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Publicado el 27 de abril, 2020

Ivan Witker: Las diplomacias sanitarias de China y Taiwán

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

El coronavirus inoculó en esa difícil convivencia un disconfort mayor para Beijing. Gracias a sus evidentes logros tecnológicos, la isla ha afrontado la pandemia de buena manera. De paso, transformó la crisis en una gran oportunidad.

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa

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Muchas fábulas y cuentos hablan de duelos de un pigmeo con un gigante. En la política internacional esto es tema recurrente. Siempre ha habido un país que hace caso omiso de sus dimensiones y desafía a otro de mayor envergadura. ¿Orgullo? ¿Laboriosidad extrema? ¿Tentación al suicidio? ¿Pérdida del sentido de la realidad?

El caso de Taiwán frente a China continental es uno de los más estudiados. No en vano, las principales revistas de relaciones internacionales dedican frecuente atención a sus diversas facetas. Lo ha hecho Foreign Affairs estos últimos meses. Casi por regla, se concluye que ambos aceptan el stand-by. Es decir, dejar que el tiempo pase.

Imposibilitado de aniquilarla en sus orígenes a fines de los 40, Beijing siempre ha mantenido un ojo estrábico sobre la diminuta isla (de tamaño levemente más grande que La Araucanía). Sus razones son variadas y extrañas. Molestia por su cercanía con EE.UU. Indignación por su indocilidad respecto a la historia milenaria de Beijing. Desdén por el tamaño. E, incluso, una pizca de envidia, especialmente en los 80. Fueron los años cuando el comercio exterior taiwanés creció exponencialmente. En realidad, Mao y sus sucesores aceptaron co-evolucionar de manera odiosa con esta isla, que los navegantes portugueses bautizaron como Formosa. El gran Deng Xiaoping se refería a ella con uno de esos brumosos refranes chinos, “Unidad en la diversidad”.

Sin embargo, el coronavirus inoculó en esa difícil convivencia un disconfort mayor para Beijing. Gracias a sus evidentes logros tecnológicos, la isla ha afrontado la pandemia de buena manera. De paso, transformó la crisis en una gran oportunidad.

Con víctimas fatales de un solo dígito y con un número de infectados, comparativamente, muy reducido, los resultados de Taiwán no dejan de impresionar. Especialmente si se tienen en consideración los numerosos vuelos diarios de su capital Taipei hacia diversas ciudades de China continental. Entre ellas, Wuhan.

La transformación de una crisis en oportunidad fue impulsada por los taiwaneses al captar la lentitud con que la OMS reaccionaba ante el avance incontenible del virus. Fue un momento único. Y le advirtieron personalmente a su director general, Tadros Adhanom Ghebreyesus, en el último trimestre del año pasado, acerca de la naturaleza del Covid19 y de su origen en Wuhan. Además, le informaron de las medidas preventivas que estaban adoptando para poner a resguardo a sus 23 millones de habitantes. Le sugirieron declarar emergencia mundial. Sin embargo, el director general -un biólogo etíope que anteriormente fue canciller de su país- actuó como si fuera un buen alfil de Beijing. Hizo oídos sordos. Quizás vio en ellas una afrenta al imperio celestial.

Con el lema “Taiwán puede ayudar”, la isla asumió de lleno una singular diplomacia, asentada en lo que en relaciones internacionales se conoce como poder blando.

La rápida expansión del virus llevó a los taiwaneses a implementar una inédita diplomacia sanitaria. Taipei comenzó a enviar a muchos de los lugares más afectados mascarillas, guantes y equipo de protección para personal médico, tan esenciales hoy en día. Los destinatarios fueron la Unión Europea, EE.UU., Australia, Nueva Zelandia, así como sus escasos aliados diplomáticos. Con el lema “Taiwán puede ayudar”, la isla asumió de lleno una singular diplomacia, asentada en lo que en relaciones internacionales se conoce como poder blando. La reacción de Beijing no se hizo esperar y desplegó algo similar, poniendo énfasis en países muy afectados, como Italia y España. Se configuró así una suerte de carrera entre ambos por promover una diplomacia sanitaria.

Casi de forma simultánea, la litis entre Beijing y Taipei se trasladó a un ámbito donde tienen fuertes músculos, la alta tecnología. Taiwán ha desarrollado toda una estrategia para controlar, por ejemplo, el movimiento de pacientes en cuarentena a través del celular. Se trata de un verdadero “cerco electrónico”, creado por Chunghwa Telecom, aplicable tanto a zonas urbanas como rurales. Esta idea del “cerco electrónico” la están aplicando varios países europeos. Es una clara estrategia para transformar la crisis en una oportunidad.

Si esta tiene éxito, su situación de marginalidad diplomática podría estar llegando a su fin. Taiwán, a instancias de Beijing, fue excluido de todos los organismos de la ONU. Esa marginalidad partió en 1971, cuando la Asamblea General de la ONU optó por reconocer a China continental. Sin embargo, la realidad es que ambos países se encuentran enfrentados desde el triunfo maoísta en el continente en un ya lejano 1949. En aquel momento, el partido nacionalista Kuomintang se refugió en la isla. De inmediato recibió protección militar estadounidense a través de la Séptima Flota, que se instaló allí por órdenes expresas del Presidente Harry Truman. Más tarde, Eisenhower no sólo la mantuvo, sino que le advirtió a Mao sobre los costos que tendría una nueva aventura militar. Emergió entonces entre Taiwán y China continental una situación prolongadamente tensa, que Kissinger denomina coexistencia combativa. Huntington la designa paz fría.

El lado ígneo de esta incomodidad geopolítica se esfumó gracias a un acuerdo implícito de status quo entre los dos mandatarios, Xi Jingpin y Ma Ying-jeou, reunidos en Singapur (2015), bajo la fórmula “Una China, dos sistemas”. La misma que utilizó Deng para entenderse con Margaret Thatcher respecto a Hong Kong. Pero la llegada al poder de la presidenta Tsai en Taiwán produjo un vuelco histórico y volvió a tensionar el cuadro. Tsai busca viabilizar un proyecto identitario propio. Inesperadamente, ella y su Partido Demócrata Progresista se convirtieron en rival de Beijing, mientras que el Kuomintang sigue postulando una quimérica reunificación con el continente. La estrategia de Tsai trasladó la coexistencia combativa al ámbito multilateral. Abrupta centralidad ganó el poder blando. Covid-19 es el nuevo capítulo.

¿En qué puede desembocar esta disputa? La historia desde 1949 ha dado demasiados giros inesperados y mucho dependerá de sus líderes. Por eso cobra vigencia un viejo aforismo de Chou Enlai, “el timonel tiene que surcar las olas”. Y dado que esta renovada litis se instaló en el ámbito multilateral, probablemente América Latina, región donde ambas partes han luchado por aliados estos últimos años, no pueda permanecer ajena.

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