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Publicado el 23 de marzo, 2020

Ivan Witker: Megalomanías populistas latinoamericanas

Investigador ANEPE y docente de Escuela de Gobierno Universidad Central Iván Witker

Las excentricidades de ciertos líderes -que deslumbran a incautos- y proyectos -que seducen a sectores políticos irresponsables- advierten que siempre están ahí, a la vuelta de la esquina. Máxime en momentos tan excepcionales como los que se viven.

Iván Witker Investigador ANEPE y docente de Escuela de Gobierno Universidad Central

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Inmersos en estados de calamidad pública que bien pudieran cambiar de raíz los escenarios políticos latinoamericanos, pocos recuerdan que hace 15 años tres mandatarios -Lula, Chávez y Kirchner- anunciaron el que fuera con toda probabilidad el más descabellado megaproyecto conocido en la región, el Gran Gasoducto del Sur. Fieles herederos de los grandes populistas de antaño, ninguno ahorró palabras para alabar tan desbocado como millonario proyecto.

El cálculo inicial fue la estratosférica suma de US$23 mil millones. Sin embargo, ONGs ecologistas estimaron su costo en US$50 mil millones si se hubiesen tenido en cuenta las más elementales mitigaciones medioambientales. Tamaña irresponsabilidad enmudecía al lado de conquistar “la independencia definitiva de los pueblos”, como dijeron.

Mirando en retrospectiva el proyecto, se trató de un muy buen ejemplo de aquello que señala Enrique Krauze como las dos grandes claves del populismo latinoamericano: exaltación del caudillo y promoción irresponsable de metas irrealizables. Por lo mismo es una lástima que haya caído en el olvido.

El Gran Gasoducto del Sur sintetizó hasta dónde las democracias representativas latinoamericanas se pueden desfigurar. Mostró además, que la maduración de las sociedades latinoamericanas permanece aún muy lejos en el horizonte. ¿Qué diferencia puede haber entre estos tres personajes de postrimerías del siglo 20 e inicios del 21 y un decimonónico boliviano Mariano Melgarejo que nombró de ministro a su caballo favorito o que declaró la guerra a Francia y ordenó movilización terrestre para invadirla? ¿O con el mexicano Antonio López de Santa Anna (también del siglo 19), que le hizo un funeral de Estado a su pierna perdida en combate?

En realidad, ninguna. David Owen, el sicólogo británico que ha estudiado las desmesuras del poder, entrega algunas pistas. La principal es que, desde el siglo 19 hasta los años dorados de este trío sudamericano, nadie pone en duda o cuestiona la mente del líder. La premisa es: el caudillo representa al pueblo, habla por él y decide por él. Es depositario de sus deseos. Owen los describe como desórdenes mesiánicos. Por eso es vital preguntarse hoy, ¿cómo puede una democracia evitar estos desvaríos?

Un breve excursus por las características del Gran Gasoducto del Sur indican los niveles de este particular exceso. Su objetivo era transportar gas desde Puerto Ordaz en Venezuela hasta Buenos Aires, para lo que se construirían 15 mil kilómetros de tuberías, atravesando la selva del Amazonas, incluyendo una serie de ramales larguísimos, en Manaos y Fortaleza, donde conectaría con redes ya existentes. Y, desde luego, el proyecto iba a ser financiado, al menos en su parte inicial, por PdVSA, aquella vaca lechera inextinguible del régimen chavista/madurista. Para que no hubiese un atisbo de duda, el acuerdo fue plasmado tanto en un Memorándum de Entendimiento de Integración Gasífera, como en la inauguración del Complejo Industrial Gran Mariscal Sucre (CIGMA), la planta de salida de la monumental obra. “El imperialismo de Bush es incapaz de competir con los grandes proyectos socialistas”, dijo entonces un eufórico Chávez.

La verdad es que el ingenio agudo de estos personajes da una idea de cuánto pueden extraviar a una sociedad. No sólo por sus estridencias verbales, sino porque muchos de sus caprichos suelen ejecutarlos apenas la bonanza en los precios de los recursos naturales –o bien descuidos institucionales- lo permiten. La lista de desvaríos es larga.

Por eso, un lugar igualmente destacado lo merece el faraónico edificio “Néstor Kirchner”, que el Mashi Rafael Correa, mientras ocupaba el gobierno ecuatoriano, construyó a un valor de US$45 millones para donarlo a UNASUR. Rodeado de lagos artificiales y con más de 20 mil metros cuadrados edificados en cinco pisos, se emplaza muy cerca del famoso monolito que simboliza la línea del ecuador en el barrio de San Antonio de Pichincha. No podía ser menos, simbolizaba un hito histórico. Sin embargo, la bendita sede nunca llegó a cumplir medianamente con los fines previstos. El único secretario general que se instaló allí de forma esporádica fue Ernesto Samper, quien ocupó sólo unas cuantas oficinas. La entrada fue decorada con un monumento dedicado a Kirchner. Un medio de prensa ecuatoriano señaló hace poco que aquella estatua y los muebles fueron abandonados en una bodega en Quito. Inicialmente, Evo Morales había asegurado que los trasladaría a Cochabamba, sede del Parlasur, otra entidad creada por las afiebradas mentes populistas. El súbito abandono del palacio de Gobierno (y asilo en el extranjero) impidió a Morales concretar su sueño y privó al Parlasur de tan entrañables objetos.

Evo, quien personifica esa democracia cromática latinoamericana, fue otro que dio curso voraz a su megalomanía al inaugurar en el mismo lugar de La Paz donde los españoles instalaron el primer cabildo un fastuoso edificio de 120 metros y 29 pisos como oficinas gubernamentales, dotado de helipuerto. Costo de la obra, US$40 millones. Demás está decir que Morales pasó por encima de las leyes y normas aprobadas por su propio partido, que impiden construcciones en altura y que rompan la armonía arquitectónica del lugar. Tampoco vale la pena hurgar en el destino de los pisos 23 y 24, de mil metros cuadrados cada uno, reservados para su uso personal. A su favor en todo caso, debe admitirse que la parquedad (y tosquedad) lingüística que caracteriza a Morales, ayudó a que el escándalo fuese menor a otros de su régimen.

Difícil es saber si Lula creía en los afiebrados proyectos de sus amigos. Hay quienes dicen que seguía el juego sólo por razones tácticas. Es probable. Pero la verdad – dudas más o dudas menos- es que su megalomanía se expresa en las conocidas auto-referencias: «a alma mais honesta deste país”, “o melhor presidente brasileiro da história».

Estos personajes tienen en común -por sus dichos o sus actos- algo que Freud denominaba “investimiento libidinal” -una especie de sentimiento ilimitado o un amor desenfrenado- por la imagen propia. Sus excentricidades, que deslumbran a incautos y proyectos que seducen a sectores políticos irresponsables, no sólo confirman las observaciones de Freud y de Owen, sino que advierten que siempre están ahí, a la vuelta de la esquina. Máxime en momentos tan excepcionales como los que se viven.

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