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Publicado el 5 julio, 2021

Ivan Witker: PC, ¿alebrije o fósil viviente? 

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

La tentación presidencial viene a dar cuenta de un caso de sobrevivencia único a escala internacional. Basado en un cambio muy gravitante, como es la estrategia de buscar ante todo la destrucción del modelo y, recién más tarde, ver cómo construir otro, parecen haber identificado las debilidades de la democracia chilena.

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa
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Octubre de 1989 significó para los partidos comunistas de todo el planeta un golpe que algunos ilustran con ese gigante meteorito que golpeó la faz de la Tierra hace 65 millones de años e hizo desaparecer a los dinosaurios. Los especialistas llaman “efecto Chicxulub” a esa cataclísmica fuerza. La analogía se basa en algo fácilmente observable. La energía libertaria y democrática de 1989, que cruzó ese espacio de intereses y proyectos políticos inspirados en Lenin, Fidel Castro y numerosos otros revolucionarios, convirtió a los partidos comunistas en una especie en extinción y su ideología fue a parar al basurero de la historia. Excepto en Chile.

Esta excepcionalidad obliga a ver, como un verdadero descubrimiento arqueológico, la posibilidad que un militante del PC pueda tomar el poder en nuestro país. Hay pocas explicaciones racionales. Por un lado, están los posibles errores metodológicos de las encuestas. Por otro, el favoritismo evidente de reporteros y otros formadores de opinión. También hay posibles explicaciones más objetivas, como la lejanía geográfica respecto a los grandes epicentros mundiales, o bien una cierta fascinación con los experimentos políticos en gran escala.

Contra toda previsión, los náufragos chilenos de 1989 desarrollaron insospechadas habilidades para superar las encrucijadas existenciales al perder sus motivaciones utópicas. Aún más, ahora asombra que estén acariciando la idea de conquistar el Estado, sin siquiera haber resuelto incógnitas tan fundamentales sobre el sentido y viabilidad de un proyecto estratégico de esa envergadura. Algo así, por cierto, nunca habría ocurrido en otros períodos de su vetusta historia. Ante esta eventualidad, surgen algunas preguntas de sumo interés. ¿Cómo llegaron los herederos de dirigentes estalinistas, como Ricardo Fonseca, Galo González y Luis Corvalán, a una posición tan expectante?, ¿de dónde salieron habilidades tan recónditas? Las respuestas son de naturaleza preferentemente doméstica.

Un primer eje de reflexión se relaciona con el ambiente amigable con el PC. Por casi todo el espectro político se esparció, desde los 90 en adelante, la ingenua creencia que se trata de un partido político más, pese a que ni el propio PC se considera tal, dado que no reconoce a los partidos democráticos en igualdad de condiciones ni menos les otorga legitimidad para representar “al pueblo”. Probablemente, el desconocimiento de los textos de Lenin permite no asumir que los PC se identificaron en el mundo entero con la idea de una vanguardia dispuesta -literalmente- a todo para alcanzar sus objetivos. Se suele olvidar que pactaron con el nazismo, para repartirse vastos territorios europeos, bajo el curioso nombre “Tratado Soviético-Alemán de Amistad, Cooperación y Demarcación”. Los polacos, y varias otras naciones europeas, no se cansan de alertar que suponerle comportamiento democrático a los comunistas suele tener consecuencias catastróficas.

En el caso de Chile, la generación de esa atmósfera amigable fue aprovechada por la cúpula PC para explotar la imagen de “partido excluido”, aunque suene muy raro, debido a sus tempranas críticas a una transición pactada. Contribuyó a esa atmósfera amigable, la adscripción de la Concertación a la idea matriz post Guerra Fría, de una marginalización inevitable y muy posible disolución. Fue tanta la confianza de la Concertación, en el sentido que un efecto Chicxulub haría el trabajo final, que llegó a bautizar con el nombre de una emblemática dirigenta de la época una avenida de la capital.

Un segundo eje de reflexión se relaciona con la guerra cultural. Sin dejar de lado su idolatría por el Estado, en tanto solucionador de todos los problemas (reales e imaginarios), el PC optó por un trabajo subterráneo, buscando nuevos sujetos sociales y analizando cómo adaptar su anacronismo evidente a demandas específicas y más actuales. Moviéndose entre catacumbas y superficies amigables, la cualidad de militante pasó a ser tenida como una rareza; inocua y de tipo alebrije (es decir, como esas piezas de artesanía multicolor, mezcla de imaginación popular y animal prehistórico).

La verdad es que la cúpula de los 90 le tomó el gusto a micro-revoluciones y se adaptó a las dinámicas destinadas en lo esencial a erosionar el capitalismo. En ese esfuerzo, conectó con toda clase de grupos contestatarios, anatemizando la expansión de los mercados. El PC conectó con ese populismo tan latinoamericano, que Zanatta describe como “religioso y nostálgico de la armonía ancestral, siendo su función rescatar para el pueblo su pasado mítico”. En el caso chileno, éste ancla en la particular interpretación que el PC da al allendismo. Dejando de lado su visión marxista histórica, los herederos de Corvalán y Teitelboim desarrollaron un imaginario basado en la felicidad y armonía de “todo el pueblo”, arrebatada por el neoliberalismo. Este argumento bien podría exagerarse para explorar la hipótesis que el PC chileno decidió en los 90 confluir con toda clase de facciones en la gestación de una izquierda post-utópica.

Se trata de un cambio novedoso, y quizás ahí radique la explicación central a su sobrevivencia. Históricamente, este partido buscó de forma permanente maneras de avanzar hacia la utopía socialista, pero pensando no sólo en cómo se aplicaban políticas en contra del capitalismo, sino ante todo en cómo se iba construyendo una sociedad nueva. De ahí surge aquella inveterada imagen de partido “moderado” en el gobierno de Allende. Corvalán lo dijo muchas veces: “nosotros vamos a Puerto Montt y el que quiere nos acompaña hasta allá o se baja antes”.

Un tercer eje reflexivo tiene que ver con la sociedad chilena en su conjunto. La atención societal en los 90 se focalizó en nuestra transición a la democracia, dejando en el olvido los cambios a nivel internacional. No se prestó debida atención ni ponderación del legado comunista global, minimizando un hecho objetivo como es la asociación de estas ideas con gulags, arbitrariedes generalizadas, hambrunas, miseria extrema, éxodos masivos, revoluciones proletarias y una serie de experimentos sociales de graves consecuencias, donde la más demencial fue, probablemente, la de los khmers rojos. De paso se olvida que, por esas razones, y no por maldad de los dioses, muchos países optaron después de 1989 por proscribir estos partidos.

En resumen, la tentación presidencial viene a dar cuenta de un caso de sobrevivencia único a escala internacional. Basado en un cambio muy gravitante, como es la estrategia de buscar ante todo la destrucción del modelo y, recién más tarde, ver cómo construir otro, parecen haber identificado las debilidades de la democracia chilena. De paso, captaron la posibilidad de alcanzar el control del Estado, incluyendo la cooptación de las FFAA.

Por lo tanto, parecen alebrijes, pero no lo son. Parecen fósiles, pero tampoco lo son.

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