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Publicado el 11 de mayo, 2020

Ivan Witker: La abrupta soledad de Alberto Fernández y Jair Bolsonaro

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

¿Cómo es posible que estos dos mandatarios, aparentemente en las antípodas, padezcan de similar orfandad política?

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa

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La literatura latinoamericana entrega pródigos ejemplos de personajes que tras alcanzar la cúspide se ven sumidos en la soledad. García Márquez ficcionó sobre estirpes condenadas que, tras encarnar mitos, anécdotas, sueños y voluntades, son golpeadas por aquella extraña sensación de desamparo. En la política latinoamericana eso se manifiesta en una corrosiva duda de no saber si los leales lo siguen siendo y si la popularidad se ha evaporado o se mantiene.

Ejemplos hay muchos y recientes. Sin embargo, Alberto Fernández y Jair Bolsonaro parecen aquellos que se han extraviado de forma extraordinariamente prematura en aquel laberinto. También parecen ser los que con mayor dificultad podrían retomar la senda perdida. Y es que ambos han tenido un desempeño muy inferior a las exigencias. Parafraseando a Octavio Paz, han arribado a la condición de la soledad. Al menos en parte.

Cabe preguntarse, ¿cómo es posible que estos dos mandatarios, aparentemente en las antípodas, padezcan de similar orfandad política? Preliminarmente, las respuestas son tres.

Primero, carencia de capital político propio. Pese a la larga trayectoria -uno en el legislativo, el otro en el ejecutivo- ninguno de los dos vivió el esplendor electoral gracias a una red propia de sustentación. Tampoco fueron machos alfa de alguna manada de caciques y caciquillos. Más bien son llaneros solitarios. Llegaron al poder por factores cuasi fortuitos, en los cuales su figura y rasgos personales, resultaron de interés para las fuerzas realmente en pugna. Fueron éstas las que crearon un relato y los convirtieron en alternativa electoral.

Segundo, ausencia de un proyecto político propio. Bolsonaro y Fernández nunca bregaron por llegar a la Presidencia. Ambos exhiben una trayectoria política fugaz y periférica. Bolsonaro tuvo una vida parlamentaria más bien marginal e itinerante. Fernández, en tanto, militó en la UCR y luego llegó a ambientes del poder de la mano de Menem, para crear enseguida un efímero grupo con Domingo Cavallo. De ahí saltó al primer círculo de Néstor Kirchner. Tras su deceso, formó un brevísimo Partido del Trabajo y Equidad, para retornar a la periferia del peronismo, donde lo recogió la viuda de Néstor. Fue ella la que divisó en su aspecto bonachón y cándido, una arma extraordinaria para derrotar a Macri.

Tercero, fracaso para articular fuerzas una vez alcanzado el poder. Ambos han buscado en vano generar espacios propios. Las patéticas imágenes de un Fernández regañado por Cristina en el lobby del congreso, junto al impedimento de asistir a la toma de posesión del Lacalle Pou, y los continuos momentos en que ella le recuerda los límites, dejan en claro que el albertismo no es sino un espejismo. A su vez, a Bolsonaro se le ve algo impotente frente al avance del coronavirus. Su frase «¿qué quieren que haga?» bordeó el dramatismo. Por último, su intento de desplazar el eje de gobierno hacia un bolsonarismo puro se ve muy cuesta arriba.

¿Qué importancia puede tener la abrupta soledad de estos presidentes? Varias.

En Brasil puede sobrevenir un sismo mayor. La crisis ha instalado sobre la mesa el pacto de gobernabilidad vigente -ese consenso anti-PT (o anticorrupción, si se quiere)- al que concurren voluntades evangélicas, las redes del vicepresidente Hamilton Mourao (que no son sólo las FFAA) y el tejido de los exministros Moro y Mendetta. A eso debe añadirse que 20 de los 27 gobernadores, incluido Joao Doria, del poderoso estado de Sao Paulo, no sólo critican la conducción presidencial frente a Covid-19, sino que miran con crecientes simpatías al pragmático Mourao. No debe olvidarse que Brasil es un país acostumbrado a que el vicepresidente termine reemplazando al Jefe de Estado y que ha vivido momentos presidenciales bastante extraños. La renuncia de Janio Quadros mediante una carta o el suicidio de Getulio Vargas, son claros ejemplos.

En el caso argentino se observa la concurrencia de varios factores que también pueden acabar con el pacto de gobernabilidad a partir de la evanescencia de la figura presidencial. Sabido es que este pacto lo forman el cristinismo (cuyos ejes son muy difusos), la precaria red de Axel Kicillof en la provincia de Buenos Aires y la Cámpora, compuesta por el heterogéneo espacio parlamentario en torno a Máximo Kirchner, más esa maraña de sindicatos y piqueteros K, donde el Frente Darío Santillán, la Corriente Clasista, el Vatayón Militante, la Cooperativa de los Kbrones y la Confederación de Trabajadores de Economía Popular llevan la batuta.

El albertismo, que jugó a ser la carta civilizada de aquello, no alcanzó siquiera a levantar vuelo. Su desdibujamiento partió con ese tironeado viaje presidencial a España y Portugal del año pasado que no sólo tuvo pobres resultados, sino que reveló un amateurismo impensado, generando fuerte impasse con el gobierno francés. Luego, su insignificancia se ahondó tras un bizarro encuentro que sostuvo el 23 de abril con un variopinto grupo de fósiles, nigromantes y hechiceros, procedentes de varios países (varios de aquellos asistentes pertenecen a estirpes condenadas por Odebrecht, diría García Márquez). Como era de esperar, y como si fuesen seres de luz, los asistentes se dedicaron a diversas disquisiciones metafísicas. Concluyeron que debían dar consejos sobre cómo atizar más el fuego populista en la región.

Tras esto, y ante el espanto del canciller Felipe Solá, sectores albertistas dieron luz verde a un descabellado Argexit del Mercosur. Hay razones de sobra para sospechar que una idea tan delirante, como es que Argentina abandone el tratado, se haya incubado aquel infausto 23 abril. Solá ya captó que la figura de Fernández ha empezado a difuminarse. Y cree haber encontrado los motivos. Aceptar interferencias exógenas, unido a un candor inadmisible en un jefe de Estado. Ha hablado de elementos tránsfugas que deambulan en las cercanías del Presidente con propósitos indefinidos.

En síntesis, dos presidentes en un laberinto similar y con tendencias a los extravíos. Dos regímenes presidencialistas asolados por un evidente déficit democrático. Es América Latina; este levantisco extremo occidente que hablaban Alain Rouquié y Octavio Paz.

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