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Publicado el 26 abril, 2021

Ivan Witker: El triunfo de Lasso y las próximas brisitas bolivarianas

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

¿Qué tan agónico quedó el eje bolivariano después de la derrota del candidato de Rafael Correa en Ecuador?

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa
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La victoria electoral de Guillermo Lasso en Ecuador tiene doble significado: uno doméstico y otro que irradia hacia el resto de la región. Por un lado, el país manifestó su hartazgo con ese populismo andino-caribeño basado en expoliar los recursos del Estado y en manejar la sociedad con lógicas propias del absolutismo del siglo 19. Sin embargo, por otro, el triunfo de Lasso no implica el fin de tales aventuras. Cada proceso electoral de los años recientes en América Latina es un asomo al precipicio y surgen temores sobre su impacto en la estabilidad regional.

Por lo tanto, visualizar las proyecciones del triunfo lassista obligan a interrogarse al menos sobre dos cosas. ¿Estamos asistiendo al fin del correísmo en Ecuador? ¿Qué tan agónico quedó el eje bolivariano después de esta derrota?

Son dudas muy complejas. El escenario político regional se ha caracterizado en las décadas recientes por el surgimiento de variantes nuevas de un populismo con fuertes aditamentos autocráticos. Ahonda esa complejidad un curioso entusiasmo electoral por estas variantes, sobretodo en sus fases iniciales. Algunas veces por motivos genuinos, otras por simple candidez. La verdad es que se observa una cierta tentación a eludir la verdad del populismo, asentada, como bien dijo Alan Knight, en la irresponsabilidad del despilfarro.

Este eje tuvo su origen allá por 1999, cuando un astuto coronel venezolano llamado Hugo Rafael Chávez irrumpió en la escena regional, produciendo una convergencia inesperada entre el viejo populismo (aquel de las redes clientelares) y los nostálgicos de la Guerra Fría. En ese proceso, Chávez remozó el concepto lucha de clases.

Apoyado en sus petrodólares, corrió a rescatar la moribunda economía de Fidel Castro. Luego, inauguró una retórica muy tosca, pero tremendamente incendiaria, para dividir las sociedades entre héroes y villanos. Chávez enfervorizó a innumerables intelectuales latinoamericanos y europeos, ansiosos de encontrar un nuevo sujeto social, extraviado tras el colapso del comunismo. Con gran habilidad, reagrupó a colectivos de izquierda, muy heterogéneos entre sí, explotando el orgullo de la marginalidad. El modelo se expandió con el surgimiento del kirchnerismo, evismo, orteguismo y varias otras ramas. Pomposamente se le llamó Socialismo del siglo 21.

El proyecto del audaz coronel se remitió, en realidad, a las diversas variantes de focos guerrilleros y partidos anti-capitalistas que poblaron la izquierda latinoamericana entre los años 60 y 90. Durante esas tres décadas, muchos sectores sociales se obnubilaron con la idea de la revolución. Se vio a curas católicos partiendo a la selva o a la montaña, convencidos de conducir al rebaño hacia el paraíso. También a maestros de escuela, y universitarios, intoxicándose con todas las aberraciones extraídas de los 55 tomos de las “Obras Completas” de Lenin o del “Libro Rojo” de Mao Tse-Tung. La visión más alucinante de aquellas décadas correspondió a la Cuarta Internacional Posadista (IV-IP), con su propuesta de aliarse a los ovnis para acabar con el imperialismo. Los marcianos tienen un modo de producción comunista, decía el delirante texto “Los platillos volantes, el proceso de la materia y la energía, la ciencia, la lucha de clases y revolucionaria y el futuro socialista de la humanidad”.

Chávez tocó la fibra íntima de los jóvenes de entonces y les ofreció volver a acariciar aquellas causas. Quizás el ejemplo más notable sea el del ya veterano León Cristelli, quien transitó de propagar las extravagancias de la IV-IP a dirigir hoy, en el otoño de su vida, el Círculo Bolivariano Argentino.

Cabe preguntarse entonces sobre las razones que explican el éxito de este remake en tantos países. La respuesta se encuentra en el abandono de la idea guerrillera, tras la dura respuesta militar doméstica y el fin del régimen soviético. Con Chávez se descartó la toma del Palacio de Invierno (origen de la revolución bolchevique) y el foquismo (origen de la revolución cubana). Se optó por las urnas y por un discurso abrasivo. Así aparecieron sus luminarias. Los Ortega, los Lula, los Morales y varios otros.

En el caso ecuatoriano, un avispado economista, Rafael Correa, captó la crisis de los partidos políticos y descubrió un nicho gigante en el mercado electoral, adoptando un vociferante discurso contra el capitalismo. Sin embargo, por alguna misteriosa razón, decidió mantener la dolarización de la economía. Gracias a eso, y a los buenos precios internacionales del petróleo, el despilfarro en que sumió a su país no terminó en descalabros tipo Venezuela. Producto de sus ardides, se mantuvo en el poder entre 2007 y 2017. En el clímax de su mandato, proclamó su propia variante, la revolución ciudadana.

Tal como las otras, esta variante se creyó una especie de sinécdoque (parte que representa al todo) del pueblo ecuatoriano, sintiéndose mandatado a emprender una lucha contra aquello que concebía como anti-pueblo. En materias más prácticas, igual que sus congéneres, Correa intentó cambios constitucionales para re-elegirse ad eternum.

Al fracasar, optó por un delfín, Lenin Moreno. Sin embargo, a poco andar, éste se vio obligado a tomar sus propias opciones. La herencia de la corrupción y el desbarajuste fiscal hizo inevitable el quiebre entre ambos. Correa partió a un exilio seguro, hacia Bélgica, país que no tiene convenio de extradición con Ecuador. Desde allí, denostó a Moreno y a cuanto contradictor encontró. Para la elección presidencial de este año, sacó bajo la manga a otro delfín, Andrés Arauz, quien, como era previsible, cayó ante Lasso.

La derrota del correísmo tiene tres explicaciones. Por un lado, los ecuatorianos ven con espanto la paupérrima situación de inmigrantes venezolanos, quienes muestran una de las más lacerantes heridas del experimento chavista. Por otro, en un mundo muy conectado, la opción por el pobrismo, visible en Cuba y Venezuela, no resulta atractiva. Finalmente, el modelo de regentes, adoptado en Argentina y Bolivia terminaron por hacer indigerible a la dupla Correa-Arauz.

¿Hacia dónde se dirigirán las brisitas bolivarianas, ahora que el electorado ecuatoriano le puso la lápida a la revolución ciudadana?

No se necesita ser muy perspicaz para pensar que hacia Perú. Allí, se divisa un candidato, de verborrea lenta, pero deseoso de hacer germinar una nueva rama del frondoso árbol chavista. Pese a las incomodidades que provoca su trayectoria política, ya concita simpatías y admiración, incluso fuera del Perú. Aseguran que, pese a cualquier reparo, tiene la clave para entender el Perú profundo.

¿Cuánto servirá eso para el futuro peruano?, ¿para atraer inversiones extranjeras o mantener las existentes? Con casi total certeza, nada. Las brisitas harán ingresar al olimpo a este pintoresco candidato, que se desplaza a caballo. De paso, sembrarán la semilla de una nueva desestabilización en la región.

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