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Publicado el 12 de enero, 2020

Ivan Witker: Los viudos latinoamericanos de Soleimani

Investigador ANEPE y docente de Escuela de Gobierno Universidad Central Iván Witker

Los países latinoamericanos no han estado fuera del radar del gobierno iraní ni de los clérigos chiítas. Once embajadas así lo atestiguan, así como sucesivos viajes de diplomáticos iraníes sin que exista notorio intercambio comercial. Del mismo modo, varias empresas enlistadas por la ONU tienen actividad en la región. Y luego está la Triple Frontera, esa zona gris entre Brasil, Argentina y Paraguay a lo largo de los ríos Iguazú y Paraná, que ofrece aspectos demasiado inusuales como para que pasen inadvertidos.

Iván Witker Investigador ANEPE y docente de Escuela de Gobierno Universidad Central

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La idea de los ayatollahs iraníes de transformar su país en un actor global estuvo presente desde que se hicieron con el poder en 1979. Por eso, tras tomarse la embajada de EE.UU., crearon la Guardia Revolucionaria, Pasdaran. Luego, formaron una brigada de operaciones especiales para el extranjero, Al Quds, con aproximadamente 15 mil integrantes. Posteriormente estimularon la creación de varios grupos trasnacionales, como Hizbollah, Fuerza Popular, Yihad, Amal y otros, con finalidades específicas. Fiel a esa idea inicial, Irán terminó generando una compleja estructura externa para ejecutar sangrientas guerras proxy, e híbridas, contra enemigos reales e imaginarios. Especialmente contra el “gran satán”, EE.UU.

Al Quds ganó fama en frentes tan distintos como Afganistán y Bosnia. Previamente, junto a Hizbollah, montó un mortífero ataque simultáneo contra bases militares estadounidenses en Líbano (1983), inaugurando los camiones-bomba. En 2000, logró que Israel se retirase del sur del Líbano. Soleimani obtuvo la gloria y poder protagonizando muchas de estas operaciones. Por lo mismo, su prematuro viaje al encuentro con las 72 huríes que esperan a cada varón de comportamiento ejemplar, según dicen los musulmanes, ha sido tan llorado. Además, fue inesperado. Se movía en medio de impresionantes medidas de seguridad. Mito o verdad, cerca de 200 individuos intervenían en su seguridad personal.

América Latina, que -salvo la crisis de los misiles- nunca ha sido epicentro de grandes acontecimientos globales, observa esta eliminación con sentimientos encontrados. Las preguntas usuales aquí apuntan a la ilegitimidad del ataque, a la tecnología utilizada o a la posible reacción de los musulmanes. Rara vez surgen interrogantes acerca de qué tan inocua es políticamente para América Latina.

Es curioso, porque los países latinoamericanos no han estado fuera del radar del gobierno iraní ni de los clérigos chiítas. 11 embajadas así lo atestiguan. Sucesivos viajes de diplomáticos iraníes incluyendo al propio canciller Yavad Zarif (y varios de sus antecesores) sin que exista notorio intercambio comercial, son otro indicativo. Del mismo modo, varias empresas enlistadas por la ONU (1737, 2231 y otras) tienen actividad en la región. Tampoco es bajo el número de conversos latinoamericanos que viajan a formarse a Qom y otros lugares santos en Irán para luego retornar y propagar la fe chiíta en mezquitas, madrazas, centros culturales y otros centros de oración.

Luego está la Triple Frontera, esa zona gris entre Brasil, Argentina y Paraguay a lo largo de los ríos Iguazú y Paraná, que ofrece aspectos demasiado inusuales como para que pasen inadvertidos. Es tal la lejanía latinoamericana con los asuntos globales de seguridad, que muchos encuentran que la peculiar vida allí es más bien anecdótica, casi costumbrista.

Pero para los suspicaces, allí se reúne material que desborda la imaginación. Demasiados hoteles y siempre llenos de gente del Medio Oriente con poco aspecto de turistas; demasiadas casas de cambio; demasiado comercio informal incluyendo armas pesadas; demasiadas pistas aéreas con inusual movimiento; demasiada presencia chiíta; demasiada gente que deambula por sus calles como atento a algo que sólo ellos divisan; demasiado hilo de investigaciones judiciales financieras de muchos países que llegan ahí para cortarse de manera misteriosa; demasiadas personas con grandes negocios de compra-venta y que dicen ser aportadores a alguna causa benéfica asociada a Hizbollah; demasiados iraníes investigados por los casos Embajada de Israel y AMIA en Buenos Aires (1992 y 1994) han vivido en la Triple Frontera; demasiada preocupación de los servicios policiales y de inteligencia de los países centrales por aquella caótica cotidianeidad.

La investigación Nisman está llena de datos curiosos. Por ejemplo, que a Ismail Hussein Berro, el muchacho de la Triple Frontera que manejaba el auto-bomba en el caso AMIA, alguna mano terrenal le levantó una estatua en el valle del Bekaa en el Líbano. Resulta inverosímil que las estructuras externas de Soleimani no tengan algo que ver con ese extraño universo llamado Triple Frontera.

Luego, en 2011, otro de los investigados por el caso AMIA, Ahmed Vahidi, quien dirigió Al Quds en algún momento, apareció junto a Evo Morales inaugurando una Escuela Militar de países del ALBA, donada por Irán, en la localidad de Warnes, Bolivia. Muy documentada también está su intensa relación con la Venezuela chavista-madurista, cuya falta de transparencia da pie a todo tipo de especulaciones. Como botón de muestra, el vuelo comercial de Conviasa Caracas-Teherán nunca tuvo venta de pasajes. Una relación igualmente nebulosa aunque de menor volumen ha tenido con Nicaragua. El exPresidente paraguayo, Fernando Lugo, también tuvo un sorprendente acercamiento a Irán sin fundamentos visibles. Y en 2011, fueron detenidos dos iraníes de Al Quds en Washington acusados de preparar ataques contra embajadas de Israel y Arabia Saudí y que habían avanzado un abstruso acuerdo en tal sentido con narcotraficantes mexicanos de Los Zetas.

Teniendo como base este terreno pantanoso en que se mueven las estructuras externas de Irán, hay dos asuntos más o menos obvios. Por un lado, que admiradores latinoamericanos de Soleimani, y que se entretienen asustando al “gran satán”, estén haciendo cálculos que ya no hay lugares invisibles al temible dron MQ9 Reaper. Por otro, el panorama regional devela la posibilidad no descabellada de que “la gran venganza” prometida por Teherán cuente con respaldo de algún impulsivo admirador latinoamericano. En ambos casos, sería un brusco retorno a 1962. Ese año ha sido la única vez que América Latina fue escenario de un acontecimiento relevante para el planeta.

Ivan Witker es autor de “The Southern Cone: Iran´s backdoor” en Ilan Berman y J. Humire Iran´s  strategic penetration of Latin America, Lexington Books, New York, 2014.

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