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Publicado el 31 mayo, 2021

Ivan Witker: Sendero Luminoso, protagonista y villano de una elección

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

El terrorismo ya retornó, y eso no augura nada bueno.

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa
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Justo cuando estadounidenses y chinos demuestran sus extraordinarias capacidades tecnológicas, y ponen a Marte como próximo eslabón de sus disputas, un primitivo e irracional grupo terrorista -dado por cuasiextinto- surge desde las entrañas de la selva en Perú. Lo hace para ponerse en el centro de la elección presidencial y por medio de una matanza. Como si fuera un designio, y no bastase con el drama sanitario ni menos con la posibilidad que un admirador del chavismo llegue a la Presidencia el 6 de junio, los peruanos deben lidiar de nuevo con la insaciable sed de sangre del terrorismo. Los 18 asesinados son, por cierto, una cifra muy modesta ante el reguero de destrucción y lágrimas dejado por Sendero Luminoso entre 1982 y 1992. Los más cautos hablan de 60 mil muertos.

Su resurgimiento plantea la interrogante de cuándo considerar extinto a un grupo terrorista. No va con su naturaleza certificar el fin de sus actividades. Según el registro histórico, algunos se han autodisuelto (IRA, FLN de Córcega y pocos más); otros escenifican un abandono de las armas, como la ETA en la localidad francesa de Cambo-les-Bains. Excepcionalmente, sólo la Rote-Armee-Fraktion y el Ejército Rojo japonés planificaron, cumplieron e informaron detalladamente de las circunstancias de su jubilación como terroristas. Muy probablemente el entorno cultural de sus miembros explique la metódica fórmula de los terroristas germanos y nipones.

Por el contrario, en América Latina, los juglares del apocalipsis parecieran no querer extinguirse jamás. Siempre hay voluntarios listos para tomar las armas y levantar viejas consignas. Numerosos son los veteranos que buscan refugios temporales, como esperando la ocasión para atacar de nuevo. Así operó Sendero Luminoso.

Agazapado en una naturaleza hosca e impenetrable, como es el VRAEM, los senderistas se mantuvieron aislados e imperturbables. Delirando con un paraíso maoísta, donde los campesinos sean la fuerza motriz de la existencia colectiva. Habitando un enclave de atraso, pobreza y desadaptación total. Sus hordas recuerdan a Onoda Hiro, ese oficial del ejército imperial japonés combatiendo durante treinta años a enemigos imaginarios en la selva filipina, sin enterarse del fin de la Segunda Guerra Mundial. Por eso, jamás pudo reintegrarse a la civilización. Esta siguió su curso, sin tener en consideración el drama de cuando se está fuera de ella.

Eso es lo que ocurre con Sendero Luminoso, rémora de una época evaporada, durante la cual se soñaba acabar con el capitalismo a partir de focos insurreccionales. Inspirados en Mao, los senderistas hostigaron ciudades con una violencia inaudita; tanto o más que la de otros grupos maoístas en el mundo. Algo demencial había en las ideas de Mao, que invitaban a una carnicería. Él mismo tenía calculado el número de muertos en caso de una guerra nuclear con EE.UU. En su China, poblada por ese entonces por 600 millones, podrían morir “con toda tranquilidad” hasta 200 millones.

Con ataques a instalaciones militares y policiales, bombazos en zonas residenciales y asesinatos en áreas comerciales, los senderistas redujeron a escombros un tercio de la economía peruana. La clase política tradicional se hundió, presa del pánico, el desaliento y la incapacidad. El Presidente Belaúnde Terry y su ministro del Interior, José María de la Jara, aseguraban que sólo se trataba de “abigeato”. En la desesperación, irrumpió la figura providencial de Alberto Fujimori, quien no tuvo contemplaciones y les habló a los senderistas en su mismo lenguaje.

No demoró mucho en atrapar a su máximo exponente, Abimael Guzmán, y al resto de los cabecillas. Ante la enérgica acción del Estado, el grupo sucumbió a inicios de los 90. Algunos remanentes se replegaron hacia Ayacucho, otros se unieron a bandas de narcotraficantes y se asumió que dejaban de ser un peligro para la integridad del país. Craso error.

Ahora su más reciente masacre ocurre en los prolegómenos de la segunda vuelta, donde se enfrentan la hija de Fujimori y un candidato de raigambre rural, con evidente afinidad, toscamente disimulada, hacia el Movimiento por la Amnistía y Derechos Fundamentales (MOVADEF). Esta es una ONG que lucha por los derechos de los senderistas detenidos.

Por lo mismo, no extrañan los numerosos panfletos dejados en el lugar, amedrentando a los electores. “¡Quien vota a favor de Keiko Fujimori es traidor, es asesino del VRAEM, es asesino del Perú!”, dicen algunos de ellos. En otras proclamas, intimidan a los campesinos dispuestos a recibir ayudas sociales. Un accionar idéntico al de los años 80.

Se trata de una acción claramente destinada a convertirlos en co-protagonistas del nuevo escenario peruano. Inmerso en una grave crisis de partidos políticos y ad portas de una eventual victoria de Pedro Castillo, ese profesor aldeano que deambula por los laberintos de la periferia senderista y las ideas del Socialismo del Siglo 21, el país avanza hacia una hecatombe. La economía, articulada en el sector privado y sustentada en una Constitución promulgada por Fujimori en 1993 que será derogada, como ya anunció Castillo. Quiere estatizarla, para no seguir “sometida a EE.UU.”. No es capaz de explicar los motivos, pero también se le ve muy reacio a las inversiones extranjeras.

El cuadro, formado por las declaraciones de Castillo y los propósitos de los terroristas, representa una regresión brutal e incompatible con ese Perú de Alfredo Bryce Echeñique, de Mario Vargas Llosa y de César Vallejo. Incluso de un visionario político de izquierda moderada, como Víctor Raúl Haya de la Torre.

Sin embargo, son manifestaciones del llamado Perú profundo, lo que da cuenta de cuán fracturado se encuentra el país. Pese a ello, el mundo de hoy (incluido Perú) se mueve con computadoras y no con lápices, como dice la propaganda electoral de Castillo. Se mueve con inversión extranjera, con tratados que garanticen el libre tránsito de bienes y servicios, y no cerrando los países.

Castillo tomó tímida distancia de la masacre perpetrada en el VRAEM, pero comparte con los autores la peregrina idea de crear una autarquía. Un impulso absurdo y abandonado ya hasta por los propios chinos. Parecen no haber tomado nota que, apenas falleció Mao hace ya varias décadas, Deng Xiao-Ping abrió el país. Con la velocidad de un rayo, los chinos se alzaron como potencia emergente y hoy le disputan la supremacía tecnológica a los americanos. Incluso, en Marte.

¿Qué será de Perú? Dependerá de los electores en esta segunda vuelta. Una cosa sí se sabe con certeza. El terrorismo ya retornó, y eso no augura nada bueno. Sus nuevos líderes, los hermanos Quispe Palomino, le introdujeron un re-branding. Han dejado de llamarse Partido Comunista del Sendero Luminoso, adoptando la pomposa denominación Militarizado Partido Comunista del Perú, Marxista, Leninista, Maoísta.

Un cambio de nombre destinado a despejar cualquier duda sobre sus intenciones.

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