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Publicado el 14 de noviembre, 2019

Ivan Witker: Evo en México: la (in)utilidad de un huésped

Investigador ANEPE y docente de Escuela de Gobierno Universidad Central Iván Witker

La experiencia evista sirvió para comprobar también que el populismo sigue insoportablemente vivo en el América Latina. Y de paso, que las visiones liberales de la democracia mostraron no ser tan hábiles ante el surgimiento de figuras con aura no convencional.

Iván Witker Investigador ANEPE y docente de Escuela de Gobierno Universidad Central
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El derrumbe asombrosamente rápido de Evo Morales podría tener dos efectos inesperados. Por un lado, que se revierta la criticada decisión del Presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador de vender los 72 aviones presidenciales aduciendo que eran parte de un “lujo innecesario” para su administración. Por otro, que AMLO y su amigo aprendan que las frecuentes diatribas de su retórica política suelen tener consecuencias tan sorpresivas como desagradables. Para ambos fue una suerte que los vilipendiados Bolsonaro, Abdo Benítez y Moreno, hayan aceptado que el Gulfstream 550, con Evo a bordo, cargue combustible o sobrevuele los espacios aéreos brasileño, paraguayo y ecuatoriano, sin estar obligados a ello. El propio Vizcarra, por ejemplo, aceptó reabastecer al avión en Lima sólo en el viaje de ida. La operación de salvataje bien pudo haber terminado en un fiasco mayor.

Aparte de este recuento anecdótico, el hospedaje mexicano tiene variados bemoles. Por un lado, AMLO, al acoger a Evo, está girando a una de las cuentas históricas que el México actual heredó del antiguo PRI, cual es una política de exilio abierta y que en su momento favoreció a los republicanos españoles y a quienes huían de la dura mano militar en el Cono Sur. Es muy curioso. El antiguo régimen priísta, tan satanizado por el PDR y MORENA (los dos partidos fundados por AMLO), es el que da soporte a muchas de sus decisiones externas. Para efectos prácticos, el antiguo PRI no parece haber sido tan malo. Por otro, el México actual es una democracia donde las instituciones y partidos tienen una vida más autónoma que en décadas anteriores, lo que no hace muy fácil la vida de quienes vienen huyendo de sus países. Ello se tornará muy sensible, cuando Evo opte por ser un factor político desde el exilio, como ha dicho que quiere.

Por ejemplo, nadie duda que el procedimiento de las FFAA bolivianas, en orden a sugerirle que renuncie, fue ríspido. Pero esto no cayó del aire. Se gestó a partir de un fraude certificado por la OEA y con ribetes tan grotescos como la validación de miles de muertos como votantes y otras maniobras que refutan la ingenuidad de sectores liberales respecto a Evo. Cuando se calme el caos en que dejó sumido a su país, lo más probable es que vayan a requerir su presencia para aclarar esto y numerosos otros claroscuros de los 14 años de mandato.

Otros dos temas adicionales le traerán dolores de cabeza en su exilio. Primero, la relación que desarrolló su gobierno con Cuba y particularmente con su embajador en La Paz, el veterano Carlos Rafael Zamora (alias El Gallo), cuyas actividades, que iban frecuentemente más allá de lo diplomático, recibieron frecuentes críticas en medios estadounidenses. Segundo, la relación con Irán y la autorización que dio a esa enigmática escuela militar conjunta instalada en la localidad de Warnes.

Por cierto, las circunstancias que llevaron a la renuncia de Evo están horadando el atractivo que alguna vez pareció tener. Probablemente todo fue una mezcla de espejismo y de cuidada puesta en escena. No cabe otra explicación para que un carisma, incombustible en apariencia, se haya derrumbado en sólo un par de días.

Ya instalado en México, el “hermano Evo” es una figura útil para el proyecto de AMLO, y no deberían descartarse viajes por el sur del país para reforzar la asociación del presidente con las comunidades indígenas. Sin embargo, eso tiene sus límites. Bolivia está demasiado lejos de los imaginarios mexicanos. Hacia el mediano plazo, será su valor de uso (como diría Marx) respecto al vigor que mantenga el MAS lo que determinará el destino de quien fuera el rostro indígena de América Latina.

Por ahora, Morales será recordado como un político que en muchos aspectos fue atípico, pero a quien las tentaciones lo convirtieron en un caudillo latinoamericano más. La experiencia evista sirvió para comprobar también que el populismo sigue insoportablemente vivo en el América Latina. Y de paso, que las visiones liberales de la democracia mostraron no ser tan hábiles ante el surgimiento de figuras con aura no convencional.

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