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Publicado el 14 junio, 2021

Ivan Witker: Nicaragua, de clon cubano a excéntrica dictadura familiar

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

Cualquier apertura en el seno del régimen no pasa de ser una quimera. Nicaragua en manos del FSLN no es una democracia imperfecta, sino un modelo de cómo competir en un ranking de efectividad dictatorial. Mano a mano con los Maduro, Obiang o Mugabe.

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa
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Una extraña reticencia recorre la vida política de este país centroamericano. Pese a estar sumido en un despotismo pocas veces visto en las últimas décadas, no existe unanimidad en la región para calificarlo de dictadura. Algunos prefieren ser más suaves y la definen como democracia defectuosa. Otros prefieren, régimen absolutista. Es una reticencia curiosa, que sugiere preguntas más que razonables. ¿Por qué hacer la vista gorda ante evidencias tan contundentes?, ¿dónde está la reacción de la izquierda latinoamericana ante el reguero de arbitrariedades?, ¿dónde está la mirada inquisidora de aquellos medios de comunicación que rasgan vestiduras ante el menor hecho de violencia en otros países?, ¿cómo pueden declararse sorprendidos algunos ante las graves violaciones a los DDHH observables estas semanas?

Son preguntas que incardinan con dos cuestiones muy fundamentales.

Por un lado, con el origen de la revolución. Nacida en ese ambiente de efervescencia que suele rodear las gestas igualitarias, la revolución sandinista cautivó a moros y cristianos. A mediados de 1979, miles de personas celebraron el adiós dado por este pequeño y pobre país a los Somoza, esa estirpe de gobernantes rudos, tan bien retratados por el periodista argentino Gregorio Selser en su obra señera El Pequeño Ejército Loco. De aquel libro -una asertiva biografía de Sandino- tomaron el nombre de su movimiento, Frente Sandinista de Liberación Nacional, y se inspiraron, junto al trovador Carlos Mejía Godoy, para despertar simpatías en muchas partes del mundo. A saludar a sus nueve comandantes llegaron a Managua desde Yasser Arafat hasta presidentes y ministros de innumerables países. Nunca antes en su historia tantas personalidades del mundo pisaron suelo nicaragüense.

El jolgorio llevó a muchos admiradores de la revolución a aceptar, como una petitesse, la decisiva participación de miles de soldados cubanos. Esas tropas asegurarían la sociedad igualitaria que se pensaba construir. Era el nacimiento de una democracia popular impoluta. Aparte del FSLN y los cubanos, la revolución era festejada en Managua por una multitud de grupos diversos, formados por curas de la teología de la liberación, cristianos de base, sindicalistas, intelectuales, sectores acomodados y liberales. Incluso algunos conservadores que, temerosos de ser execrados por la vorágine revolucionaria, prefirieron subirse al carro de la victoria. En palabras del disidente soviético, Vladimir Bukovski (aquel canjeado por Luis Corvalán en 1976), una impresionante hilera de tontos útiles acompañó el triunfo del FSLN.

En el primer mundo se interpretó que la revolución sandinista representaba un avance hacia la modernidad. Por eso, el acotado y elíptico interés académico trabajó básicamente aquella idea. Tan profunda equivocación se empezó a confrontar con la realidad en 1990, cuando ocurrió algo muy sorpresivo. Al desaparecer el comunismo soviético, los comandantes del FSLN decidieron llamar a elecciones y Violeta Chamorro, viuda de un periodista asesinado por el régimen de Somoza, y que se había plegado a la revolución en sus horas iniciales, los venció. Chamorro entregó las primeras señales de alerta sobre la excesiva injerencia de Fidel Castro y la crueldad de los sandinistas en el poder.

Versiones de desertores hablan de asesinatos masivos, de lanzamiento de opositores a los volcanes y variadas atrocidades. Incluso al propio Daniel Ortega se le acusó de violar reiteradas veces a su hijastra. Sin embargo, un manto de olvido cubrió estas barbaridades. “Propaganda barata, al servicio del imperialismo”, retrucaron los fieles a la revolución. Idénticos argumentos se habían esgrimido -hasta antes de Gorbachov- para rechazar las denuncias sobre campos de trabajos forzados en Siberia o la reclusión de disidentes en hospitales siquiátricos. Estos excesos generaron riñas intestinas, disgregando paulatinamente a los nueve comandantes, mientras que intelectuales y sectores de clase media migraron masivamente a España, Costa Rica y EE.UU. En poquísimos años, Nicaragua fue dejado en el olvido. A nadie le convenía mucho hacer aspavientos del entusiasmo inicial.

Montado desde hace algunos años en el Socialismo del Siglo 21, los Ortega/Murillo han discurrido ingeniosas fórmulas para mantener el poder.

Ortega, con formación política y militar en Cuba, y consciente de la adicción latinoamericana por el caudillismo, mantuvo el control del FSLN y a punta de corruptelas y diabluras, volvió al poder en 2006. Esta vez de la mano de su esposa, Rosario Murillo. Ambos engendraron un modelo narrativo basado en un delirante mix de catolicismo rústico, ideas comunistas, otras nacionalistas, creencias precolombinas y prácticas totémicas inventadas por la afiebrada mente de la Primera Dama y Vicepresidenta. Nicaragua mutó a un régimen autoritario, menos estridente que a inicios de la revolución, pero salpicado de intermitencias dictatoriales. Las comparaciones con “Tachito” Somoza (el último de la dinastía), se hicieron inevitables.

Montado desde hace algunos años en el Socialismo del Siglo 21, los Ortega/Murillo han discurrido ingeniosas fórmulas para mantener el poder. Por ejemplo, introduciendo iniciativas que bien pueden servir de faros iluminadores para futuros sátrapas. Una, impone cadena perpetua por “delitos de odio”, no referidos desde luego al odio racial o contra minorías de género, sino contra adversarios del régimen. Otra, sanciona ciberdelitos, aunque busca controlar internet (especialmente las redes sociales). Otra, impide la candidatura a cargos públicos de quien sea sospechoso de ser “agente extranjero”. También bordea el delirio una Ley de Defensa de los Derechos del Pueblo a la Independencia, la Soberanía y Autodeterminación para la Paz, que penaliza con cárcel, y despoja del derecho de ejercer cargos públicos, a quienes “exalten y aplaudan sanciones contra el Estado de Nicaragua”. No se conoce otra ley en el mundo que castigue los aplausos. Y como se acerca el momento de la reelección de Ortega, estas últimas semanas se procedió a despojar de su personería jurídica a los partidos opositores. Para mayor tranquilidad de la revolución, los candidatos fueron encarcelados.

En materia de sangre, los Ortega/Murillo tampoco se andan con remilgos. Desde abril de 2018 aplican mano dura para contener las manifestaciones de repudio. La estadística represiva acumulada deja pálido a cualquier otro tiranuelo. 300 asesinados según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Pese a lo escalofriante, y a los niveles de corrupción, el matrimonio sigue en pie. Los motivos son dos. Por un lado, al igual que los Somoza, ya decidieron inaugurar una nueva dinastía y uno de sus hijos tomará la posta. Por otro lado, ocurre que la fuerza telúrica a favor de la democracia rara vez tiene la misma energía que a favor de las revoluciones. Además, como bien recuerda G.W. Hegel, los pueblos no suelen escapar de improviso de su historia política y el espíritu democrático necesita de algo más que voluntades aisladas. Nicaragua, lamentablemente, no registra momentos de esplendor democrático a lo largo del siglo 20.

Por lo tanto, cualquier apertura en el seno del régimen no pasa de ser una quimera. Nicaragua en manos del FSLN no es una democracia imperfecta (ni delegativa, en el decir de O´Donnell), sino un modelo de cómo competir en un ranking de efectividad dictatorial. Mano a mano con los Maduro, Obiang o Mugabe.

En la satrapía de Ortega y Murillo resuena una de esas preguntas arquetípicas de los viejos caudillismos latinoamericanos, ¿con cuántos votos quiere ganar, Su Excelencia?

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