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Publicado el 20 de julio, 2019

Iván Witker: Nicaragua, ¿populismo degradado o totalitarismo kitsch?

Investigador ANEPE y docente de Escuela de Gobierno Universidad Central Iván Witker

Una de las excentricidades mayores del matrimonio formado por el Presidente Daniel Ortega y su esposa, la vicepresidenta Rosario Murillo, fue la de tener como presidente de la Asamblea Nacional a un cadáver. Este hecho, absolutamente inédito y algo olvidado, ocurrió a mediados de 2016 cuando falleció su titular, René Núñez, quien había promovido la reelección indefinida de Ortega.

Iván Witker Investigador ANEPE y docente de Escuela de Gobierno Universidad Central
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Nadie dudaría que el populismo latinoamericano ha proporcionado desde hace décadas conductas y verborrea realmente excepcionales. Justo por estos días, cuando se cumplen 40 años de la revolución sandinista, conviene repasar brevemente el tipo de populismo bizarro, pero exitoso en el ejercicio asilvestrado del poder que se aprecia en Nicaragua.

Como era fácil de prever, una insurrección popular tan genuina como la anti-somocista de 1979 -pero ideologizada hasta los tuétanos por interferencia externa- devino en un maremágnum de disputas de todo tipo, que desembocaron a partir de 2006 en un régimen populista y despótico, de características únicas. Es una mezcla surrealista de socialismo del siglo 21 con trazos necrofílicos, de religiosidades paganas, totémicas, filo-católicas, elementos de imaginería prehispánica, pasando por el infaltable culto al matrimonio gobernante. En suma, un conjunto de extravagancias que habría hecho las delicias de Milan Kundera, quien, al observar la estética del leninismo, acuñó la expresión totalitarismo kitsch.

Una de las excentricidades mayores del matrimonio formado por el Presidente Daniel Ortega y su esposa, la vicepresidenta Rosario Murillo, fue la de tener como presidente de la Asamblea Nacional a un cadáver. Este hecho, absolutamente inédito y algo olvidado, ocurrió a mediados de 2016 cuando falleció su titular, René Núñez, quien había promovido la reelección indefinida de Ortega. Quizás en señal de agradecimiento, Murillo ordenó mantenerlo en el cargo por casi un año tras los funerales de Estado.

Todo indica que la esposa de Ortega es quien da sustento al grotesco “modelo de dominación ideológica” que prevalece, y sus extravagancias son numerosas. Por ejemplo, junto a amistades entrega asesoría personalizada a parejas en problemas utilizando métodos esotéricos, a través de una fundación que lleva el ditirámbico nombre de “Promoción del Amor”. En esta línea, ha señalado que la clave de su relación con Ortega son los 50 anillos que porta en todos sus dedos. Además, “Chayo”, como es conocida en el país, ordenó instalar en la capital unas extrañas estructuras de lata, pintadas de amarillo (algunos con la imagen de Chávez incrustada), llamadas “árboles de la vida”, con un costo de US$ 20 mil cada una, según escribe la prensa nicaragüense.

Todo esto suena bufonesco y parece hasta inocuo. Sin embargo, a Daniel Ortega se le acusa de haber violado a una hija de Rosario Murillo, llamada Zoilamérica Narváez, de 11 años de edad, quien tuvo que salir al exilio, además de alentar el asesinato de centenares de opositores (en su mayoría jóvenes) a manos de bandas de paramilitares.

Numerosos organismos multilaterales consideran la situación actual como muy lamentable desde el punto de vista de los DDHH y del ejercicio democrático, pero, por ahora, no ha logrado articularse una fuerza que haga tambalear el régimen. Difícilmente hubiese sido de otro modo. La historia política nicaragüense no muestra evidencias de cambios pacíficos ni de ejercicios del poder basados en la tolerancia. De ahí que la conducta del matrimonio que dirige sus destinos sea sólo de interés para ilustrar excesos y degradaciones de los sistemas políticos.

En esta línea ocurrió en junio de este año algo interesante. El plazo de seis años dado a un presunto millonario chino, Wang Jing, para que construyese un canal interoceánico, venció. Wang, junto a su amigo Laureano Ortega (uno de los siete hijos del matrimonio gobernante), anunciaron en 2012 “la obra de ingeniería más grande del mundo”, que tendría 278 kms de largo (tres veces más que el canal de Panamá), cuyo costo sería US$ 50 mil millones y entraría en funciones a fines de 2019; o sea este año. Laureano Ortega –quien combina las profesiones de tenor, baterista, productor audiovisual y encargado de inversiones extranjeras- le adjudicó a su amigo poderes ilimitados de soberanía por 100 años en el territorio colindante a los lagos Cacibolca y Nicaragua (tierra, aire, aguas, espacios marítimos y recursos naturales) escandalizando a unos pocos ambientalistas, pero curiosamente ni siquiera los defensores de tierras ancestrales salieron en defensa de las numerosas comunidades indígenas que han sido expropiadas. El paradero actual del afortunado inversionista chino es desconocido para la opinión pública.

En los últimos años, el ambiente se le ha tornado algo ríspido a este matrimonio. De cuando en cuando, se suceden manifestaciones populares que piden su salida. Como éstos han derribado varios de los árboles de “Chayo”, la vicepresidenta los ha acusado de prácticas diabólicas.

El futuro de la pareja se ve imprevisible. Saben que las pólizas de seguros en política no existen y que el país carece de minerales estratégicos para las grandes potencias. Quizás a lo único que temen es a la historia. Saben de cerca que cuando ruge la tierra en Centroamérica, las pasadas de cuenta suelen ser muy sangrientas.

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