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Publicado el 23 mayo, 2021

Ivan Witker: Explosión migratoria y otras consecuencias del triunfo de Castillo en Perú

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

El cóctel a ser tomado por la sociedad peruana, si elige a Castillo, será tanto o más amargo que cualquiera de las variedades del Socialismo del Siglo 21.

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa
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El 28 de julio parte un nuevo período presidencial en Perú, dirigido quizás por Pedro Castillo, el candidato admirador de Chávez. Su eventual gobierno tendrá funestas consecuencias. No sólo para Perú. La región entera se verá atormentada con una explosión migratoria, similar a la venezolana, y con muchos otros temas muy perturbadores. La razón es simple: Castillo siente fascinación por la experiencia chavista.

En efecto, aunque su retórica es rudimentaria, y muy poco se sabe de sus asesores reales, el candidato de Perú Libre ha sido muy claro en su deseo de introducir cambios revolucionarios apenas se haga con el poder. Incluso comenta abiertamente su deseo de instalar la bandera con la hoz y el martillo en el palacio de Pizarro.

Sus manantiales de inspiración son igualmente abiertos. Aparte del régimen chavista, también la Cuba de los Castro y la Bolivia de Evo Morales. Y ha mencionado la Argentina de los K, así como al exjefe de Estado hondureño y actual activista del chavismo, Manuel Zelaya, como los otros faros iluminadores de su quehacer gubernativo. Si a eso se le unen las reminiscencias maoístas de su trayectoria, así como su evidente desconocimiento del aparato de gobierno, se entenderá que el cóctel a ser tomado por la sociedad peruana, si elige a Castillo, será tanto o más amargo que cualquiera de las variedades del Socialismo del Siglo 21.

Puesto en términos prácticos, Castillo tiene dos opciones ante sí. La primera es iniciar una demolición rápida y completa de la institucionalidad y la economía, mediante estratagemas de sobra conocidos. Uno, la cooptación de las FFAA, corrompiendo a los altos mandos. Dos, trayendo técnicos del régimen de los Castro a tomar el control de la seguridad y la economía. Tres, la generación de un relato híbrido, mezcla de tergiversaciones históricas y redención social. Para esto último, la vida indígena peruana entrega materia prima de sobra. La otra opción es entusiasmar con promesas demagógicas, como ese bizarro deseo que sus ministros sean elegidos por gremios sectoriales y sindicatos. Desde luego que en esta segunda opción está el ofrecimiento a destajo de políticas redistributivas, con la finalidad de ir generando un ambiente propicio para desmontar la institucionalidad, especialmente la estructura de partidos políticos y buscar más adelante (reelección mediante), el control del aparato productivo. Esta segunda opción sería un camino más lento, pero no por eso menos dañino.

Para lo que no nay espacio de dudas es para comprender el peligro que se cierne sobre Perú. Y la razón es sencilla. Cada uno de los dialectos del Socialismo del Siglo 21 tiene su matriz en el clásico texto de Lenin El Estado y la Revolución. Es decir, pese a los acentos y particularismos (y a la velocidad que tome cada proceso), todas alientan el antagonismo, inspiradas en la lógica del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase; médula de aquel texto.

Las características del candidato, y lo conocido de su programa de gobierno (el cual contiene frecuentes citas de Fidel Castro y del Vicepresidente evista, Alvaro García Lineras), son más que sugerentes de lo que se aproxima. Nacionalización de la minería grande y mediana, revisión de los contratos con las multinacionales instaladas en el país (incluyendo el retail chileno) y, obviamente, una nueva Constitución.

Si nos atenemos a la retórica de Castillo, es muy probable que tome el camino más rápido. Perú se sumirá, así, de manera fulminante en una de las crisis más graves de su historia y, tras poco andar, la experiencia castillista, reducirá el país a escombros. Teniendo entonces a la mano el paradigma chavista, corresponde preguntarse, qué significa aplicar políticas de demolición y qué consecuencias tienen éstas.

La verdad es que, si bien ninguno de los modelos del Socialismo del Siglo 21 es un clon del régimen castrista, sí tienen en común, entre otros, un gran rasgo distintivo: son grandes exportadores de seres humanos. Lanzan al exilio forzado a millones de personas.

Aquí radica el nudo más importante de preocupaciones y posible foco de desestabilización regional.

No es necesario ser pitoniso para adivinar que el gobierno revolucionario de Castillo expulsará del país -tal cual lo han hecho sus regímenes modelo- a un número porcentualmente similar al de las experiencias previas.

Grosso modo, las sucesivas oleadas cubanas (éxodo inicial de Camarioca, el ostracismo forzado de niños Pedrito Pan, Mariel y balseros, más el goteo permanente) alcanzan el obsceno porcentaje del 25% de su población. El chavismo juega con cifras parecidas. Aproximadamente 8 de los 32 millones que había en el país cuando Chávez tomó el poder. En tanto, el orteguismo lleva expulsada 200 mil personas, sólo desde abril de 2018 (77 mil de ellos, actualmente refugiados en la vecina Costa Rica). Aquel fatídico año, el matrimonio gobernante en Managua inició una ola represiva ampliamente cubierta por la prensa mundial y condenada por toda clase de organismos internacionales. Para tener una idea, Nicaragua tiene 6 millones de habitantes y se estima que cerca de millón y medio fueron expulsados desde el triunfo de la revolución sandinista.

¿Será distinto en el gobierno revolucionario de Castillo? No hay motivos que lo fundamenten. Por eso, si se considera la población actual del país -32 millones-, debe asumirse que la futura administración podría expulsar hasta seis millones de personas. Cifra, obviamente, adicional al millón 600 mil que ya vive en el extranjero por motivos de subsistencia básica. De ese total, 235 mil ya encontraron trabajo y techo en nuestro país.

Ahora bien, si a esa aproximación cuantitativa, le agregamos otra de índole cualitativa, queda a la mano otra gran pregunta. ¿Quiénes serán los expulsados por el castillismo?

Las migraciones forzadas por este tipo de regímenes contienen un elemento sociológico, que la political correctness del multiculturalismo sugiere no brindarle atención. Se trata, de expulsiones escalonadas y focalizadas, que dejan al descubierto políticas segregacionistas. Por eso, tras forzar la salida de elementos burgueses y oligarcas, estos regímenes aspiran a que la mayoría de la clase media, especialmente sus segmentos más emprendedores, también hagan abandono del país. Si no lo hacen voluntariamente, les generan un ambiente tóxico e irrespirable. Los motejan de traidores, vendepatrias o gusanos. Y la razón es obvia. La pauta, ideada por los Castro a partir del mismo 1959, es potenciar la dependencia de las dádivas estatales.

Las consecuencias de un eventual triunfo de Castillo serán catastróficas. Sin embargo, la suerte no está aún del todo echada. Ciertos casos excepcionales, como el ecuatoriano, donde el hartazgo con la revolución ciudadana de Correa se resolvió a tiempo y mediante elecciones, demostró que, a veces, la democracia encuentra antídotos. Perú aún está a tiempo.

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