Cuentan que cuando el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, dio la orden de prohibir el consumo de cigarros en edificios públicos de la ciudad, hubo entusiastas que llevaron el dictamen a las dependencias de la ONU. El primer enojado fue el canciller ruso, Sergei Lavrov, un fumador empedernido, con dos a tres cajetillas a su haber diario. Una secretaria del entonces Secretario General, Kofi Annan lo reprendió por estar disfrutando su dosis de nicotina en los pasillos, a lo que él, con cara de sorprendido, le preguntó: ¿Y Ud. quién es? No menos sorprendida, ella le dio su nombre y citó la ordenanza, a lo que Lavrov retrucó: ¿Y quién es Bloomberg? El entrevero concluyó cuando el canciller ruso le dijo de manera categórica: “Mire señorita, la prohibición  de fumar es un tema de los neoyorquinos, no de la ONU. Ud., su jefe y el Sr. Bloomberg deberían saber que lo que en este edificio se haga, o no se haga, lo determinan los cinco países del Consejo de Seguridad”. 

Difícil encontrar otro caso tan ilustrativo respecto al concepto del poder. Lavrov pertenece, sin dudas, a la nueva estirpe política de su país, llamada silovoki, que, como lo dice su denominación, son los poderosos controladores del devenir ruso. Estrategas nacionalistas, halcones, jugadores de ajedrez que aman esos finales de partidas con torres. Es el círculo de hierro de Putin. Todos los hombres del Presidente.

Dentro de éstos, sobresale Lavrov, fiel heredero del canciller Alexander Gorchákov, de la segunda mitad del siglo 19, quien solía decir que cuando un Estado civilizado toma contacto en su periferia con tribus nómadas, carentes de organización social, debe mantener la autoridad. Por eso puede decirse con propiedad que Lavrov no sólo tiene la desfachatez para hacer valer con rigor el peso ruso en los organismos internacionales, incluso en cuestiones tan nimias como el derecho a fumar donde le plazca, sino que, puesto en términos de las estructuras de poder, es lo más parecido a Henry Kissinger. Políticos de talla global, con horizontes vitales idénticos y dotados de esa escasa cualidad llamada gravitas.

Eso en términos cualitativos, porque en cantidad de años a cargo de la diplomacia rusa -18 años de manera ininterrumpida- ya superó por lejos al reconocido Secretario de Estado. 

Pese a los escenarios diversos donde les correspondió actuar, la vida política de Lavrov y Kissinger guardan bastantes similitudes. Ambos hicieron su pre y postgrado en las mejores instituciones de élite ofrecidas por sus propios países. El Instituto de Estado de Relaciones Internacionales de Moscú y la Universidad de Harvard, respectivamente. Los dos iniciaron su carrera en el ámbito de la asesoría y no de la toma de decisiones directamente. El primero en la embajada de la Unión Soviética en Sri Lanka y el segundo en el Departamento de Estado. Kissinger fue más tarde Consejero de Seguridad Nacional y, como tal, alcanzó una influencia total, lo que molestaba una enormidad al entonces Secretario de Estado, Dean Rusk, quien muchas veces se enteraba más tarde de grandes decisiones. El mismo Rusk cuenta en sus Memorias cómo se vio sobrepasado por Kissinger y Nixon en numerosas iniciativas, como la histórica idea de abrirse a Pekín.

Lavrov, por su lado, tiene por lejos más habilidades verbales para los idiomas; habla varios, incluyendo el cingalés y el dhivehi expandido por las islas Maldivas. Kissinger, en cambio, alcanzó un extraordinario dominio del inglés escrito, aunque hasta el día de hoy mantiene un fuerte acento bávaro.

Sin embargo, es en el ámbito de las grandes decisiones políticas donde las semejanzas adquieren un extraordinario parecido. En el contexto de la guerra Rusia/Ucrania, esto cobra relieve. Por de pronto coinciden en que la expansión de la OTAN provocaría necesariamente dolores de cabeza; célebre fue su artículo en el Washington Post del 6 de marzo de 2014.

¿Cuál aspecto de este acontecimiento bélico es clave a la hora de examinar similitudes entre estos dos políticos tan anclados en las correlaciones de fuerza a nivel global?

En ambos se divisa la idea matriz de que el entorno geopolítico de una superpotencia debe estar resguardado (a criterio de la potencia dominante, se entiende). Es decir, ven el mundo como una esfera con zonas de influencia directa, otras indirectas. 

En el caso de Kissinger, ello quedó meridianamente claro respecto a América Latina, cuando rechazó las conclusiones del llamado Consenso de Viña del Mar de 1969, ese germen de coordinación latinoamericana promovida por la administración Frei Montalva. Varios políticos han contado que Kissinger, sin siquiera leer el documento, dijo “ninguna idea importante puede provenir del sur”. Se debe asumir que tan arrogante actitud tuvo efectivamente lugar, pues en ninguno de los textos de Kissinger aparece una sola línea referida a aquel encuentro seminal, tan recordado por los integracionistas latinoamericanos. 

En tanto, Lavrov ha tenido actitudes análogas respecto a lo que los rusos denominan “extranjero cercano”. En la actualidad, el concepto aplica a las antiguas repúblicas soviéticas. Durante la Guerra Fría se refería a toda la “comunidad de estados socialistas”, es decir a los países integrados en el Pacto de Varsovia y el CAME (no confundir con campo socialista, que incluía países comunistas lejanos como Cuba o Vietnam). Frente al extranjero cercano, de entonces y de ahora, se divisa en la actitud rusa un toque de neocolonialismo, cuyo esplendor fue la llamada Doctrina Brezhnev, que imponía una soberanía limitada a los países ubicados en su esfera de influencia. Lavrov es hijo de aquella escuela de pensamiento, a la vez que un reconocido practitioner en los tiempos actuales.

Imbuido de la idea que únicamente los rusos entienden desde aquella zona del planeta la naturaleza del juego global, Lavrov ha ampliado el concepto forjando la noción de extranjero cercano extendido. El caso más visible de esto es Siria, país convertido en una especie de protectorado ruso, donde lo central es esa fortaleza aeronaval llamada Tartús, que convierte a Rusia de facto en un país mediterráneo.

En cuanto a Ucrania, podría decirse que, mientras la situación militar sigue su evolución, los aspectos geoestratégicos -aquellos supervisados por Lavrov- comienzan a traslucir algunos resultados en pos del gran objetivo de balcanizar el país.

La gran pregunta es si el legado de Lavrov perdurará tanto como el de Kissinger. Por de pronto, ambos recomendarían acostumbrarse a una Guerra Fría de nuevo tipo. Y es que los dos pertenecen a ese tipo de símbolos de un statecraft de superpotencia capaces de divisar con antelación los trazos de obsolescencia y de vitalidad de cuanto nudo de conflictividad exista en el mundo.

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