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Publicado el 30 de marzo, 2020

Ivan Witker: La frivolización de un virus

Investigador ANEPE y docente de Escuela de Gobierno Universidad Central Iván Witker

Un trébol de cuatro hojas, abrazos del amor y un billete de 2 dólares… Las divagaciones de Andrés Manuel López Obrador en México y de la vicepresidenta nicaragüense Rosario Murillo sobre este virus son alucinantes.

Iván Witker Investigador ANEPE y docente de Escuela de Gobierno Universidad Central

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Aunque la pandemia del coronavirus ha instalado un incuestionable componente científico en la formulación de políticas públicas de prácticamente todos los países, ocurre algo inevitable. Que algunos adjudiquen al virus un carácter maligno. En esa línea, el mundillo populista latinoamericano ha hecho, de nuevo, un aporte extraordinario. Las divagaciones de Andrés Manuel López Obrador en México y de la vicepresidenta nicaragüense Rosario Murillo sobre este virus son alucinantes.

En efecto, ambos han tenido expresiones que suenan a rémoras de varios siglos atrás. Ello, porque para combatir la viruela, la peste bubónica, la malaria, el sarampión y otras pandemias que alteraron la historia, se recurría a lo único posible: plegarias y ruegos totémicos, imprecaciones al mal e invocaciones piadosas.

Lo de AMLO y Murillo es muy sorprendente para una época en que, pese a las pocas posibilidades de combatir con éxito a este letal virus, nadie duda que la ciencia ya conoce lo suficiente de su morfología como para ser optimistas. Por eso, no resulta aventurado estimar que primero ocurrirá el desarrollo de una vacuna, antes que se produzca un colapso civilizacional. Tal cual observa Jareed Diamond en “Armas, gérmenes y acero”, los virus pueden alterar, y gravemente, el curso de la historia, pero ya no generan cataclismos definitivos.

Es esa sensación de confianza en la ciencia la que provoca debates acerca del impacto financiero y geopolítico, así como en la industria agropecuaria, que tendrá este coronavirus. Incluso, los más entusiastas ya hablan de cómo serán las FF.AA. para afrontar las guerras del futuro: cibernéticas y bacteriológicas.

Quienes han llevado más lejos los debates post-coronavirus son Slavoj Zizek y Byung Chul-Han, al rebatirse mutuamente acerca de cuánto transformará esta pandemia al capitalismo (Byung Chul-Han) o qué tipo de nuevo socialismo emergerá (Zizek). En medio de todo esto, no podrían sino ser percibidos como fascinantes los extravíos de Rosario y Andrés Manuel.

Este último, por ejemplo, rechazó no sólo la idea de actuar preventivamente -sea siguiendo los instructivos de la OMS o de la comunidad científica mexicana-, sino que aseguró, sin el menor rubor, que poseía dos escudos protectores infalibles: un billete de dos dólares y un trébol de cuatro hojas. Para que no hubiese duda, sacó de su billetera estos adminículos y los mostró a la prensa en una de sus tediosas mañaneras. A la audiencia periodística se le veía incrédula, pero, curiosamente, nadie lo interrogó. No cabe duda que AMLO sigue dominando la escena en su país.

Sin embargo, sus divagaciones nos remiten indefectiblemente a lo que los griegos antiguos -según refiere Diógenes Laercio- llamaban colusanema. Señores que, provistos de cueros de burro, ejercían como “prohibidores de vientos” cuando éstos arrasaban las cosechas. Hay que admitirlo, el Peje, como le dicen sus amigos, es un colusanema de estos tiempos; un gran “prohibidor de vientos”.

Por parte, Rosario -“Chayo” para las amigas- convocó a lo que está de moda hoy, una movilización. Y la llamó “Marcha del Amor en tiempos del COVID 19”. La todopoderosa vicepresidenta asegura que el virus es un enviado de las fuerzas del mal y que debe ser combatido por una fuerza superior y benévola, el amor. Chayo fue aún más lejos. Alentó a escolares de diversas edades a recibir con flores y abrazos a los pasajeros de un crucero. A los empleados públicos les dio la orden de asistir. No debían perderse tan edificante manifestación.

Lo interesante fue su propia reacción. Con 68 años a cuestas, prefirió mirar la movilización a conveniente distancia. Sabido es que a ella, a diferencia del presidente mexicano, no le gustan para nada los denominados “baños de multitudes”. Ni siquiera confió en los cientos de figuras de origen religioso sincrético y de deidades indígenas, ni en los talismanes ni amuletos que, según numerosos reportajes sobre su persona, pueblan su casa y el palacio presidencial, cumpliendo un rol protector.

Los servicios médicos nicaragüenses informaron a los organismos internacionales que ven con alarma cómo Chayo dicta los protocolos sanitarios a ser utilizados en la emergencia. Sabido es que su visión esotérica permea todas las políticas públicas del país y que hay preocupación porque, hasta hace escasos días, Nicaragua era conocido como el país de “Aquí no pasa nada”, tal cual señaló al ser consultada sobre el control epidemiológico en preparación. Por añadidura, según datos de la Organización Panamericana de la Salud, en Nicaragua habría sólo 12 camas con equipamiento adecuado para esta pandemia.

Esta y otras frivolizaciones del coronavirus tienen explicaciones diversas. Por ejemplo, la elevada cantidad de clérigos y altos funcionarios iraníes infectados se debió a la tardanza en prohibir visitas al mausoleo de Fatima de Massumeh, que los chitas suelen besar. Además, el propio ayatollah Khamenei aseguró que este virus era diabólico y de origen estadounidense. Agregó que los chiitas lo vencerían. Por lo tanto, si allá la explicación responde a cierto delirio musulmán, en este lado del mundo se encasilla en las expresiones grotescas que a veces alcanza el populismo latinoamericano.

Por eso, cuando vemos en nuestro país una afortunada ausencia de “prohibidores de vientos”, no podemos sino poner en valor la reacción mancomunada y convergente observada entre la comunidad científica y el gobierno.

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