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Publicado el 25 enero, 2021

Ivan Witker: México y la revitalización del presidencialismo

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

Mediante la alianza estratégica con las FFAA, ha aflorado en AMLO un político sui generis, tenaz, dichoso con las apuestas de largo plazo. Y que podría transformarse en ícono del neo-presidencialismo latinoamericano. 

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa
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A poco más de dos años de haber asumido la primera magistratura de México, resulta difícil saber si la sorpresa más impactante radica en cuestiones domésticas o externas. Sin embargo, en el conjunto de giros inesperados del lopezobradorismo, destaca, por lejos, la alianza establecida con las FFAA, particularmente con el Ejército. Esto lleva a interrogarse a lo menos sobre tres cuestiones específicas: si es negativo o positivo para la democracia del país, cuáles son las motivaciones y, desde luego, sus implicancias de mediano y largo plazo.

Lo primero corresponde verlo según las características de su liderazgo, muy acorde a esa estampa algo enigmática que -utilizando la expresión weberiana– se asocia al carisma. AMLO gana la elección bajo la premisa de una renovación amplia, para superar la corrupción y mejorar la seguridad de las personas, y de las propias instituciones estatales, erosionadas a niveles inimaginables. Ante tal cuadro, no pocos de sus partidarios se sobreentusiasmaron con el énfasis de su campaña electoral en orden a crear una república amorosa.

Sin embargo, AMLO ha seguido una línea propia, con vocación redistributiva por cierto, pero del todo inesperada en varias materias; por ejemplo, la seguridad. Dicha línea es reveladora de una fuerte comprensión de que cuando la violencia amenaza con desbordar todo, poniendo en peligro la integridad territorial e institucional de un país, los hilos del poder indican la necesidad de recurrir a las FFAA. Es la única vía conocida para superar con éxito dicho trance. Parafraseando a Churchill, podría admitirse que se trata de una pésima idea para una democracia, pero no se conocen otras mejores. AMLO demostró que resulta absurdo desear el ejercicio de cargos públicos, luchar por ellos, y luego no utilizar los resortes a disposición.

No debiera extrañar entonces, que, como buen hijo de esa extraordinaria y eficiente máquina de poder que fue el viejo PRI, López Obrador optó por un pacto integral con las FFAA. Un paso muy asociado a la imaginación colectiva mexicana. Sabido es que ésta descansa en aquel tremendo movimiento telúrico de inicios de siglo y en su notable capacidad para generar autoridad. Se trata de una legitimidad basal, proyectada posteriormente a lo largo de toda la era del PRI. Lo más probable es que AMLO, siendo un novel alumno de ciencia política, haya reparado que, no por simple capricho, en las cuatro primeras décadas posteriores a la Revolución, la presidencia fue ejercida por militares, y que sólo el último de ellos (Miguel Ávila Camacho) los sacó de la línea de sucesión, eligiendo a un civil, al empresario Miguel Alemán.

Algún conocedor de la actualidad mexicana podría contra-argumentar diciendo algo muy cierto. Los tres antecesores de AMLO también recurrieron a las FFAA. Sin embargo, hay una gran diferencia. Fox, y muy especialmente Calderón y Peña-Nieto, las utilizaron en funciones policiales. El actual mandatario está explorando algo distinto. Está trasladando a las FFAA -como antaño- a su posición de pilar del Estado; entendiéndolas como parte sustantiva de la cohesión nacional y el desarrollo. Por eso las emplea en el despliegue fronterizo y en numerosas actividades de tipo civil.

El peso de este nuevo nudo gravitacional del poder en México se observó en el episodio Salvador Cienfuegos, extitular de Defensa arrestado en EE.UU. por presunto vínculo con el narcotráfico (según la DEA) y devuelto a México hace algunas semanas. Como era esperable, la Fiscalía General de la República lo exoneró de dichos cargos. Se trató de una acción atribuida al excelente entendimiemto entre AMLO y el presidente Trump. Parece obvio suponer la disfuncionalidad de tal arresto con la revitalización del presidencialismo introducida por López Obrador.

Demás está recordar que las lisonjas mutuas con el saliente mandatario estadounidense, junto a la alianza con las FFAA, son los dos asuntos más indigeribles de su gobierno para quienes soñaron con trazos socializantes. Sus críticos denostan esa inesperada amistad con Trump, así como la decisión de pactar con las FFAA en lugar de imponerles ese soñado control democrático.

La indigestión con el esquema neo-presidencial de AMLO, permite escarbar entre las motivaciones.

AMLO, y el grueso de los mexicanos según se desprende de las encuestas, entendió la necesidad de ir más allá de las tareas policiales. Para nadie era un misterio que ciertas zonas del país estaban bordeando lo conocido conceptualmente como estado fallido, y que el país reclamaba a gritos el restablecimiento de la autoridad de manera integral. El mandatario parece consciente de que ello no se consigue sólo con retórica. Por otra parte, también comprendió que los destinos de un país deben ser vistos con frialdad y pragmatismo. En el caso mexicano, indisolublemente unido a su vecino del norte y principal socio comercial. Dos detalles algo esquivos para sectores sobre-ideologizados.

La revitalización de la autoridad presidencial, tan asociada en este caso a la cuestión territorial y comercial, permite especular con tendencias algo impensables por ahora. Por ejemplo, con una eventual proyección internacional, donde los militares mexicanos exploren un camino nunca visto antes. Quizás integrándose con fuerza con sus vecinos de América del Norte y más allá.

En publicaciones recientes, como Atlantic Council, se ha empezado a sugerir, por ejemplo, que México pase a formar parte de la OTAN. Un paso de este calibre alteraría de manera definitiva el panorama geoestratégico del continente, provocando, de paso, nuevas frustraciones entre quienes ven en EE.UU. la fuente de todos los males latinoamericanos.

Como se sabe la alianza noratlántica está formada por 30 países (27 europeos, más Turquía y Canadá) y ha mutado profundamente desde el fin de la Guerra Fría, atrayendo a una buena parte de naciones exsoviéticas, y adaptándose al carácter de sus miembros. La OTAN ha sido capaz a lo largo de su historia de flexibilizarse para darle fluidez a especificidades, como las planteadas por Francia y por Islandia, por citar sólo algunas. También ha sido capaz de generar una serie de adhesiones extra-alianza (Emiratos Arabes, Corea, Colombia, etc.). Puesto en términos optimistas, con 250 mil efectivos, Mexico sería el tercer país más numerosos en cuanto a tropas (tras EE.UU. y Turquía), algo muy útil para las operaciones de paz. México aportaría además su fuerte know how en materia de atención de desastres naturales. Por factibilidad, la especulación no se queda atrás.

Puede concluirse entonces que, mediante la alianza estratégica con las FFAA, ha aflorado en AMLO un político sui generis, tenaz, dichoso con las apuestas de largo plazo. Y que podría transformarse en ícono del neo-presidencialismo latinoamericano. 

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