La International Cat Federation (ICF) prohibió la participación de gatos rusos en las próximas ferias mundiales de esa especie animal. La ICF se unió así, de manera entusiasta, a las sanciones en contra de Rusia debido a la invasión a Ucrania. Dicha sanción a los gatos rusos puede sonar jocosa, pero es verídica. Podría decirse que forma parte de la escenografía -o de la utilería- bélica actual. Son varios los países occidentales empecinados en anunciar con bombos y platillos que la imposición de sanciones internacionales en contra del régimen de Putin es un asunto serio y que debe cubrir todos los espectros imaginables. Ojalá también aquellos inimaginables. El que afecta a los felinos domésticos es fiel prueba de tales esfuerzos.

¿Qué produce tanta fascinación en la aplicación de sanciones?, ¿qué desata tanto entusiasmo con los boicots? Quizás la respuesta se encuentre en un deseo oculto de expresar superioridad y a un cierto gusto por esas atmósferas rudas y carentes de contención. Aplicar sanciones a un país genera momentos dramáticos al pensar en el alcance de sus efectos. Pero también algo de morbo, esperando las reacciones del afectado.

Quienes las aplican son Estados individuales, o a veces un grupo de ellos, o bien organismos supraestatales. La ONU, en su art. 41, las avala. En su aplicación subyace la idea de que por esta vía se pueden solucionar conflictos. 

La médula de las sanciones tiene que ver con su carácter coercitivo, por lo general de tipo político o económico, pero también deportivo y cultural. De cuando en cuando adquieren tintes surrealistas, como esta prohibición a los gatos rusos.

Puestas en abstracto, las sanciones más vigorosas buscan castigar a gobierno enteros, pero suelen terminar provocando daños graves en la población. Y es que muchas veces dificultan el flujo de bienes y servicios que, en situaciones normales, suelen ser expeditos. Por lo mismo, las sanciones reciben no pocas críticas.

En el caso de esta guerra se realza el simbolismo y la efectividad de la exclusión rusa del SWIFT. El fervor general ha llevado a calificarla de “bomba atómica” financiera sobre el país afectado. Son estimaciones basadas en el volumen de bancos adheridos y en las cantidades de capital en movimiento. Desde el punto de vista político, el SWIFT, creado a inicios de los 70, se transformó en un instrumento coercitivo exitoso desde que se le aplicó a Irán hace algunos años, obligando a los ayatollahs a re-pensar su programa nuclear.

Sin embargo, el caso ruso no se ve tan fácil como el iraní y trasunta algo de exageración su posible efectividad. Podría decirse incluso que ofrece más ruido que nueces. 

El escepticismo lo mueven las profundidades de la relación de Rusia con SWIFT. Por un lado, el tamaño de los bancos rusos no es menor, y, por otro, estos se focalizan en áreas demasiado sensibles (energía y diamantes, por mencionar algunos). De igual modo, varias de las medidas adoptadas en esta ocasión pueden tener un efecto boomerang, aparte del carácter demoledor de algunas posibles contramedidas.

En cuanto a lo primero, aparece en el horizonte la presencia china.

Pekín (no debe olvidarse que estos orientales suelen ser gente muy precavida) tomó la decisión en 2015 de fundar el Sistema Internacional de Pagos Interbancarios de China, conocido con sus siglas en inglés CIPS. Se trata de un organismo creado exprofeso para competirle a SWIFT, y se enmarca en el objetivo general chino, como toda superpotencia en ascenso, de generar una red de instituciones bajo su égida. Es el nuevo hegemon en acción.

El Presidente Xi debe estar frotándose las manos con las sanciones anunciadas en contra de Rusia. CIPS no sólo actuará como receptáculo bancario para operaciones financieras cuantiosas y de largo aliento, sino que, además, como efecto de la acogida de bancos rusos por parte de CIPS, la diplomacia china podría salir fortalecida, toda vez que se encuentra a pasos de un hecho inédito, como sería su papel de eventual mediador en este conflicto. Algo nunca visto en la historia chino-europea. 

En tanto, algunas sanciones contra Rusia también podrían ilustrar en el futuro cómo ciertos anuncios finalizan en fiasco. Por ejemplo, el fin de la colaboración entre la NASA y Roscosmos, el cual roza literalmente lo apocalíptico, dado que los motores de la estación espacial, que pesan 500 kilos, son rusos y si ese gigantesco artefacto se desploma a la Tierra, podría caer literalmente de manera (des)controlada en cualquier lugar. Ya el ataque a la central nuclear Zaporizhia revela que las amenazas rusas son dignas de ser escuchadas. Quizás nunca se sepa fehacientemente si este fue un ataque de alta precisión o un simple deseo de expresar voluntad.   

En cuanto al costo de contramedidas en materia de hidrocarburos, es posible sospechar un efecto pavoroso en los precios mundiales; algo muy poco digerible para las poblaciones afectadas. Rusia suministra el 26% del crudo consumido en la Unión Europea y el 38% del gas, a la vez que es uno de los principales proveedores de EEUU.

Finalmente, digno de observar con mayor detenimiento es el lastre histórico de las sanciones. Demasiada evidencia hay sobre el llamado síndrome del espacio abandonado. Casi por regla, el lugar dejado por los aplicadores de sanciones es ocupado por otro país, presto a dejar de lado cualquier tipo de inhibiciones para sacar provecho de la circunstancia. Ejemplos hay por doquier. Incluso uno muy cercano. Impactante y, curiosamente, algo olvidado.

Transcurría 1980 cuando las potencias occidentales decidieron que la invasión soviética en Afganistán era chocante y deleznable. Consecuentemente invitaron a un boicot generalizado a los juegos olímpicos de Moscú y a aplicar sanciones económicas muy duras contra la URSS. 

Sin embargo, el régimen militar argentino, en un gesto inaudito de pragmatismo, se convirtió en un importante proveedor de trigo y de numerosos otros bienes. Hasta el Partido Comunista argentino fue obligado a aceptar tan inesperado vuelco y dejó de lado el epíteto clásico de la época (“dictadura fascista”) para pasar a valorar este “importante gesto en favor de la paz mundial”.

La historia de las sanciones y boicots es, como se ve, larga y sinuosa. No suelen tener grandes éxitos. Rara vez han sido el gran game-changer de algún conflicto, pues finalmente se disipan.

Nadie acumula ira más allá de la cena, reza un viejo proverbio teutón. Y aunque la invasión rusa tenga significados enormes en términos de correlación de poderes en el plano internacional, las sanciones terminarán probablemente igual que las anteriores. O sea, levantadas con sigilo. En todo caso, la autorización a los gatos rusos quizás sea un poco más ruidosa.

*Iván Witker es investigador ANEPE

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