¿Hay alguien más feliz que Nicolás Maduro con el debate desatado en Chile a propósito de la migración descontrolada? Difícil. Su adjunta, Delcy Rodríguez, rebosa de alegría cuando habla de esto con la prensa. Y parece obvio. Así es el deleite con el sufrimiento ajeno, con esa nefasta idea de provocar daño. Es el goce tétrico de cuando se pone en duros aprietos a alguien sin motivos aparentes. Muchas disciplinas estudian este fenómeno y para ello han recogido el término de origen alemán Schadenfreude. Schopenhauer lo definió como sentimiento diabólico.

El alborozo de la cúpula venezolana con la tragedia de sus conciudadanos por el mundo se remite a ese exultante Fidel Castro, cuando desató la llamada crisis de los marielitos en un ya lejano 1980, que significó la expulsión de cientos de miles de personas hacia Miami. “Pin pon fuera, abajo la gusanera”, rezaba el grandilocuente slogan de una operación percibida como una victoria revolucionaria. Deshacerse de opositores al régimen (“escoria”, en el lenguaje fidelista), y provocar el mayor daño posible a quien se tiene por enemigo, fue uno de los pasatiempos favoritos de aquel tiranuelo. En Nicaragua se observa lo mismo. Más de 42 mil personas han huido estos últimos meses. Schadenfreude.

En tal cuadro, el éxodo venezolano merece una breve atención. Por ejemplo, que por sus dimensiones ya supera al sirio, alcanzando ocho millones de personas desesperadas en pos de tranquilidad y mejores expectativas de vida, sin contar las gravísimas crisis humanitarias provocadas en Colombia, Perú y Chile, algo menores en Ecuador, Panamá y Uruguay, y más acotadas (geográficamente) en Brasil.

El impacto de tales éxodos bíblicos en los países receptores, o en aquellos envueltos fortuitamente, son inconmensurables. Los más visibles son los costos políticos de largo plazo. ¿No es dramático acaso que la mano caritativa de Angela Merkel haya recibido un golpe tan negativo tres años después? Este 26 de septiembre, la CDU dejó de ser el partido más fuerte de Alemania. Los votantes le pasaron la cuenta por aquella recepción masiva de sirios y tuvo el peor resultado electoral de su historia.

Aparte de lo ocurrido en Alemania, hay otras dos situaciones recientes, dignas de tener en cuenta.

Por un lado, el régimen de Lukaschenko en Bielorrusia, enfurecido con su vecina Lituania por el apoyo de ésta a un puñado de disidentes, tomó la decisión de atraer a migrantes del Medio Oriente y del norte de Africa, ofreciéndoles cínicamente un “corredor humanitario” para llegar a ese país báltico, con el que comparte casi 700 kms de frontera. Fue tal la avalancha de migrantes, y caos humanitario, que la OTAN debió realizar una urgente operación militar para construir vallas con alambres de púas y cemento. Lituania esgrimió una razón de Estado e invocó lo que ocurrió efectivamente: una agresión externa.

Venezuela ya ha perdido casi el 15% de su población y lo más probable es que el flujo continúe.

Por otro lado, un igualmente enfurecido Marruecos reaccionó con virulencia hace algunas semanas a la autorización dada por el gobierno del PSOE/Podemos en España para el tratamiento contra Covid19 del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali en un hospital de Logroño. En respuesta, Rabat abrió su frontera con Ceuta y Melilla para que miles de marroquíes y subsaharianos derrumbaran las vallas de protección y pidieran asilo. Acosado por una avalancha incontenible, el poco previsor Pedro Sánchez debió evacuar al líder polisario. El bochorno lo obligó a introducir cambios ministeriales. La crudeza de la política no descansa ni en situaciones de pandemia y Ghali es enemigo número uno de Marruecos.

¿Qué significado tiene todo esto?. Algo muy deleznable por cierto, pero a la vez muy sencillo.

Las migraciones masivas son un arma política, usada de manera cada vez más frecuente e intensa en los asuntos internacionales. Por lo tanto, el problema de Iquique no lo va a solucionar una mano misericordiosa.

El régimen chavista no se inmuta ante lo obvio, haber provocado una estampida migratoria sin parangón en la historia latinoamericana. Nunca antes, en tan poco tiempo, un grupo tan numeroso de nacionales de un país de la región se había visto obligado a huir, al precio que sea, y a exponerse a redes de traficantes y bandas de maleantes armados. Venezuela ya ha perdido casi el 15% de su población y lo más probable es que el flujo continúe. El chavismo, así como el orteguismo y su congénere cubano, necesitan volúmenes poblacionales manejables, es decir no más de lo sostenible mediante dádivas estatales. Una autoimagen tipo small is beautiful.

Por pequeño que sea, un Estado debe cautelarse siempre a sí mismo, independientemente del sobrecogimiento ante penurias individuales.

Las reacciones hasta ahora no tienen en cuenta la necesaria diferenciación entre la discursividad humanitaria, por una parte, y la realidad migratoria en terreno, por otra. Es imposible revertir los traumas que estas avalanchas provocan en los países receptores. Ciertamente algunos números invitan al engaño. Más de alguien ha hecho el ejercicio estadístico que si Haití y América Central se vaciaran rumbo a América del Norte (Mexico, EEUU y Canadá), la población de estos receptores no aumentaría más del 8%. Sin embargo, la llegada masiva de foráneos sería traumática incluso ahí. No sólo por su condición de extranjeros, sino por las razonables dudas acerca de la real capacidad de una economía para absorber de golpe dichos volúmenes. No es casualidad que esa especie de ambivalencia ante los recién llegados se refleje en dos palabras clave, hospitalidad y hostilidad. Curiosamente, ambas con la misma raíz indoeuropea, ghost-ti; es decir, foráneo.

La dura experiencia de Lituania constituye una gran lección. Por pequeño que sea, un Estado debe cautelarse siempre a sí mismo, independientemente del sobrecogimiento ante penurias individuales. A los Estados no les queda otra que asumir las precariedades intrínsecas a las migraciones. Por algo los continentes se fueron poblando progresivamente desde Africa en una proeza ejecutada a pie, no en vehículos de transporte. Aún más, los mismos pueblos originarios de América Latina llegaron caminando a estos lugares. No fueron depositados aquí por extraterrestres.

El desafío es colosal y complejo para un país como Chile, adscrito a visiones de tipo kantiano (Paz Perpetua) e inserto en una vorágine cosmopolita, que pone énfasis en el derecho del individuo a llegar a cualquier lugar. Mas, ¿cómo se compatibiliza esa postura tan genuina con la imposibilidad material de asistirlos de manera ilimitada?.

La crisis migratoria confirma a la Schadenfreude como arma política. Un camino para revertirlo puede ser el multilateralismo, siempre y cuando no se restrinja a cuestiones samaritanas, sino para ir al origen del problema. Contrapresionar a los gobiernos causantes. La balanza entre ventajas/desventajas suele ser infalible.

Deja un comentario

Cancelar la respuesta