Segunda Guerra). A partir de ahí, se transformó en el disidente más conocido del régimen soviético.

Solzhenitsyn se trasladó a vivir a EE.UU., donde publicó otras novelas y algunas reflexiones sobre Occidente y el espíritu ruso. Cuando Gorbachov da señales que su perestroika era una liberalización efectiva, le devolvió la ciudadanía y autorizó la publicación de sus obras. Años más tarde, por iniciativa directa de Vladimir Putin, Solzhenitsyn pasó a ser reconocido como uno de los grandes de la literatura rusa, y su Archipiélago Gulag, lectura obligatoria en la enseñanza básica.

Puesto en contexto, los gulags fueron numéricamente muchos más que los campos de concentración nazis y tuvieron una lógica de exterminio algo distinta, que Solzhenitsyn describe con detalle en cuanto a la atmósfera opresiva, a las prácticas ominosas y la dignidad de las víctimas. Punto primordial de su Archipiélago Gulag, es la confirmación que éstos existían, ya que, hasta entonces, el grueso de la opinión pública en todo el mundo los suponía parte de la infamia anti-soviética. Muchos intelectuales en Occidente, embrujados con la utopía, a veces admitían su posible existencia, pero minimizaban por completo el asunto. Raymond Aron dijo varias veces que para Sartre y otros, la existencia de los gulags eran una simple adiaphora, esos sentimientos y menudencias sobre los que no vale la pena ocuparse.

Gracias a esta novela se supieron también otras cosas muy interesantes. Por ejemplo, que la palabreja gulag correspondía al acrónimo de Administración Central para la Re-educación y el Trabajo. Una denominación que no es sino un excelente testimonio de las particularidades orwellianas que tuvo la jerga administrativa soviética. También se supo que numerosos tramos de vías férreas en Siberia fueron construidas en condiciones paupérrimas por los prisioneros de estos gulags. Y que la movilidad de muchos de éstos se debía a los avances o cambios de criterio que tuviera el Proyecto 503, como se conoció esta idea de Stalin.

Para los interesados en la historia soviética, esta novela dio verosimilitud a los numerosos procesos en contra de detractores de Stalin, sea para eliminarlos o para doblegar su voluntad. Inverosímiles sonaban hasta ese momento aquellas versiones sobre las humillaciones recibidas por el líder bolchevique caído en desgracia, Nikolai Bujarin (“arrodillado frente al partido, espero vuestro veredicto compañero Jossif Vissarionovich”, dijo antes de ser fusilado), o cuando Stalin envió a uno de estos gulags a la “excesivamente social y locuaz” Polina, esposa del canciller Vyacheslav Molotov (el mismo que firmó con el canciller nazi el famoso Pacto de No-Agresión, y que Churchill calificó como hombre de extraordinaria sangre fría). Aunque el matrimonio Molotov pudo reunirse tras la muerte de Stalin, quedó demostrado que adherir a estas ideas no es precisamente una actividad lúdica ni una cuestión anecdótica. Solzhenitsyn hizo muchas advertencias en este sentido, las cuales parecen haberse evaporado en la actualidad, dado el creciente coqueteo que se observa con estas ideas. Mucha opinión condescendiente, mucho deseo de jugar con fuego, pensaría hoy Solzhenitsyn.

Además, la novela es una advertencia que los gulags, los campos de reeducación de Mao y los campos de exterminio de Pol Pot son, junto a los campos de concentración nazi, realidades más que palpables de extremismos ideológicos. Muchos los ven lejanos y extraños. Pero no lo son en absoluto. Varias democracias han sucumbido. Es muy fácil caer en prácticas des-humanizadoras.

Aunque entre rusos y eslavos de Europa central hay fuertes recelos, otro gran novelista que describió estos regímenes es Milan Kundera. En muchas oportunidades, ha alabado la obra de Solzhenytsin, destacando que su gran aporte fue transmitirle a Occidente de manera genuina lo que ocurría en Siberia. Y añade algo que también suele olvidarse. Que todos estos regímenes necesitan una Siberia propia para que los desamparados habitantes del país en desgracia sepan cómo se entiende la cuestión del poder, que es como los líderes de estos procesos llaman a las discrepancias. “No podría ser de otra manera -dice Kundera-, estos experimentos son laboratorios del crespúsculo”.

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