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Publicado el 7 diciembre, 2020

Ivan Witker: La mentalidad anticapitalista y el dólar americano, ese oscuro objeto del deseo

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

Es muy curioso, pero la economía cubana, pese a mantener intacta la verbosidad anticapitalista, sigue incapaz de mantenerse a flote sin esa lucha diaria por conseguir la moneda americana por la vía que sea. Algo similar ocurre en la bizarra revolución chavista de Venezuela; la misma que ahora amenaza a su gente que si no vota, no come.

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa
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La descripción alegórica, y algo mordaz, hecha por Luis Buñuel en su clásico cinematográfico sirve para ilustrar esa ambigua postura observada entre quienes dicen aborrecer el capitalismo, pero, desde las profundidades de su alma miran con avidez a casi todos sus íconos. En palabras de Buñuel podría decirse que el mayor objeto de deseo capitalista se llama dólar americano.

En efecto, un breve recorrido por la mentalidad anticapitalista de las últimas décadas invita a mirarla con un dejo de sorna. Su primer gran clímax (llamémosle global) fue aquella destemplada afirmación del líder soviético, Nikita Jruschov, en pleno despliegue de la Guerra Fría a fines de los 50, en orden a que la economía de su país sobrepasaría a la americana en 1980. “La industria y la moneda imperialistas serán en breve cosas del pasado”, aseguraba eufórico. Aquel exabrupto, junto a innumerables otros excesos (como sacarse un zapato en la ONU y golpear el podio con él), terminaron con su vida política, y las razones fueron más o menos obvias. Si el destino de la humanidad pasaba a depender del botón rojo nuclear, un mínimo de sensatez obligaba a aplacar este tipo de demonizaciones. El Kremlin así lo entendió y Jruschov fue reemplazado por Leonid Brezhnev.

Hombre claramente más alejado de las narrativas extremas, introdujo el concepto coexistencia pacífica, pues comprendía que no se podía arriesgar un conflicto de incalculables consecuencias con EE.UU. por simple verborrea ni menos por minucias. Por lo mismo, no se anduvo con remilgos para decirle a Salvador Allende que la URSS no tenía recursos ni interés en financiar nuevos experimentos revolucionarios en América Latina. Le bastaba con tener que subvencionar a Cuba. Y en cuanto al dólar, obviamente prefirió la coexistencia.

Al respecto, tomó una decisión muy poco conocida. Autorizó a aquellos gobiernos de su órbita, enfrentados a sociedades demasiado refractarias al comunismo, como la polaca, la checa, la eslovaca y la húngara, a abrir tiendas paralelas, donde se vendía en dólares y en otras monedas capitalistas. La RDA también se embarcó en esta iniciativa debido a su alto estándar de vida (comparativamente, desde luego), y abrió una cadena de tiendas llamadas intershop.

Por el contrario, Fidel Castro estaba seguro de librar una epopeya contra el capitalismo y todos sus íconos. Jamás admitió que la lucha contra el dólar era un simple capricho ideológico. Fue recién en los 90 con el derrumbe soviético, y ya sin otras opciones, cuando aceptó, a regañadientes, mirar hacia la moneda americana y despenalizó su tenencia. Ante la fría realidad que acosaba a su modelo, la divisa del enemigo pasó a ser su oscuro objeto de deseo. Desde entonces, y de manera ya generalizada, la isla entera vive una suerte de hambruna de dólares, pese a que, aún en 2014, Fidel Castro seguía lanzando invectivas anticapitalistas. En una de sus últimas columnas en Granma, afirma que el dólar va rumbo a convertirse en “papel mojado”. No alcanzó a ver su pronóstico.

Es muy curioso, pero la economía cubana, pese a mantener intacta la verbosidad anticapitalista, sigue incapaz de mantenerse a flote sin esa lucha diaria por conseguir la moneda americana por la vía que sea. Los gobernantes necesitan dólares para mantener con vida el modelo, mientras que los gobernados necesitan dólares para sobrevivir el día a día. Por lo mismo, no extraña que, hace pocos meses, el gobierno haya eliminado la retención del 10% de cada dólar ingresado a la isla. Incluso, ha estado abriendo una buena cantidad tiendas para proveer alimentos básicos, papel higiénico, electrodomésticos y hasta automóviles, usando dólares estadounidenses. Son las llamadas “Tiendas MLC” (Moneda Libremente Convertible).

Algo similar ocurre en la bizarra revolución chavista de Venezuela; la misma que ahora amenaza a su gente que si no vota, no come. Allí, la profunda crisis ha provocado una dolarización de facto. En su desesperación por obtener dólares, el régimen anunció su disposición a discutir con los cinco bancos privados que permanecen en el país, diversos mecanismos de transacciones, compensación y liquidación en dólares. Maduro cree que la crisis puede amainar facilitando la oferta de créditos en moneda americana.

Esta breve mirada a los sueños ideológicos por derribar al dólar invita a concluir algo que escapa al raciocinio común y corriente. Hay un misterio insondable en las ideas anticapitalistas del siglo 20, y de lo que llevamos del 21, producto de ese amor-odio simultáneo que despierta el dólar entre sus enemigos.

La verdad es que los esfuerzos por humillar a la emblemática moneda forma parte hasta el día de hoy de devaneos permanentes entre quienes aseguran oponerse al capitalismo, sin razones genuinas. Sin embargo, no sería descartable que tales esfuerzos incardinen con el conjunto de utopías impregnadoras de su acervo de ideas y propuestas. Entre ellas sobresale el determinismo histórico. Este les sugiere que el progresismo es una epifanía despojada de aquel emblema del capitalismo. Sin embargo, asoman dos paradojas.

La primera ocurre cuando los promotores del anticapitalismo llegan a posiciones de poder. Inician ahí una carrera contra el tiempo para asegurar la bienaventuranza personal mediante suculentos ahorros personales en esta divisa. Gran paradoja. Pese a la retórica, no se ha conocido caso de alguien preocupado por su futuro optando por ahorros o depósitos bancarios en dólares de Zimbabwe, en riales iraníes, en pesos cubanos o en bolívares.

La segunda ocurre con la tendencia (prácticamente sin excepciones) de todos aquellos regímenes, cuya legitimidad se basa en denostar al capitalismo, y abominar la hegemonía americana desde luego, a procurar dólares de aquella procedencia apenas caen en bancarrota. Otra gran paradoja, desde luego. Parece del todo evidente más de alguna incongruencia en ese andamiaje ideológico.

En medio de esta postura ambigua, que para el filósofo G. Zaid no es otra cosa que un intrínseco baile de máscaras, sobresale la pragmática opción tomada por el ecuatoriano Rafael Correa. Este puso en vigor una enigmática revolución ciudadana caracterizada por su inflamada retórica contra EE.UU. Curiosamente, mantuvo la dolarización impuesta en el 2000 por el presidente Jamil Mahuad, pese a la destitución de éste, acusado de neoliberal, justamente por esta medida. No cabría sino pensar en intermitentes conjuros de benefactores para iluminar a los presidentes que le sucedieron en el cargo (incluido Correa), pues la dolarización ha permitido mantener a raya al fantasma de la hiperinflación.

Lo concreto es que la imagen elaborada por Buñuel en aquella joya cinematográfica de 1977, aplica por completo a la teatralización y obsesiones anticapitalistas que vemos y escuchamos con tanta estridencia. Parece del todo constatable que la locuacidad contra el dólar no sólo es un ejercicio estéril, sino oculta un deseo difícil de confesar.

  1. Sergio Menares dice:

    La verdad es que muchos entienden por ´´Capitalismo´´ el sistema ´´liberal´´ de economia y de gobierno. Para nosotros, los Socialistas Democraticos el Capitalismo no es nada mas que la acumulación de dinero para ´´hacer cosas´´. Si es por el Gobierno exclusivamente, entonces lo llamamos Capitalismo de Estado.Si es privado o mixto, lo llamamos Capitalismo Privado o Mixto. Para nosotros es posible la coexistencia entre Capitalismo (liberalismo tolerado) y Democracia Social (Libertad).

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