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Publicado el 21 diciembre, 2020

Ivan Witker: El régimen cubano y el espectro de un fantasma llamado San Isidro

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

Perder el poder en aquellos regímenes es una perspectiva muy poco halagüeña. Por lo general, la ideología motivante termina proscrita y los inspiradores van a parar al basurero de la historia, cuando no a la cárcel.

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa
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Horas de profundo desasosiego vive el régimen cubano con un movimiento de artistas llamado San Isidro. El motivo es la larga trayectoria de sus desencuentros con el mundo de la cultura, pero también el pavor de ver repetida la fulminante experiencia checa de 1989. Aquel año, los artistas praguenses incitaron, casi silenciosamente, a una especie de sublevación civil contra la falta de libertades culturales en el régimen comunista. Una fuerza telúrica inimaginable se apoderó del país y en cosa de semanas el régimen se hundió. “Zozobró como un barquito de papel” diría por esos días, Václav Havel, quien condujo aquella gesta libertaria, extremadamente civilizada. De ahí su denominación, Revolución de Terciopelo.

En el caso cubano, el desasosiego de la cúpula gobernante resulta del todo comprensible. Perder el poder en aquellos regímenes es una perspectiva muy poco halagüeña. Por lo general, la ideología motivante termina proscrita y los inspiradores van a parar al basurero de la historia, cuando no a la cárcel. Ceauscescu fue fusilado sumariamente. La experiencia checa demuestra que lo más dramático es la incapacidad de aquellos gobernantes para entender los acontecimientos cuando son los artistas quienes se levantan. Suelen tener motivaciones, tracciones y conductas demasiado difusas. Esa incapacidad cognitiva indujo a Jruschov a prohibir, por ejemplo, el arte abstracto. Aquel famoso líder soviético llegó a decir “no se sabe si esos cuadros los pinta una persona o la cola de un asno”. Lo concreto es que aquellos regímenes -y lo han dicho hasta la saciedad- cotizan sólo el realismo socialista. Por paradojas de la vida, las obras de Picasso, militante del Partido Comunista español durante varios años, siempre fueron mantenidas a prudente distancia. “Son cosas para el capitalismo decadente”, se jactaba el jovial Jrushov.

Hoy en día es inevitable no observar un sugerente paralelo entre la Revolución de Terciopelo y el movimiento San Isidro. Se da la particularidad en ambos casos de ser protagonizados por artistas poco o nada interesados en emigrar o saldar cuentas pendientes con la generación anterior, ni menos hacer revoluciones impracticables. Por lo tanto, no son asimilables a los movimientos culturales contestatarios de los 60 y 70, que se proponían crear sociedades utópicas, multiplicar plegarias por el amor libre, o bien -como repetían una y otra vez- pedir y pedir lo imposible. Aquellas fueron gestas de corto aliento. Muchos de sus protagonistas se retiraron a existencias menos tormentosas. Quienes lo intentaron en regímenes comunistas, terminaron huyendo desesperadamente hacia Occidente, buscando una vida apacible.

Por el contrario, la gran enseñanza de Havel en Praga fue evitar los maximalismos y contribuir a la causa de la libertad quedándose en la tierra donde se vive, bajo la premisa de producir artísticamente en sigilo y en contextos más estrechos; conviviendo adaptativamente con el régimen, hasta forzar grandes cambios. Mucho de esto se aprecia en el movimiento San Isidro, cuyos integrantes parecen gente igualmente pragmática, a la que no le hacen mellas calificativos tan obsoletos como “mercenarios estadounidenses” o “títeres de la CIA”. El desasosiego cupular pareciera obedecer entonces a ese tufillo haveliano que se respira en San Isidro.

En tanto, Díaz-Canel y su entorno han reaccionado de la única manera que conocen (y pueden); aumentando la presión y la represión. Sería sencillamente anti-natura que actuasen de manera aperturista, generosa, imaginativa. La gran duda es si están en condiciones o no de aplicar una especie de “solución final”; un mini-Tiananmen.

Esto no se puede descartar. La historia de desencuentros entre los Castro y la libre creación artística es larguísima y llena de turbulencias.

Probablemente lo más famoso sea el “caso Padilla”, cuyo clímax estuvo dado por la detención en 1971 de Heberto Padilla, un connotado poeta, quien, influido por una larga estadía en la Praga de los 60, escribió obras inadmisibles para el régimen, como “Para escribir en el álbum de un tirano” o “Fuera del Juego”. Su encarcelamiento, y exigencia a condenar públicamente sus propios textos, desató un revuelo internacional de proporciones. Por ese motivo, 1971 es el año de la ruptura entre la revolución cubana y la buena cantidad de intelectuales latinoamericanos y europeos simpatizantes de Fidel Castro, aquel buen salvaje que encandiló a García Márquez, Sartre y tantos otros. Según el novelista cubano disidente, Norberto Fuentes, Fidel Castro arrestó a Padilla, con escándalo internacional de por medio, como una forma de amedrentar a priori y evitar tener en casa un Havel o un Solzhentysin.

Ese mismo año, el régimen cerró la otrora reconocida revista “Pensamiento Crítico”. Mientras, en 1980, se suicidó Haydée Santa María, quien ofició por más de 30 años de directora de Casa de las Américas, un verdadero emblema cultural de la revolución. Aquella guerrillera de los tiempos de la lucha contra Batista no resistió el ambiente cultural tóxico generado por los Castro.

Lo determinante en materia cultural siguió el apotegma “Nada fuera de la Revolución; todo dentro de la Revolución”, lanzado por Fidel Castro en una reunión de escritores y artistas cubanos en 1961. Desde entonces, todo se mantuvo incólume. Hasta ahora.

San Isidro es uno de los barrios más empobrecidos de la capital cubana. Allí, casi 300 cantantes, actores, pintores, músicos y artistas de diverso tipo y fama se han ido congregando este último tiempo en una misérrima casa de la cultura, generando un micro-clima de cierta libertad de creación. Algo similar ocurrió en torno a iglesias evangélicas, clubes de cine etc. en otros regímenes comunistas a fines de los 80.

Hace pocas semanas, aquellos artistas de San Isidro se vieron conmovidos por el arresto del joven rapero, Denis Solís. Fue detenido por haber increpado a un policía que allanó su casa sin su consentimiento ni orden judicial. El grupo reaccionó declarándose en huelga de hambre y, gracias a las redes sociales, reciben la solidaridad de centenares de artistas dentro y fuera de Cuba. Otro grupo se ha congregado espontáneamente frente al ministerio de Cultura, teniendo esporádicas reuniones con autoridades. Estas no han podido hacer caso omiso de lo que ocurre, pues entre los integrantes figuran conocidos nombres de la cultura cubana, como la artista performática, Tania Bruguera, el actor de cine Jorge Perugorria, el cineasta Fernando Pérez y el trovador Carlos Varela.

Estos son indicios que el conflicto del régimen con los artistas ya germinó y que experiencias como la checa están a la vuelta de la esquina. Esto último invita a no ser tan optimistas respecto a posibles soluciones consensuadas. Ya se observa ese punto de no retorno dado por el lenguaje no dialógico entre las contra-partes y cuando la fase crepuscular de la narrativa revolucionaria se hace totalmente evidente.

Parafraseando la introducción del Manifiesto Comunista (como se suele hacer majaderamente), podría decirse que un fantasma recorre las entrañas del régimen de Fidel Castro. Es un fantasma nacido en uno de los barrios más pobres de La Habana. Eso anula cualquier argumento a favor de un régimen, cuyas proclamas a favor del igualitarismo duran ya más de 60 años.

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