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Publicado el 20 de octubre, 2019

Ivan Witker: ¿Guerra Fría en Latinoamérica?

Investigador ANEPE y docente de Escuela de Gobierno Universidad Central Iván Witker

Los aires refundacionales y la permanente inestabilidad actúan como curioso antídoto. Para producirse algo análogo a lo que detectaron Bernard Baruch o el notable Winston Churchill a mediados de los 40 cuando partió la Guerra Fría, se necesitan condiciones estructurales mínimas. Diques y muros, proyectos de largo aliento en unos y otros. Nada de eso se aviene con las mentalidades regionales.

Iván Witker Investigador ANEPE y docente de Escuela de Gobierno Universidad Central
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América Latina estaría ad portas de sumirse en una especie de Guerra Fría regional. Es lo que sostiene con bastante agudeza el académico argentino-estadounidense Héctor Schamis. El intento de desestabilización en Ecuador, la enésima crisis económica cubana irradiando al resto del continente, ese volcán venezolano lanzando lava a sus propios habitantes, el avispero nicaragüense y muchos otros chispazos, dan sustento a tal hipótesis. Sin embargo, cuesta una enormidad admitir que tal posibilidad vaya a ocurrir. Se da una cierta platonicidad latinoamericana que invita a ser refractario a tan dramático augurio y nos incita a pensar que la idiosincrasia evitará escenarios catastróficos. ¿Existen de verdad elementos preocupantes?

Nicholas Taleb introdujo hace algunos años la noción cisne negro, basado en la idea que todos los cisnes existentes en el mundo eran blancos. Discute el impacto que se produjo en 1697, cuando se descubrió que la naturaleza también proporcionaba otros, de color negro. Fue en la lejana Australia, y así cambió el paradigma ornitológico. Taleb recurre a esa figura para argumentar que existen sucesos de escasa probabilidad de ocurrencia, pero con alto impacto. ¿Es la guerra fría latinoamericana un cisne negro? Un saludable ejercicio es evitar encorsetarse para manejar con idoneidad todo el espectro de alternativas. Veamos algunos argumentos a favor de la postura de Schamis.

En primer lugar, el contexto global invita al pesimismo y a aceptar la idea que la disputa chino-estadounidense ya tiene trazos de una nueva Guerra Fría, esta vez en el campo de la tecnología sofisticada, involucrando a todo el planeta. No hay razones para que América Latina sea una zona neutral. Quizás algunos países latinoamericanos reúnan condiciones y busquen ser la Suiza o Austria de esta nueva confrontación global, pero la región entera ya está inmersa.

Luego, encontramos diversos focos regionales a favor de un nebuloso e inconsistente relato por los desamparados de la región. Cada uno de ellos puede “incendiar la pradera”, como dice el aforismo de Mao. La crisis ocurrida en Ecuador es muy instructiva. Pareciera haber servido de test en el afán de derrocar a una democracia a la vieja usanza latinoamericana con masas descontroladas, exigiendo soluciones rápidas. Una especie de nuevo “foco insurreccional” (rememorando los años 60 y 70), pero ya no con el proletariado, sino con indígenas. El intento fue sofocado por esa imagen presidencial rodeada de los comandantes en jefe, más una cierta habilidad negociadora, que descomprimió el ambiente. Sin embargo, la consolidación de su autoridad será proporcional a su decisión de acabar con el rival, pues como dice el viejo adagio, dos escorpiones no caben en una misma botella. Menos aún en América Latina.

Aparte de esto se observa un sinfín de procesos políticos degenerativos, que le habrían servido fantásticamente a Maquiavelo para ilustrar su concepto anaciclosis, que trabajó en su obra póstuma “Discursos”. Uno lo representa el fosilizado matrimonio Ortega/Murillo en Nicaragua, cuyos niveles de despotismo provocarían la envidia de los Somoza. Otro es Bolivia, donde la reelección de Evo, en las condiciones que se den, no impedirá que su régimen ingrese a una fase terminal, donde las calles y caminos recuperarán su histórica preponderancia. El caso más notable de anaciclosis regional lo veremos probablemente en Argentina, si se produce la victoria K, que pondrá al país en una órbita oscilante entre hoyos negros y un sol asiático pronto a ser innombrable en esta región. Y desde luego que la evolución cubano-venezolana (cuyos destinos parecen irremediablemente unidos) puede en efecto desatar una tendencia nueva.

¿Constituye todo esto –o algunos de los casos señalados- un cisne negro? La endémica propensión latinoamericana a los cambios bruscos sirve en este caso de contra-argumento a la hipótesis de Héctor Schamis. No toma en cuenta que los países latinoamericanos cada cierto tiempo toman rumbos en sentido opuesto al que traían o bien se deslizan hacia zonas peligrosamente desconocidas. La verdad es que los aires refundacionales y la permanente inestabilidad actúan como curioso antídoto a una posible Guerra Fría regional. Para producirse algo análogo a lo que detectaron B. Baruch o el notable W. Churchill a mediados de los 40 cuando partió la Guerra Fría, se necesitan condiciones estructurales mínimas. Diques y muros, proyectos de largo aliento en unos y otros. Nada de eso se aviene con las mentalidades regionales.

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