Desde hace ya varios años se observa en algunos círculos políticos y medios de comunicación latinoamericanos un intermitente halo de preocupación por un tema tan exótico como extraño: la presencia de Irán en la región. Hace pocas semanas, esta inquietud se agudizó con la asistencia de una delegación iraní de alto nivel a la quinta asunción del dictadorcillo que gobierna Nicaragua.

El grupo lo dirigía nada menos que Mohsen Razai, vicepresidente para asuntos económicos de Irán. Un cargo, desde luego, inocuo. Sin embargo, Razai ejercía como comandante de los Guardias de la Revolución iraníes cuando un bombazo hizo trizas la sede de la mutual judío-argentina, AMIA, ubicada en la céntrica avenida Pasteur de Buenos Aires, dejando más de 80 muertos. Y las cosas se complican, cuando se miran los resultados de variados hilos investigativos. Ahí aparecen Razai y otros cuatro encumbrados iraníes; todos, muy entusiastas latinoamericanistas. Sobre todo aquel grupo penden sendas órdenes de captura internacional.

Nadie duda a estas alturas que aquel atentado marcó un hito en las actividades terroristas internacionales. No sólo por sus dimensiones, sino por esa extraña imposibilidad de esclarecer las circunstancias que lo motivaron y los detalles de su ejecución. Salvo esas llamativas coincidencias de que aquellos cinco iraníes aparecen en momentos claves del mismo.

El chocante “suicidio” de un fiscal argentino (en su propio departamento), en enero de 2018, mientras investigaba una de las laberínticas vetas, añadió más morbo a este asunto. Y como si todo esto fuera poco, dos años antes de la AMIA, otro macabro y misterioso atentado había volado la embajada de Israel en la capital argentina. Como ese atentado también permanece huérfano de autores, no parece desorbitada la idea de que tengan alguna conexión.

Esta secuencia de espeluznantes hechos invita a preguntarse una vez más sobre la presencia iraní en la región. Por ejemplo, ¿cuáles habrán sido los tópicos tratados por Rezai con los tiranuelos invitados por Ortega en esta ocasión? La amplia cobertura dada por el Tehran Times, el principal medio de comunicación iraní en inglés, al viaje de Rezai, entrega algunas luces. Reitera la cercanía geográfica de Nicaragua con EEUU y el “profundo respeto” que tendría Ortega por el extinto jefe militar iraní, Qassem Soleimani.

¿Qué hizo Rezai en los cuatro días posteriores a su llegada a Managua, aparte de haber firmado un acuerdo sobre patrimonio cultural, artes, ciencias y cinematografía? ¿Qué interés tendrán los persas en un hemisferio distante no sólo en lo geográfico?, ¿qué podrían tener en común un grupo de fanáticos chiítas con un país pequeño, remoto y de profunda raigambre católica?, ¿qué puede mover a un dirigente como Rezai a atravesar medio planeta exponiéndose a ser arrestado en cualquier escala técnica para llegar a Managua?

Dada la imposibilidad de respuestas certeras, parece del todo sugerente que cualquier gobierno debería mantener al menos un ojo estrábico sobre las actividades de los iraníes en América Latina. Por de pronto, la administración Biden criticó la visita de Rezai y ya la puso en la agenda de la próxima cumbre hemisférica en Los Angeles. Aún más. La molestia fue tan fuerte, que la consignó en la declaración final de la reciente visita del canciller argentino Santiago Cafiero, cuyo objetivo era conseguir apoyo estadounidense para un crédito del FMI.

Sabido es, además, que Washington no olvida el viaje de otro iraní mencionado en las investigaciones judiciales argentinas y que hoy ejerce como ministro del Interior de Irán, Ahmed Vahidi. Él no tuvo mejor idea hace algunos años que manifestar su simpatía por los latinoamericanos visitando instalaciones militares en Bolivia y Venezuela. En esa oportunidad, apenas los medios argentinos descubrieron su presencia en la ciudad de Santa Cruz, pidieron a la Casa Rosada agilizar su extradición. Nuevamente, enigmáticas dilaciones, con la consiguiente molestia de Washington.

La verdad es que los ayatollahs iraníes están empeñados desde tiempo en transformar a su país en un actor global. Para eso crearon la Guardia Revolucionaria, Pasdaran, y luego una brigada de operaciones especiales para el extranjero, Al Quds, con unos 15 mil comandos. También han creado varios grupos trasnacionales, como Hizbollah, Yihad o Amal, con finalidades específicas. Justamente, el eliminado Soleimani organizó y coordinó una compleja estructura externa para ejecutar sangrientas guerras proxy e híbridas contra enemigos reales e imaginarios.

De tal suerte que estos viajes intempestivos de connotados dirigentes iraníes plantean la premisa de que la región entera se empiece a envolver en temas globales de manera irreversible. Irán se ha convertido en un aliado ruso y en un muy buen socio de Pekín a escala global. En tal contexto, adquiere mucha fuerza aquello que pudiéramos denominar doctrina Ryabkov, por el vicecanciller ruso, quien anunció sin rodeos hace algunos días la posibilidad de un despliegue masivo de tropas acá en la región. Incluso, hay versiones que ya están instalando una base en el fuerte Paramacay, en el estado de Carabobo.

Las reminiscencias de la crisis de los misiles son inevitables, aunque con dos añadidos. Por un lado, Nicaragua y Venezuela no son islas y mantienen explosivos diferendos con Colombia, un aliado estrecho de EEUU, y, por otro, la tensa situación venezolano-guyanesa. Se suele olvidar que este último tiene un acuerdo militar con el Reino Unido y será en breve potencia petrolera mundial.

Históricamente, las relaciones de América Latina con Irán fueron casi inexistentes. El imperio persa mantuvo vínculos diplomáticos con pocos países. Con Argentina (1902), Brasil y Uruguay (1903), México (1937), y con Venezuela (1947). Con el Presidente de esta última, Carlos Andrés Pérez (CAP), tomaron contactos por temas del petróleo y hubo visitas mutuas. El sha visitó Caracas en 1975, y CAP Teherán en 1977.

Entre 1986 y 1991, Argentina e Irán desarrollaron cooperación nuclear civil, bajo control de la Agencia Internacional de Energía Atómica, la cual finalizó por el proyecto misilístico entre Argentina, Egipto e Iraq (Cóndor II) y la por guerra entre Irán e Iraq, donde surgió el alineamiento político-militar de Argentina con Estados Unidos y la consiguiente participación argentina en la primera Guerra del Golfo. Luego vino un verdadero romance entre regímenes populistas de izquierda y el gobierno de Ahmedineyad. Este se desplazó varias veces a América Latina entre 2006 y 2010; de nuevo en 2012 y 2013. Sus destinos reiterados fueron Venezuela, Bolivia, Brasil, Cuba, Ecuador y Nicaragua. Los presidentes de estos países devolvieron las visitas. Chávez estuvo seis veces en Teherán, Evo Morales en dos ocasiones, y Rafael Correa, Lula y Daniel Ortega en una oportunidad.

Paralelamente, los iraníes han abierto 11 embajadas en la región; todas muy activas. También se dan la fatigosa tarea de encontrar despistados para convertirlos al chiísmo y prepararlos para su guerra santa. La perspectiva de 31 huríes esperando en el más allá es un gran aliciente para los curiosos en estas materias.

¿Qué hace un país marginal y empobrecido como Nicaragua en este maremágnum de conflictos? Un auténtico misterio.

Ivan Witker es coautor de Iran´s strategic penetration of Latin America, Lexington Books, New York, 2014.

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