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Publicado el 24 de febrero, 2020

Ivan Witker: Fernández/Bolsonaro: ¿grieta o puente?, ¿socios o rivales?

Investigador ANEPE y docente de Escuela de Gobierno Universidad Central Iván Witker

La transmisión del mando en Uruguay será el primer test sobre una incierta nueva etapa de las relaciones brasileño-argentina. Etapa que todavía muestra la posibilidad de grietas tan hondas como las históricas. Los Albertistas saben que el drama económico argentino, más ciertas aspiraciones internacionales que se han forjado, obligan a entenderse con el gobierno brasileño. Sin embargo, la resistencia K no cede y ha hecho de la repulsa a Bolsonaro su nuevo caballito de batalla (…). En este contexto surge la pregunta, ¿qué tanto necesita Brasil a Argentina?. Por lo que se ve, las cosas son exactamente a la inversa. Después de tantos vaivenes históricos, es Argentina la que necesita a Brasil.

Iván Witker Investigador ANEPE y docente de Escuela de Gobierno Universidad Central

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La relación argentino-brasileña es motivo de acalorados debates prácticamente desde inicios del siglo 20 hasta hoy. Antaño se veían mutuamente como rivales diplomáticos y militares (incluida carrera por tecnología nuclear). Luego hubo visiones bilaterales más amistosas, como la del canciller-intelectual brasileño, Celso Lafer, quien creía en un “destino ineludible”, o la de Carlos Escudé, autor de la idea de una “alianza estratégica” de tipo periférico, capaz de ponerle límites al accionar estadounidense.

Últimamente, los K y Lula compartieron el criterio de una utopía tercermundista. Fueron largos ires y venires, hasta que llegó Bolsonaro e impuso la cuestión del alineamiento en materia de apertura comercial como condición para establecer puentes.

Hoy en día, pasada la furia anti-Bolsonaro en Argentina, e instalada una nueva administración peronista en la Casa Rosada, Buenos Aires trata de encontrar un punto de afinamiento bilateral. Para algunos, un esfuerzo titánico. Para otros, algo inviable.

El obstáculo central es la litis doméstica argentina. Los Albertistas, en su mayoría pragmáticos, se enfrentan a un indescifrable universo de facciones cristinistas, en su mayoría iracundamente anti-Bolsonaro, respecto a qué hacer frente a Brasil. Los primeros, agrupados en torno al canciller Felipe Solá y al asesor presidencial Gustavo Beliz, buscan construir puentes al precio que sea. Saben que el drama económico argentino, más ciertas aspiraciones internacionales que se han forjado, obligan a entenderse con el gobierno brasileño. Sin embargo, la resistencia K no cede y ha hecho de la repulsa a Bolsonaro su nuevo caballito de batalla.

En el centro de las disputas por estos días, está la asistencia o no de Alberto Fernández a la asunción del nuevo Presidente uruguayo Luis Alberto Lacalle Pou el 1 de marzo -asunto no zanjado aún- para encontrarse justamente con Bolsonaro. Fue el propio Presidente Fernández quien admitió ante la prensa local sus dificultades. “No sé si voy a poder ir el 1 de marzo” dijo, escudándose en ciertas exigencias protocolares con el Congreso.

La litis respecto a si ir o no a Montevideo está llena de simbolismos, porque terminará dando una idea de quién está imponiendo sus criterios en esta primera etapa de gobierno. Los pragmáticos albertistas enfatizan que los tiempos políticos y las emergencias financieras obligan a pensar que el partido del futuro argentino se juega en la cancha de los temas internacionales y que ahí Brasil es crucial. Con una deuda externa insostenible, más un default ad portas según el FMI, y con 2112 puntos de riesgo-país, la vulnerabilidad externa argentina resulta algo más que evidente.

El canciller argentino, Felipe Solá, un viejo zorro del peronismo (y muy poco querido por Cristina), sabe de simbolismos y de pruebas de poder. Por eso se ha jugado a fondo para que Fernández vaya a Montevideo y estreche la diestra de Bolsonaro. Ha viajado a Brasilia y ha lanzado mensajes amistosos. Sabe que para encontrar unanimus societatis con Brasil (y el mundo) se necesita tender puentes, pero también superar dinámicas e inercias históricas relevantes entre ambos países.

En efecto, hay varios puntos históricos que son un lastre para cualquier proyecto externo del país. Una tarea obligada es sacar del imaginario del Primer Mundo esa idea de una Argentina que sistemáticamente busca antagonizar con Estados Unidos en los foros diplomáticos. Debe recordarse, por ejemplo, que Buenos Aires no sólo contradijo la doctrina Monroe (entre otros con la doctrina Drago), sino que se declaró neutral en las dos guerras mundiales, que se negó a firmar el Tratado de No Proliferación (ratificando con evidente retraso el Tratado de Tlatelolco), que avanzó un programa de enriquecimiento de uranio, que con Egipto, Irak y Libia desarrolló un misil de mediano alcance y que, como si esto fuera poco, terminó coqueteando con el Irán de los ayatollahs. El pragmático Solá por cierto que no la tiene fácil.

Quien más se opone a la idea de una entrevista con Bolsonaro en suelo uruguayo es Cristina. No divisa ventajas. Pero, además, tiene una poderosa razón personal. Su hija Florencia vive en un exilio auto-impuesto en La Habana, y el Presidente electo uruguayo dijo que no quería ver en su ceremonia a ningún presidente de países del ALBA. Lo más probable es que los anfitriones de su hija le espetarán no tener fuerza para oponerse al agravio de no invitar ni a Díaz-Canel ni a Marrero.

En este contexto surge la pregunta, ¿qué tanto necesita Brasil a Argentina?. Por lo que se ve, las cosas son exactamente a la inversa. Después de tantos vaivenes históricos, es Argentina la que necesita a Brasil.

El Brasil de Bolsonaro mira con atención esta litis doméstica argentina. El todopoderoso ministro de Economía, Paulo Guedes -cuya voz en este asunto es determinante- se muestra cauto y ha dicho que no ve al mundo K muy dispuesto a transar ni menos a doblar la cerviz. Un buen ejemplo es el veto al viaje de Fernández. Bolsonaro, arropado en una diplomacia avezada y astuta, le ofreció a Fernández una reunión bilateral en la capital uruguaya inmediatamente después de la transmisión del mando. Incluso, ofreció alargar su estadía en Montevideo para esperarlo a que finalice sus exigencias protocolarias.

Solá ha logrado hasta ahora algunos éxitos. Consiguió un acuerdo con Brasil para liberalizar el Mercosur, y se comprometió a protocolizarlo en junio, durante la próxima cumbre de Mercosur en Encarnación, Paraguay. También ha logrado limar en algo las fricciones en torno a Evo Morales, lo que seguramente quedará zanjado tras las elecciones presidenciales de mayo en Bolivia. Un punto incierto, y muy curioso, la sucesión del Presidente del BID, Luis Alberto Moreno. Solá desea el apoyo brasileño para que Gustavo Beliz sea candidato común. Sin embargo, la administración Trump transmitió su deseo que sea el brasileño Carlos da Costa o María Silva Bastos.

En conclusión, la transmisión del mando en Uruguay será el primer test sobre una incierta nueva etapa de las relaciones brasileño-argentina. Etapa que todavía muestra la posibilidad de grietas tan hondas como las históricas.

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