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Publicado el 19 octubre, 2020

Ivan Witker: Havel, 80 años del gran vencedor de la guerra fría cultural

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

Quien fuera el último presidente de Checoslovauia, y primero de la República Checa, captó tempranamente la necesidad de ganar la hegemonía en el ámbito de las ideas. Gracias a esta excepcional faceta, los disidentes checos ganaron la guerra cultural a lo menos 10 años antes del derrumbe del régimen.

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa
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Las naciones, en general, suelen producir pocos personajes sobresalientes de vuelo mundial. Sin embargo, los checos constituyen una muy notable excepción, pese a su exiguo tamaño. Tienen un infrecuente número de grandes, aunque con la particularidad de permanecer en áreas muy acotadas. Jan Hus, el reformador previo a Lutero, fundó una iglesia (la husita) escasamente conocida en el extranjero. Franz Kafka, pese a dominar completamente el checo, escribió en alemán y su vida se circunscribió a las comunidades judías de Praga. Bedrich Smetana y Antonín Dvorák rara vez traspasaron el ámbito de la música clásica. Panenka fue un futbolista muy famoso, aunque únicamente por la manera peculiar de lanzar penales. Milan Kundera, hastiado con el comunismo, se fue a París y no compartió sus éxitos con sus coterráneos. Milos Forman se marchó a Hollywood y regresó sólo por períodos cortos. Tomás Bata fundó en la ciudad de Zlin la ubicua trasnacional del calzado que lleva su apellido, pero casi todos creen que es canadiense, su lugar de exilio. El único checo verdadera y reconocidamente universal es Václav Havel.

Por estos días, el intelectual-presidente habría celebrado 84 años de edad. Un cáncer al pulmón le fulminó la vida prematuramente en 1996. El culpable fue el tabaco, quizás su mejor amigo desde la temprana juventud. Elogiado y admirado por muchos –un gran europeo (Angela Merkel), gran amigo de EE.UU. (Bill Clinton), el intelectual más brillante de nuestro tiempo (Timothy Garton Ash)-, Havel es un personaje muy difícil encasillar. Aún más, este hijo de un empresario cinematográfico y uno de los símbolos de la debacle del comunismo, fue un enigma en muchos sentidos. Havel fue dramaturgo, pero nunca destacó por la brillantez de su prosa. Havel fue un hombre de Estado, pero no pudo impedir la ruptura entre checos y eslovacos. Havel fue un notable político, pero el partido que creó (Foro Cívico) no sobrevivió mucho tiempo y hoy nadie se yergue tras su legado.

¿Qué hizo mundialmente famoso a este notable personaje?

Numerosos son los argumentos para sostener la hipótesis de un político muy singular, dispuesto a asumir incalculables riesgos en pos de sus convicciones, con habilidades blandas fuera de lo común y una nítida disposición a conciliar con todos menos con el régimen.

Havel fue singular, sin ser especialmente carismático. Lo más llamativo fue su comprensión de las grandes gestas políticas como parte indivisible de la vida cultural de las naciones. Eso lo motivó tanto a cultivar relaciones con muchos artistas de Occidente como Frank Zappa, Mick Jagger, Paul MacCartney o Lou Reed, como a fomentar lo alternativo, mediante la popularización del jazz, el teatro y la promoción de un grupo rockero contestario al régimen, The Plastic People of the Universe. Utilizando lenguaje gramsciano, captó tempranamente la necesidad de ganar la hegemonía cultural. Gracias a esta excepcional faceta de Havel, los disidentes checos ganaron la guerra cultural a lo menos 10 años antes del derrumbe del régimen. 

Havel estuvo siempre dispuesto a asumir riesgos en pos de sus convicciones. Siendo un joven de apenas 30 años, quedó marcado a fuego por la invasión soviética de 1968, que puso fin al experimento conocido como socialismo con rostro humano, encabezado por Alexander Dubcek y el ministro de Economía Ota Sik. Ese hecho lo llevó a concluir que las ideas de Marx y Lenin estaban definitivamente equivocadas y eran inaplicables en un país con tradición democrática. Motivado por la presencia masiva de tanques y aviones soviéticos, promovió junto al filósofo Jan Patocka, una profunda discusión sobre el destino de la nación checa (inserta en la realidad de la Guerra Fría), dando vida a la Carta 77. En el seno de aquella, nació el movimiento disidente. Siendo Presidente, su disposición a asumir incalculables riesgos en pos de convicciones, lo llevó a impulsar una política exterior autónoma, basada en principios, sin importar el tamaño del país. Ejemplo de aquello fue su viaje a Taiwán y su amistad con el Dalai Lama, pese a la indignación y presión de Pekín.

Havel fue original en sus planteamientos políticos, y aunque por su texto de memorias -“Sea breve, por favor”- ha llegado a ser comparado con Tocqueville, difícilmente pueda hablarse de una doctrina Havel. Sus escritos presentan más bien ideas difusas a favor de una democracia extendida y responsablemente ciudadana (“El poder de los sin poder”). Por eso, muchos liberales lo admiran. Otros creen divisar en sus palabras un compromiso con el medioambiente. En términos geopolíticos, su gran aporte fue haber llevado a su país a la Unión Europea y a la OTAN.

Havel fue extraordinariamente hábil en el manejo de relaciones humanas, tanto en el plano personal como político. Ello se reflejó en su influencia en aquel arco tan contradictorio como fue el movimiento disidente. En noviembre de 1989, al producirse el colapso del régimen, fueron sus habilidades blandas las que pudieron aunar a las numerosas fuerzas en pugna y avanzar en la revolución de terciopelo. En esas dramáticas horas, hubo roces que pudieron descarrilar todo el proceso. Más tarde, pese a su distanciamiento con Václav Klaus, un ultrapragmático neoliberal (contrario a la tesis de la emergencia climática) que lo reemplazó en el palacio de gobierno en Praga, jamás socavó la convivencia civilizada.

En el plano personal, Havel fue una persona meditabunda, con costumbres curiosas. Por ejemplo, detestaba volar. Su fobia a los aviones generó un debate no menor tras su muerte, al tomarse la decisión de ponerle su nombre al aeropuerto internacional de la capital checa. Luego, un episodio que retrata sus características personales, ocurrió a los pocos meses de fallecer su primera esposa y compañera de toda la vida, Olga (dos años mayor que él). Havel procedió a contraer nupcias con Dagmar Veskrnová, una bella y conocida actriz local (18 años menor). Fue una decisión muy sorpresiva para su vasta red de afectos. Todos daban por sentado que optaría por una larga viudez. No sólo por el cáncer de su esposa y por el brillo propio de Olga como disidente, sino porque una de las principales obras de Havel es justamente “Cartas a Olga”. Son las misivas que le escribió cuando estuvo en prisión y que ella trasladaba clandestinamente (y conservó), a riesgo de caer en la cárcel.

La poliédrica biografía política y personal de Havel habla más bien de un eterno disidente. Fue un político raro, que transmitía bondad, genuinamente preocupado por la nobleza del espíritu y muy centrado en el destino de las naciones pequeñas.

Chile siempre le llamó la atención, aunque no por razones políticas. Acorde a sus intereses culturales, soñaba con ir a Rapanui. Visitó el país en los 90, incluida la isla, pero se fue con cierto desagrado. El pisco sour y algún molusco en mal estado durante el banquete en La Moneda le jugaron una mala pasada. Preferible la cerveza checa, dijo con sorna.

Fue el noveno y último presidente de Checoslovaquia (1989-1992) y el primer presidente de República Checa (1993-2003). Recibió el doctorado honoris causa de 52 universidades (Harvard, entre otras) y más de 30 distinciones, como el Premio Gandhi a la Paz, la Medalla Liberty de Filadelfia, la Orden de Canadá, el Premio Cuatro Libertades, la Estrella Brillante de Taiwán, el Premio Embajador de la Conciencia y el Premio de Ciudadanía Hanno R. Ellenbogen. En cada uno de aquellos tributos, se destacó tal o cual aspecto de su vida. Sin embargo, hubo -y existe- un consenso total en que Havel fue el gran vencedor de la Guerra Fría de las ideas.

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