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Publicado el 12 abril, 2021

Ivan Witker: Las fronteras virológicas y la “nueva normalidad”

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

Las actuales dimensiones divisivas están reforzando el control soberano a niveles tan profundos que podrían sugerir incluso mayor dificultad que las físicas en ser asimiladas.

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa
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El Covid-19 está instalando el tema de un nuevo tipo de frontera, la cual podría denominarse virológica. Se trata de una línea demarcatoria con características tanto o más poderosas que las fronteras físicas. Y, dado que ya están presentes en nuestro imaginario diario, las fronteras virológicas parecen llamadas a ser parte de una nueva normalidad.

En efecto, mucho de esto se advierte en los elementos del proceso decisional de cada gobierno respecto a la pandemia. Se refuerzan de manera creciente los deslindes territoriales y se encapsulan al máximo las sociedades. Prácticamente en todo el mundo se han cerrado los puestos de control (check points), aislado asentamientos poblacionales enteros y establecido pasaportes sanitarios. La vigilancia genómica y la trazabilidad han surgido como los principales retos a abordar. En cada uno de ellos subyace la idea traccionadora de nuevas dimensiones divisivas.

Se trata de un proceso que avanza muy similar a la formación de las fronteras físicas de antaño, donde lo divisivo se presentó también de manera diversa y convergente. Es por eso -y no por mandato divino- que el instrumental conceptual del estudio de fronteras se configuró sobre la base de observaciones empíricas (características poblacionales y geográficas), y de experiencias vitales (guerras y tratados de paz).

La historia de las fronteras habla de un mundo muy poco piadoso. Las dimensiones confrontacionales han sido siempre de tal calibre, que en ellas recae finalmente la mano dibujadora de las líneas fronterizas. Basta una mirada para convencerse que, el grueso de ellas, responde a imposiciones brutales, o bien son heredadas de distanciamientos pretéritos entre unos y otros, o se encuentran en estado de disputa justamente por los elementos antagónicos que perviven en ellas. Sólo muy excepcionalmente son producto de acuerdos fraternos entre las partes o del diseño amistoso de un tercero.

Algo similar a lo que ocurre ahora. Las nuevas dimensiones divisivas están reforzando el control soberano a niveles tan profundos que podrían sugerir incluso mayor dificultad que las físicas en ser asimiladas. El filósofo checo Ernest Gellner -referente en los estudios de nacionalismos- se refiere en estos casos al establecimiento de sociedades segmentarias.

Mucho de esto trasuntan las fronteras virológicas. Se observa, por ejemplo, la insólita práctica de adjudicarle el nombre de las mutaciones del virus al lugar físico donde fueron detectadas. ¿No sería deseable una denominación más caracterizadora y menos peyorativa?

Se debe asumir entonces que, así como las fronteras terrestres delimitan espacios físicos, segregando el tránsito por medio de permisos de sobrevuelo, aterrizaje, navegación, atraque, o exigencia de pasaportes, visas, manifiestos de carga, las fronteras virológicas irán planteando requerimientos cada vez más rigurosos. Incluso los viajes -placenteros o laborales- podrían tornarse una actividad tan rígida como en tiempos de la Guerra Fría, cuando los movimientos humanos no eran masivos producto de las restricciones políticas. Es dable suponer cómo estas nuevas fronteras virológicas afectarán a los más jóvenes, quienes transformaron la movilidad internacional, por simple ocio o curiosidad, en un fuerte sello generacional.

De todas estas conjeturas se desprenden innumerables interrogantes, algunas inesperadas, otras eventualmente denigrantes. ¿Será compatible el tránsito fluido con países azotados por la epidemia a niveles descontrolados?, ¿qué hacer si personas razonablemente preocupadas por la inacción de sus gobiernos en materia epidemiológica en general comienzan a migrar?, ¿surgirá una industria epidemiológica a escala global y con fines turísticos, para quienes puedan solventarla?, ¿podrá un extranjero entrar a un país si está inoculado con una vacuna no autorizada por el país anfitrión?, ¿se segregará a aquellos que optan libremente por no vacunarse?, ¿se aceptará a quien haya sido inoculado con una vacuna carente de reconocimiento, como la cubana? (dicho sea de paso, aquel país no logra siquiera controlar un brote de sarna paralelo al Covid), ¿qué pasará con aquellos que acepten una vacuna de dudosa calidad, como la iraní?

En consecuencia, el 2021 se presenta sumamente complejo. Por un lado, resulta difícil aceptar que la nueva normalidad traiga consigo mayor severidad en los controles estatales. Por otro, la prolongación del carácter traumático de lo que se vive se hace cada vez más tortuosa. Los países no pueden vivir eternamente en estado de emergencia. Por último, la proliferación de las vacunas ha asumido una naturaleza geopolítica muy molesta para muchos, que preferirían ser magnánimos en esta hora tan negra.

El mundo se está adentrando a una etapa de mayor fragilidad y con evidentes signos distópicos. Por eso se observa una tendencia a rechazar a priori conceptos aparentemente detestables, como fronteras virológicas. Para muchos es intolerable clasificar a países en aquellos de primera y otros de segunda categoría.

Sin embargo, las zanjas de demarcación con comunidades indeseables han existido desde siempre, y los seres humanos se terminan acostumbrando a ellas. Ya lo fue con la construida en las afueras de lo que hoy es Túnez, luego que Escipión venciera a Aníbal (202 a.C.). Y ahora, en nuestro tiempo, parece obvio reconocer el dolor de lo que esto significa para los países democráticos, que habían descubierto en la idea de la apertura de fronteras un nuevo emblema. Eso era en definitiva el llamado Espacio Schengen. Un canto a la fraternidad humana.

Pese a ello, el concepto fronteras virológicas ancla en los intereses nacionales de los Estados y terminará siendo aceptado. Actuará como un vector tan fuerte como las fronteras tradicionales. Será una especie de game changer de la vida internacional.

Y, además, será aceptado por el peso de los hechos. El mundo nunca fue ni será homogéneo, como pretendió Thomas Friedman con su propuesta del mundo plano. Como todas las cosas de la vida, el manejo requiere de clasificaciones y jerarquizaciones. Para ello, la innovación conceptual es central. Esta necesidad operacional ya fue advertida por un demógrafo francés en 1952, quien hizo un monstruoso corte socioeconómico, al calor de la Guerra Fría. Alfred Sauvy clasificó al planeta entero en Primer, Segundo y Tercer Mundos, recibiendo miles de epítetos. Arbitrario, imperialista, colonialista, segregacionista, etc.

Finalmente se impuso el peso indubitable de la realidad. Los propios ubicados en la periferia, o sea en el Tercer Mundo, empezaron a emplear, y con la mayor naturalidad, este concepto tan abominable en su origen. Algo similar ocurrirá con las fronteras virológicas.

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