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Publicado el 30 noviembre, 2020

Ivan Witker: La extraña y resiliente amistad del MAS boliviano con los ayatollahs

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

Apenas el partido de Evo Morales volvió al gobierno, el spiritus movens resucitó.

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa
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Entre los invitados a la toma de posesión en Bolivia se divisó a un muy buen amigo del Movimiento al Socialismo (MAS), Yavad Zarif, canciller del régimen chiíta iraní. Los efusivos abrazos que le prodigaron dieron fe de una amistad, si bien exótica, indudablemente entrañable. Y es que cuando Evo Morales se alejó del gobierno el año pasado, su largo afecto por los ayatollahs pareció esfumarse. Todo hacía presagiar que aquel extraño cariño mutuo iba a ser recordado como uno de los tantos episodios bizarros que brotan como la maleza por el paisaje político latinoamericano. Pero no. Apenas el MAS volvió al gobierno, el spiritus movens resucitó.

No podría negarse que, por el lado que se le mire, se trata de un vínculo poco edificante. Y es que la mano iraní aparece por cuanto vericueto exista en la investigación sobre el brutal atentado terrorista contra la Mutual Israelita Argentina, AMIA, en Buenos Aires (18/07/1994). No deja de llamar la atención tanta amistad con aquellos clérigos, pese a que cinco bolivianos encontraron la muerte en la AMIA. Pero claro, como se trataba de simples albañiles de la institución, tal consideración suena a algo accesorio.

Pareciera entonces existir algo de mayor entidad, que une a Morales con estos lejanos ayatollahs. Una posible explicación radica en el viejo adagio, los enemigos de mis enemigos, son mis amigos. Un sentimiento antiimperialista -inocultable y profundamente compartido- podría ser la amalgama.

Ello se desprende, entre otros, de un episodio muy poco conocido, como fue el acuerdo de Morales con Nicolás Maduro y Raúl Castro para la creación de una Escuela Militar Antiimperialista en la localidad de Warnes, inaugurada en 2011, con la presencia algo discreta de Ahmad Vahidi, quien entonces oficiaba de Viceministro de Defensa iraní. Lo curioso del episodio es que Vahidi parecía ignorar que su nombre ya figuraba en los primeros hilos investigativos sobre la AMIA. Cuando algunos periodistas descubrieron su presencia, el militar iraní comprendió el peligro de ser detenido y extraditado. Abandonó presuroso el territorio boliviano.

Pensada para la formación conjunta de militares de los países del ALBA, siguiendo las doctrinas iraníes basadas en el enfrentamiento asimétrico y las guerras subsidiarias (o proxy), esta Escuela tuvo en sus inicios un funcionamiento poco estable. Aparentemente, razones logísticas impidieron una actividad más intensa. En 2016, volvió a ser inaugurada. Sin embargo, el gobierno de Jeanine Añez optó por cambiarle el nombre a “Héroes de Ñancahuazú” (en homenaje al comando que abatió la guerrilla del Che Guevara), y expulsar a los instructores. Además, devolvió las instalaciones al ejército boliviano. ¿Se volverá a re-inaugurar ahora que el MAS retornó al poder? Buena pregunta.

Este extraño vínculo bilateral partió en 2007, cuando el entonces Presidente iraní, M. Ahmedinejad visitó La Paz y los dos países abrieron relaciones diplomáticas. En 2008, Morales llegó a Teherán para formalizar ventas de uranio a la nación persa. En 2009, Ahmedinejad visitó la localidad de El Alto donde inauguró un hospital iraní. Al año siguiente, Morales visitó varias ciudades del país asiático para firmar decenas de acuerdos bilaterales en las más diversas áreas, incluyendo la Escuela Militar Antiimperialista. En 2012, el presidente iraní volvió a Bolivia, y al año siguiente, Morales le obsequió a una última visita oficial a Irán. A partir de entonces, asuntos domésticos y regionales consumieron las energías de los dos amigos.

A primera vista resulta admisible que un país con la milenaria historia persa, anclada en el imponente emperador Darío y dotada de fuerte magnetismo cultural especialmente entre sus vecinos, junto a sus más de 70 millones de habitantes, sienta impulsos naturales a expandir su presencia más allá de la proximidad de su hábitat. La gigantesca cantidad de reservas de petróleo y gas natural (segunda y tercera en el mundo, respectivamente) también explica un posicionamiento externo fuerte. Sin embargo, hay dos asuntos excesivamente extraños. Por un lado, ampliar los rangos de influencia tan lejos de sus espacios geopolíticos (Bolivia queda a más de 10 mil de kilómetros de distancia) y, por otro, la fuerte receptividad de quienes controlaban el MAS en aquellos años.

En efecto, resulta casi inexplicable que a Morales y su entorno no le sea inhibitoria la consideración obvia que el Irán de los ayatollahs hizo su ingreso al sistema internacional violando un derecho tan básico del respeto entre los Estados, como es aquel de la inmunidad diplomática. Ello ocurrió al tomar como rehenes a los miembros de la embajada de EE.UU. en Teherán en 1979. Desde ahí en adelante, su política de seguridad ha seguido atentando contra una buena cantidad de lineamientos multilaterales -todos de vasto consenso- como es la prohibición de enriquecer uranio a niveles tan altos que sólo sean necesarios para producir bombas nucleares. Ello sin contar las continuas violaciones a los derechos de las mujeres, como ha denunciado hasta el cansancio la abogada Shirin Ebadi, premio Nobel de la Paz 2003 (quien debió salir al exilio en 2009).

Esto último da pie a suponer que la explicación va por el lado de los intereses estratégicos. Primero, el retorno del MAS a las estructuras de poder les permitirá a Venezuela, Cuba e Irán triangular de manera más expedita (y segura) el inusual intercambio de materias primas. En los últimos cuatro años, la situación económica de Cuba y Venezuela se ha deteriorado a niveles inimaginables y el régimen de los ayatollahs ha aparecido en el horizonte como un buen gestor de emergencias, en diversas materias. Segundo, hay interés iraní en retomar la cooperación en asuntos de seguridad y defensa, interrumpido por Jeanine Añez. En un contexto de tantas precariedades, pero con fuerte respaldo en minerales, y con enemigos comunes, una Bolivia gobernada por el MAS es vista como un buen socio.

Quizás por lo mismo no debiera sorprender el nombramiento de Morteza Tafreshi, como nuevo embajador en La Paz. Es un viejo conocido de la región, ya que sirvió de embajador ante Uruguay y Paraguay hace pocos años. La suspicacia lleva a recordar que, de cuando en cuando, se hacen conocidos algunos detalles de la dilatada presencia de Hizbollah en Paraguay.

Debe subrayarse, además, que se trata de una amistad cimentada en años de apoyos a sus respectivas causas; demanda marítima y programa de enriquecimiento nuclear. Y un detalle olvidado, que va más allá de lo comercial, es la venta de sofisticados drones iraníes a Bolivia, acordada con Morales sin llegar a materializarla. Habrá que ver si Arce mantiene en juego la carta iraní.

Dado que el MAS y los ayatollahs no son átomos aislados del sistema internacional, difícilmente se pueda permanecer neutral ante los bríos iraníes por mantener esta extraña amistad cultivada por Morales. Y en un espectro más amplio, para cualquier política exterior interesada en promover valores democráticos, y diga creer en un régimen internacional basado en reglas (o pida una gotícula de respeto al multilateralismo), aquella amistad no puede sino ser considerada algo tóxica. ¿O alguien creerá que los drones serán usados para observar desde las alturas las áreas sagradas del territorio? ¿Habrá alguien en condiciones de describir (no digamos, comprender) este segundo aire de la relación?

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