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Publicado el 15 de junio, 2020

Ivan Witker: Máximo Kirchner, una marcha triunfal

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

De no mediar una de esas sorpresas del todo inesperadas y gatilladoras de cambios de rumbo -un cisne negro, como lo denominó N. Taleb-, la siempre prolífica política argentina se prepara para el gran ascenso de Máximo Kirchner.

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa
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América Latina es, en términos políticos, un gran parque temático. Una verdadera multitud de Costaguanas, como llamó Joseph Conrad a estos países en su magistral Nostromo. Es un parque donde la realidad bordea la ficción. Lleno de líderes estrafalarios que se reeligen una y otra vez, ofreciendo a menudo grotescos espectáculos mientras ejercen el poder. Por lo general, son individuos solitarios y muy audaces. O bien, miembros de una misma familia, que se van reemplazando en el arte de gobernar. Pues bien, nos encontramos ante portas de una nueva e interesante novedad. Y es que, de no mediar una de esas sorpresas del todo inesperadas y gatilladoras de cambios de rumbo -un cisne negro, como lo denominó N. Taleb-, la siempre prolífica política argentina se prepara para una marcha triunfal. Para el gran ascenso de Máximo Kirchner.

Nadie podría negar que la política trasandina se caracteriza desde sus mismos orígenes por la determinante presencia de personalidades extravagantes y caudillescas. Ahí están Güemes, Quiroga, Aldao, Rosas y tantos otros. Un espíritu que, aunque evolucione, jamás ha perdido su esencia. La evolución se ha dado básicamente a través de fórmulas muy ingeniosas que no dejan de sorprender. La última correspondió a ese notable reparto de roles post-Macri, ideado por Cristina Fernández, y que -sería muy mezquino negar- fue un rotundo éxito. CFK encontró dos alfiles exactos para sus necesidades; aquellas más apremiantes y las de largo plazo.

Para lo primero, encontró a un hombre bonachón, imposibilitado para actuar autónomamente como se ha visto, y lo llevó hasta la Casa Rosada. También recurrió a un tecnócrata con grandes ambiciones, pero obligado a mantener lealtades con las bases K, y logró instalarlo en la gobernación de la Provincia de Buenos Aires. Fue una operación quirúrgica, que le allanó el camino parlamentario a su hijo Máximo. Fue una maniobra extraordinaria; de esas que en ajedrez se llaman jugada magistral.

Luego ocurrió algo que pocos esperaban (pero que quizás, en su fuero maternal, era lo que ella más deseaba a largo plazo): que el vástago pudiera sobresalir. La verdad es que Máximo nunca había mostrado gran autonomía. Incluso parecía desganado. El propio Alberto Fernández llegó a revelar en algunas entrevistas que le decían el “vago del play station”. Sin embargo, las esperanzas de CFK se basaban en una premisa muy cierta. Para enfrentar la dura crisis económica que se avecinaba, era fundamental disciplinar a La Cámpora. Y Máximo la conocía bien. Para sorpresa de muchos, éste captó las sutilezas del modelo digitado y construido por su madre. Se entusiasmó y sobresalió. Mostró habilidades que permanecían ocultas. La crisis derivó en un inevitable default a inicios de año, pero se complicó tremendamente con el Covid19. En esa tempestad, Máximo ha mantenido tranquilas a todas las huestes.

Lo primero que hizo fue unificar las dos bancadas justicialistas, lo que da una idea de la dispersión que existía. Luego, se transformó en el hombre de confianza para todo tipo de negociaciones con otras bancadas y asumió un inédito diálogo con grupos empresariales. También articuló a varios miembros del gabinete, generando una especie de fidelidad paralela al interior del Ejecutivo. Son indicios que ya está dotado de seniority.

Quienes conocen la maraña peronista coinciden en que, a sólo meses del retorno al poder, su ascenso es ya irresistible. No son necesarias intenciones apologéticas para admitir que esa es la opinión predominante en todo el espacio, como llaman eufemísticamente en Argentina a ese archipiélago de grupos y facciones. Todos, los gobernadores, el massismo (ese indócil y organizado polo político en el conurbado de Buenos Aires), así como el díscolo Movimiento Evita, coinciden en aquello.

La tarea no ha sido fácil. Dado que CKF debe cubrir múltiples frentes judiciales y mantener un irritante ojo estrábico sobre el albertismo, toda esta osada maniobra bien pudo haber terminado en una feroz guerra civil intra-peronista. Evitarlo ha sido, en gran medida, mérito del hijo. Hoy tiene a la “orga” en pleno funcionamiento y se prepara para la gran sucesión.

Ahora bien, cabe preguntarse si su ascenso es benigno o nocivo para Chile.

Mirado desde el punto de vista del Estado es neutro. Si Chile tiene claridad acerca de sus imperativos estratégicos, será inocuo cualquier cosa que haga éste u otro gobierno del vecindario. Ello no obsta a que se tengan en vista aquellas viejas tentaciones peronistas que mezclan realidades territoriales con vestigios de una grandeza nacional perdida. Un coqueteo con aquello se divisa en el proyecto de ley, movido por parlamentarios cercanos a Máximo, para delimitar la plataforma continental y fortalecer la presencia soberana de Buenos Aires en el Mar de la Zona Austral y en la Antártica. Por un lado, existe claridad que, ni aprobando dicha ley por unanimidad, las FFAA argentinas no están en condiciones de ejecutarla. Pero, por otro, conviene recordar que su padre, Néstor (hijo de una puntarenense) consideraba a Chile y los chilenos la válvula de escape a sus padecimientos; CFK, en cambio, ha sido más amable, al menos con algunos.

En tanto, mirado desde la perspectiva de las ideas, el panorama podría ser algo más pesimista. Y es que el populismo suele irradiar y generar fascinación, especialmente en momentos de crisis. Pertinente parece el punto de vista de S. Collier y W. Slater en su Historia de Chile 1808-2002 en orden a que, si bien Argentina ha influido en nuestro país, exceptuando la política, hubo sectores e individuos de aquí que miraron con admiración y tentación al “Pocho”, como solían llamar a Perón. A eso debe añadirse que, en los últimos años y producto de una autoestima en descenso, sectores de izquierda no ocultan una admiración intranquilizadora por CFK (que rara vez sintieron por su marido). Lo peor es que nunca queda claro si es por su personalidad o por sus métodos. En passant, grupos marginales han hecho gala de sus desvaríos existencialistas calificando de “atractivos” los islotes pertenecientes a Alberto Fernández en ese turbulento océano K. En medio de tal cuadro, pareciera una verdadera bendición que no haya surgido aún un cerebro cristinista.

Sintetizando, el horizonte de Máximo ya tiene fecha: 2023. El firmamento K brilla. Sin embargo, es claro que en la Costaguana del sur se ha ido perfeccionando ese espíritu que anida en los caudillos decimonónicos. Si Joseph Conrad viviera, situaría ahí su Nostromo de hoy. Sobre eso, qué duda cabe.

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