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Publicado el 28 junio, 2021

Ivan Witker: Embargo estadounidense a Cuba o los costos de una aventura

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

El boicot deja lecciones muy interesantes y actuales para saber el destino que aguarda a cualquier intento de superar el capitalismo. Un impulso muy moda en la región por estos días.

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa
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El canciller cubano Bruno Rodríguez acaba de informar que las pérdidas mensuales de la isla debido al embargo estadounidense suman US$436 millones. En su opinión, esto le ha significado “pérdidas totales” a su revolución por la friolera de casi US$148 mil millones, desde 1959 a la fecha. Lo dijo a propósito de la entrega a la Asamblea General de la ONU de un documento oficial, titulado “Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba”. Por el volumen de recursos y por la reacción en la ONU, no cabe otra cosa que reconocer el enorme éxito de este golpe discursivo de la revolución cubana. Desde hace varios años logra movilizar a personas y medios de comunicación por lejos más allá de sus círculos de simpatizantes. El régimen ha logrado consolidar la idea de un David caribeño contra un Goliat norteamericano.

Sin embargo, la versión tiene poco o nada de asidero en la realidad. Una breve mirada a dos aspectos útiles bastan para entender el trasfondo de este asunto que nada abstruso esconde. Las interrogantes centrales son dos: ¿cómo se generó esta situación? y ¿qué motiva al régimen hacer estos cálculos, justamente ahora?

El asunto se remonta a la administración de Dwight Eisenhower, quien, poco antes de hacer abandono de la Casa Blanca, en enero de 1961, tomó la decisión de romper relaciones diplomáticas con Cuba. Al mes siguiente, ya bajo la administración Kennedy, Cuba fue incluida en la Lista de Regulación de Exportaciones, la cual exigía una licencia especial para exportar algunos productos hacia la isla. Un año más tarde, el Departamento del Tesoro puso en vigor otro documento, denominado Regulaciones para las Importaciones desde Cuba, que de facto impedía importar productos cubanos. Para facilitar intercambios de tipo humanitario, ambos fueron reestructurados en 1992 (Cuban Democracy Act), así como en años posteriores. Pese al transcurso del tiempo, la decisión ha sido respetada en lo medular por todas las administraciones siguientes, siendo levemente flexibilizada por algunos, como el presidente Obama, o bien endurecida por otros, tal cual ocurrió bajo Donald Trump. ¿Es esto un boicot?

A todas luces, un exceso verbal. La decisión de “Ike” estuvo motivada por las primeras grandes nacionalizaciones de propiedades estadounidenses en la Isla, ocurridas en 1960. Según la Foreign Claims Settlement Commission, más de 60 mil empresas de todos los tamaños fueron expropiadas al inicio de la revolución. De todas estas, 5.913 se encuentran en litigios solicitando indemnizaciones. ¿Cuál debió haber sido la conducta de Eisenhower? ¿Felicitar a La Habana por estas nacionalizaciones?

Esta realidad obliga a ver la exigencia del canciller Rodríguez como una especie de parresía; tal cual, los epicúreos llamaban a los discursos atrevidos por correr excesivos riesgos. En este caso es el de la vacuidad argumental de Rodríguez. Basta recordar los discursos del líder revolucionario, para concluir que sería una falta a la verdad adjudicarle a Castro un dejo de ambigüedad. Rodríguez no hace más que repetir algo que seguramente escuchó de niño.

Diversos capítulos de la Guerra Fría ratifican la impresión que la tensión entre EE.UU. y el régimen de Castro se fue agravando con el paso de los años. La crisis de los misiles (1962) y la base naval soviética (1970) son ejemplos muy nítidos. Sin embargo, lo crucial descansa en la conducta del propio Fidel Castro. Este se insertó activa y voluntariamente en la Guerra Fría. Parte medular de su hubris se gestó en un discurso anti-estadounidense espeso y flamígero, llegando a las diatribas. Abundante literatura especializada y prensa de la época concluyen que Cuba se convirtió en un auténtico huracán anti estadounidense. Basta revisar sus vociferantes alocuciones en la Plaza de la Revolución en fechas emblemáticas o en el marco de sus dos caballos de batalla tercermundistas, la Organización de Solidaridad Latinoamericana (OLAS) y la Organización para la Liberación de Asia, África y América Latina (OSPAAAL).

Todo apunta a una opción absolutamente premeditada a favor del enfrentamiento directo con el “imperialismo”. Moscú aceptó a Cuba como país socialista en 1963 a propósito de la primera visita de Castro y la integró al Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), una suerte de mercado común de la órbita soviética, a solicitud de él mismo. Por lo tanto, fue Castro quien buscó a Moscú, y no al revés.

En consecuencia, la idea de pérdidas materiales por el boicot (y su cálculo monetario actualizado) desconocen algo muy simple. Cuando se opta por una revolución de inspiración marxista se da por descartado el camino capitalista. Es del todo elemental partir del hecho que su motivación central es el conocido axioma sobre la superioridad intrínseca del socialismo, en cualquiera de sus variantes. Sus partidarios no admiten dudas en orden a que soluciona de manera más eficiente y eficaz todos los lastres capitalistas. Los críticos del boicot parecen olvidar que la revolución de Castro se hizo justamente para eso, para superar el capitalismo. Ahí radica el pathos de su revolución. ¿Cuál sería el motivo entonces de querer comerciar, intercambiar bienes y/o servicios, en tono quejumbroso, con un régimen al cual se desprecia? ¿Cómo se puede acusar de boicot cuando se provoca y mantiene en el tiempo una dinámica de satanización con quien se quiere establecer un vínculo?

Finalmente, la idea de asfixia u hostigamiento deja en el olvido un dato muy elocuente. En los hechos, EE.UU. es el socio comercial número ocho de Cuba, según estadísticas del Observatorio de Complejidad Económica.

El problema del régimen cubano va por otro lado. Su enorme crisis tiene explicación en lo equivocado del rumbo iniciado hace más de 60 años destinado a enfrentarse a la potencia dominante. El llamado boicot es sólo el resultado de malas decisiones en política internacional. Y sabe que tales errores provocan siempre una dinámica arborescente; es decir, no sigue una sola línea. El boicot deja lecciones muy interesantes y actuales para saber el destino que aguarda a cualquier intento de superar el capitalismo. Un impulso muy moda en la región por estos días.

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