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Publicado el 11 enero, 2021

Ivan Witker: Mercosur bajo liderazgo K: Mucho ruido, pocas nueces

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

A menos de dos meses de cumplir 30 años, Mercosur vive un curioso estado agónico no terminal, pero, a la vez, sin posibilidades reales de ser revertido.

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa
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Hace algunas semanas, Argentina asumió la presidencia pro-tempore del Mercosur en medio de un gran signo de interrogación acerca del futuro del bloque. En su intervención inaugural, el mandatario trasandino, Alberto Fernández, no escatimó palabras para subrayar la “imperiosa necesidad de superar los déficits”. Incluso se refirió a su deseo de “reparar relaciones con los vecinos” y llamó a “superar la globalización de la indiferencia”. El Mercosur, dijo, debe ser “la nave insignia de América Latina”.

Como se aprecia, Fernández recurrió a lo de siempre, un léxico ligeramente florido y un poco abstruso, pero precavido. No llegó a lo barroco. Fue un ejercicio retórico, donde lo más destacable fue ese timbre de voz ya tan característico, dubitativo e irresoluto.

Pero podría decirse que estuvo en lo correcto. Fernández quizás esté (y siga estando) muy consciente de las limitaciones del momento. No están las cosas en el bloque como para transmitir propuestas concretas. Cautamente, prefirió mantenerse alejado del diagnóstico generalizado sobre el Mercosur y sus angustias existenciales. Y como si supiera de antemano la escasa incidencia de sus palabras, evitó también esos juegos grandilocuentes hacia el largo plazo. Un admirador de Shakespeare diría: algo de ruido y muy pocas nueces. Cabe entonces preguntarse si es dable esperar algo más en los próximos meses.

Los antecedentes disponibles invitan a tener expectativas exiguas. Sin embargo, las razones no obedecen únicamente a la falta de convicción del mandatario argentino.

A menos de dos meses de cumplir 30 años, Mercosur vive un curioso estado agónico no terminal, pero, a la vez, sin posibilidades reales de ser revertido. El bloque ya pasó lo peor. No se desarmó, como se vaticinó, cuando asumió el presidente brasileño, Jair Bolsonaro, ocasión aprovechada por éste para leerle las levitas a Argentina. Mercosur sobrevivió. Y aunque no se divisa la posibilidad de superar el marasmo, tampoco se visualiza mayor deterioro.

Nudo explicativo de esta paradójica situación es el entrecruce de numerosos factores y elementos. Muchos de ellos contradictorios entre sí, o bien superpuestos, y la mayoría muy puntuales.

Por ejemplo, en términos de orientación general, Brasil, junto a Paraguay y Uruguay, coinciden en el deseo de inclinar el bloque hacia una actitud más liberal en temas políticos y a las lógicas de mercado en lo comercial. También han expresado interés en finalizar los acuerdos, ya en avanzado estado de negociación, con Canadá, Corea, Líbano y Singapur, así como seguir intentando remover los obstáculos surgidos en las negociaciones del acuerdo con la Unión Europea. Como bien recordaba, pocos días atrás, el responsable de la PESC europea, Josep Borrell, hace ya seis años que no tiene lugar una cumbre euro-latinoamericana y es hora que Mercosur, u otro bloque regional, se manifieste en tal sentido. Por su lado, el Uruguay de Luis Alberto Lacalle ha sido muy explícito en su prioridad orientada a definir, de una vez por todas, el modelo comercial a seguir por el bloque entero.

Los K en Argentina, en cambio, privilegian permanecer amurallados tras barreras proteccionistas y avanzar sólo en aperturas selectivas. En tal línea, prefieren focalizarse en Centroamérica, República Dominicana, así como elaborar una estrategia “del todo novedosa” con Africa, según adelantó Fernández. De manera prioritaria, ansían también integrar a Bolivia como miembro pleno y restituir a Venezuela. No se necesitan dotes adivinatorias para considerar esto último como una roca insalvable.

Luego, hay otras cuestiones no menores, tan obstaculizadoras como las anteriores, que dificultan un salto del bloque hacia una etapa nueva. Entre ellas aparece el siempre presente interés nacional de cada país. En el caso argentino, al gobierno K le entusiasma infinitamente poder arribar pronto a un acuerdo bilateral agropecuario con China continental para la construcción de mega-granjas porcinas. Hasta donde ha trascendido, las necesidades chinas en esa materia exigen instalaciones colosales, poco factible de pasar con éxito el filtro europeo medioambiental con las consecuencias previsibles sobre el acuerdo UE/Mercosur.

Bolsonaro, en tanto, ha adoptado una postura inflexible de no intromisión en los asuntos amazónicos, enfrentándose duramente con Macron sobre este punto. Se trata de un entrevero que ha enrarecido aún más el ambiente para las negociaciones del acuerdo UE/Mercosur. Por otro lado, como a Bolsonaro no le fue bien en las últimas elecciones estaduales, necesita ahora gestionar algunos aspectos del Mercosur para dar aire a su actividad externa. Independientemente de ello, los altibajos brasileños con relación a Mercosur contribuyen fuertemente a la nebulosa general en torno al futuro del bloque.

Esto es particularmente complicado, pues, como se sabe (o intuye), Mercosur es inviable y carente de sentido sin Brasil. Pero simultáneamente es, en buena medida, Brasil-dependiente. Dicha dependencia convive con la falta de un poder gravitacional brasileño capaz de alinear a todo el bloque de la forma que lo hizo Alemania/Francia en Europa. Este cuadro de ambivalencias hace muy cuesta arriba la generación de un multilateralismo regional con el dinamismo necesario para el mundo de hoy.

En consecuencia, cabría más bien dudar sobre posibles festividades el próximo 26 de marzo, cuando se recuerden los 30 años del Tratado de Asunción, el cual dio vida a este bloque. Hay indicios que Fernández desea aprovechar la ocasión para proponer un enésimo relanzamiento.

Parecerían, sin embargo, esfuerzos estériles. El futuro del multilateralismo regional se ve indócil, ya que los países carecen de aquello tan vital, denominado por los internacionalistas de origen anglo como reliable engagement (algo así como, compromiso confiable). Por lo tanto, no podría afirmarse que Mercosur sea un bloque decadente, sino uno que nunca ha despegado, pese al enorme potencial que encierra.

Las palabras de Fernández terminarán sucumbiendo ante lo ya sabido. Esos fatales lineamientos populistas y proteccionismos estatistas cruzando sus ambientes políticos, más esa lamentable fragmentación de sus elites políticas, donde cada fragmento parece provenir de un planeta diferente.

FOTO: Twitter: @JuamPaPeralta

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