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Publicado el 5 abril, 2021

Ivan Witker: Merkel, la imperturbabilidad hecha trizas

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

Poco a poco comienzan a instalarse preguntas de mayor calado y menos condescendientes con la hasta ahora respetada canciller.

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa
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Un viejo adagio de la política apunta a la inmortalidad de quienes ejercen este oficio. Ocurre que, tras recibir certificados de defunción, ser vilipendiados, e incluso enviados al ostracismo, el grueso de los políticos suelen renacer como el ave fénix. Casi por regla, sólo una ínfima minoría dispone del olfato necesario para retirarse de manera voluntaria y definitiva. Entre estos últimos figuraba, Angela Merkel.

Quizás por la sobriedad, apreciable en cada uno de sus actos, se fue ganando la estima de muchos, no sólo en Alemania sino en el mundo entero. Fue a fines del año pasado cuando hizo público su deseo íntimo de salir del escenario con la misma discreción con que entró allá por el año 1990, de la mano de Helmut Kohl.

Sin embargo, el destino -esa fuerza superior absolutamente inescapable que los griegos antiguos llamaban ananke– está metiendo sus manos y la era Merkel entró en fase final con más aspavientos de lo deseado. Dueña de una imagen imperturbable, se convirtió en ícono de una estadista con ademanes cuidados y sobria eficiencia. Así se pensaba. Hasta ahora.

Las dudas empezaron a surgir con los malos resultados electorales de la Democracia Cristiana de los últimos años. Lentamente, la agenda política del país comenzó a poblarse de críticas y, en su propio partido, surgió un malestar visible. De manera especial con su política migratoria. Y en lo que va del 2021, se ha extendido un juicio severo sobre su manejo de la crisis sanitaria. Hay consenso en la falta de idoneidad.

Poco a poco comienzan a instalarse preguntas de mayor calado y menos condescendientes con la hasta ahora respetada canciller. ¿Cuándo adquirió esa aura de eficiencia? ¿No habrá una sucesión de casualidades en su trayectoria?

Si se miran los recovecos de su biografía, destacan elementos muy llamativos sobre los orígenes y, especialmente, sobre la forma tan inusual de su fulgurante ascenso. No es menor que éste haya ocurrido de manera paralela a la disolución de la RDA. Objetivamente, fue un inicio político del todo imprevisto, pues ni ella ni su familia tuvieron jamás vínculos con grupos disidentes. Tampoco se conoce una posible participación en esas multitudinarias manifestaciones anti-comunistas en Leipzig, la misma ciudad donde había finalizado sus estudios. Pese a ello, apenas cayó el régimen, se integró a un fugaz partido evangélico llamado Despertar Democrático (Demokratischer Aufbruch). Casi por arte de magia, fue elegida su portavoz. ¿Qué provocó en ella ese súbito interés por los asuntos públicos?

Hay muchos capítulos de su vida algo extraños y sus biógrafos tendrán con certeza mucho donde escarbar, cuando ya no ocupe cargos públicos. Uno de los más sinuosos se corresponde con los intereses de su padre, el pastor evangélico, Horst Kasner. Ocurre que, pese a vivir en Hamburgo (Alemania Federal), éste decide irse con toda la familia a la RDA en misión pastoral. Transcurría el año 1953, una época en que cientos de miles de alemanes orientales abandonaban el país en dirección opuesta, presagiando la construcción del Muro. Otro aspecto curioso es la infrecuente fijación familiar en los apellidos. Su abuelo polaco, Ludvík Kazmierczak buscó germanizarse cambiándoselo por Kasner y ella tomó la rarísima decisión de mantener el apellido de su primer marido, Ulrich Merkel. Sin embargo, lo más impactante es la decisión de H. Kohl de promoverla, tanto para cargos al interior de su partido (CDU) como para su gabinete, basado únicamente en su olfato, y tras una sucesión de encuentros más bien fortuitos, cuando el entonces canciller buscaba extender la CDU en la población germano-oriental.

La pandemia le puso una lápida a su popularidad. Confirmó los temores que, tras el juego de adaptación permanente, había una persona más bien dubitativa.

Merkel captó las oportunidades abiertas por Kohl y se adaptó velozmente al tremendo cambio en su vida. Además, se desarrolló políticamente gracias a una sorprendente capacidad para aunar voluntades, por lo que es dable sostener que construyó y afianzó un perfil en base a las circunstancias del entorno y no en un liderazgo personal fuerte ni menos en algún tipo de carisma personal.

Se trató de cualidades completamente acordes al momento político que vivía Alemania tras la reunificación, pues se incrustaban en la idea matriz original de privilegiar a políticos-articuladores en el gobierno federal. En realidad, el sistema político alemán se orienta a cautelar de manera preferencial el poder de quienes gobiernan los estados federados (Länder), es decir de los llamados Primer Ministro (Ministerpräsident) y no el del canciller. La idea que se divisa detrás de esta premisa es evitar el surgimiento de un esquema hiper-centralizado, donde la persona a cargo de la cancillería pueda acaparar excesivas facultades (un modelo denominado Anti-Führerstaat) que ancla en la realidad postbélica del país.

Merkel terminó manejando con gran sagacidad la vida legislativa del país, no sólo en cuanto a votos y alianzas, sino también en lo discursivo. Desarrolló una impresionante capacidad para neutralizar a sus adversarios y aprovechar coyunturas para dejar a socialdemócratas, liberales y verdes en una suerte de orfandad política.

Pero sus habilidades para adaptarse y articular tenían límites. Su estilo conciliador empezó a ser visto como signo de debilidad en momentos más desafiantes. No es casual que la cotidianeidad alemana haya creado durante su mandato un verbo nuevo –merkeln– para resumir la idea de no tomar posición en los asuntos graves, dilatar decisiones y evitar riesgos. El neologismo fue el segundo más popular en 2015 en una medición anual de palabras nuevas que realiza la editorial Langenscheidt, haciéndose especialmente popular entre jóvenes. Un buen indicador del cambio generacional.

Luego, el consenso es vasto. La pandemia le puso una lápida a su popularidad. Confirmó los temores que, tras el juego de adaptación permanente, había una persona más bien dubitativa. Aquello que fuera tan convergente con esa estructura distributiva del poder, inserta en el nacimiento constitucional de la Alemania actual, y que le rindió tantos frutos, se estrelló con las necesidades de la lucha contra el virus. Cada Land comenzó a reaccionar de manera individual ante la pandemia.

Muchas preguntas medulares han estado emergiendo, sin encontrar respuestas satisfactorias de parte del gobierno federal. ¿Abrir o cerrar el país entero?, ¿ampliar los testeos o vacunar?, ¿mejor exportar vacunas o privilegiar a los alemanes? La pavorosa suma de 76 mil muertes ha mermado las capacidades merkelianas. Por eso, el agudo observador alemán Gabor Steingart opina que “el virus pareciera ser el único gobernante real en el país”.

Estas últimas semanas, los más cercanos a la canciller han empezado a desenfundar lo necesario para la lucha por el relevo. Llega a su fin una canciller, pero también una determinada forma de ver a Alemania y a Europa. El gran símbolo demócrata cristiano a nivel mundial ha iniciando una retirada más brusca e imprevisible de lo planificado. Por ahora, es imposible adivinar el curso a seguir por su reemplazante. ¿Seguirá siendo Alemania ese país tan europeizado que quiso Merkel?

Las elecciones generales serán en septiembre, pero la era de la ataraxia, esa característica de imperturbabilidad que tuvo, ha quedado atrás.

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