Estas últimas semanas el mundo se ha visto sacudido por dos hechos de sangre y violencia de muy alta connotación y que perfectamente pueden repetirse en cualquier parte del planeta. Por un lado, un magnicidio y, por otro, un asalto a una residencia presidencial.

Ciertamente, no es necesario remontarse al asesinato de Julio Cesar -que dio pie a una de las tragedias shakespearianas más famosas- para concluir que estos hechos son mucho más frecuentes de lo sospechado. Sin embargo, no es fácil indagar acerca del por qué ocurren y en todos los países y épocas. Unos más, otros menos, todos son inextricables.

América Latina, desde luego, no está exenta. Esta región ha dado pruebas suficientes de que cualquier cosa es posible, incluyendo, obviamente, magnicidios y vandalización de la sede presidencial. 

En su historia más lejana, intermedia y reciente son innumerables los altos dirigentes políticos, sociales, religiosos y de otra índole, víctimas de atentados. La mayoría mortales. En el propio Chile, se asocian a los nombres de Perez Zujovic, Schneider y Pinochet. 

En la mayoría de los casos se pueden divisar motivaciones políticas, como los ocurridos en Chile. No así la autoría. Casi por regla, ésta permanece difusa, cuando no directamente anónima. Esa espesa nube autoral, más la magnitud e impacto, llevan casi por regla a especular con grandes y oscuras conspiraciones. 

Para los servicios de inteligencia y policiales, los magnicidios constituyen siempre un rompecabezas de muy difícil solución. Se parte de la base que para perpetrarlo se requiere de ciertas condiciones. Con frecuencia las víctimas son personeros que se desplazan con grandes dispositivos de seguridad, muy difíciles de traspasar. Sin embargo, basta una pequeña ranura para que el perpetrador logre su cometido. Son justamente en esas ranuras donde se encuentran las incógnitas.

En el caso de EEUU, donde han ocurrido cuatro magnicidios con resultado de muerte y otros cuatro fallidos, siempre ha costado desentrañar las motivaciones. La excepción es el de McKinley (1901), quien murió baleado por el anarquista Leon Czolgosz. La conjetura ideológica es ahí del todo nítida. El mismo perpetrador lo admitió. Lo ejecutó, según dijo, en nombre de algo tan etéreo como la “clase trabajadora”.

En las antípodas se encuentra el asesinato de John Fitzgerald Kennedy ocurrido en 1963. Instalado en la imaginación popular como uno de los más increíbles sucesos de conspiración universal, ha sido tema inagotable de guiones cinematográficos, televisivos, teatrales y de novelas. Unos responsabilizan a la KGB, otros a grupos de cubanos anticastristas, otros a mafias de Nueva York e incluso a sectores del establishment estadounidense contrarios al involucramiento en Vietnam.

Es tan espesa la nebulosa en torno a John F. Kennedy, que al final toda su vida ha alcanzado ribetes sobrecogedores. No sólo por el destino de la viuda y sus muy pequeños hijos, sino por lo espeluznante de la lista de curiosidades y similitudes que rodean su asesinato con el de Abraham Lincoln (1865). Se han descubierto escalofriantes conexiones entre ambos (algunas de ellas numerológicas), suficientes para que una brisa muy fría recorra la espalda de quien las lee o escuche. 

En tanto, en Europa se dio también otro caso muy enigmático. El asesinato del premier sueco, el socialdemócrata, Olof Palme (1986). Nunca se supo quiénes ni por qué lo ultimaron. Sólo suposiciones.

El olvido de este magnicidio es muy llamativo. Pese a su activo papel en favor de causas pacifistas, sólo unas cuantas plazas en España y México, más una pequeña placa en su natal Estocolmo, rinden testimonio de su vida. Igual que en el caso de Kennedy, la lista de posibles autores es larga. Algunos culpan a los kurdos (los mismos que ahora acaban de ser sacrificados para conseguir la unanimidad que permita el ingreso de Suecia a la OTAN), otros al brazo largo del régimen del apartheid en Sudáfrica. Y, tal cual ocurrió ahora con Shinzo Abe, las primeras diligencias se remiten un individuo profundamente religioso, pero aislado, y con un infrecuente odio personal hacia el mandatario.

En tanto, otros brutales asesinatos, con claras motivaciones políticas, como los de Aldo Moro en Italia, del almirante Carrero Blanco en España, de Yitzhak Rabin en Israel, de Lord Louis Mountbatten en Irlanda, de Benazir Bhutto en Pakistán o de Indira Gandhi en la India, también han permanecido en la oscuridad de los grandes enigmas. ¿Cuál fue el fin último?, ¿qué se buscó con el crimen?

Por otro parte, la impresionante turba que asaltó y vandalizó el palacio presidencial en Sri Lanka pone un signo de interrogación acerca de las motivaciones para este tipo de pillaje urbano. Un hecho similar, aunque mucho menos numeroso, ocurrió en Ucrania en 2013. En ambos, y en muchos otros, trasunta un sentimiento desbordante de repudio a la corrupción.

En materia de erupciones vandálicas contra el símbolo arquitectónico del poder, América Latina también es tierra fértil. No es casualidad que la casa de gobierno en Bolivia se llame, desde 1876, Palacio Quemado. Es porque fue incendiado por una turba descontrolada. Y como si eso no fuera suficientemente ignominioso para la clase política boliviana, el 21 de julio de 1946, nuevamente una iracunda muchedumbre superó a las fuerzas de seguridad y tomó por asalto el palacio presidencial. De paso, la turba asesinó al entonces mandatario Gualberto Villarroel y lanzó su cadáver por uno de los balcones, para luego colgarlo de uno de los faroles de la Plaza Murillo.

Haití también vivió hace justamente un año algo parecido. El siete de julio del 2021, el presidente, Jovenel Moïse, fue ejecutado en su propia residencia, sin que hasta el día de hoy se sepan las motivaciones. Un grupo de aparentes sicarios está detenido, pero se niegan a hablar. Hace algunos años, Bertrand Aristide, el sacerdote de los pobres, que había llegado a la presidencia alimentando la fascinación progresista a través de toda la región, e incluso Europa (“un fenómeno enteramente nuevo”, se decía), arrancó presuroso hacia el aeropuerto, acompañado de soldados estadounidenses, cuando una turba amenazaba con lincharlo. Vivió un largo exilio en Sudáfrica. En la actualidad, cada cierto tiempo, marabuntas de delincuentes deambulan por Puerto Principe, asesinando y destruyendo cuanto encuentran a su paso. No han demolido el palacio presidencial, seguramente, porque no han querido. 

La verdad es que los países latinoamericanos han vivido muchos magnicidios en las décadas recientes. El expresidente nicaragüense Anastasio Somoza en la capital paraguaya, el vicepresidente paraguayo, Luis María Argaña, los candidatos presidenciales colombianos Eliecer Gaitán y Luis Carlos Galán, en Argentina, Pedro Eugenio Aramburu y varios otros.

El más impactante de los últimos tiempos ha sido el de Luis Donaldo Colosio en México, quien, pese a ser candidato presidencial en el momento de ser asesinado, era de facto presidente electo por las circunstancias políticas del México de aquellos años. Fue impactante, porque el país, pese a los elevados índices de violencia, desde los magnicidios de Madero, Obregón y Carranza a inicios del siglo 20, había evitado hechos de sangre de tal calibre. Para la historia política contemporánea de México, el magnicidio de Colosio marca sin dudas un antes y un después.

Colosio murió dándose un baño de masas con sus electores de un barrio de Tijuana. Palme le había pedido a sus escoltas que se fueran a sus domicilios diciéndoles que deseaba regresar a su casa caminando desde un cine, junto a su esposa Lisbet. Kennedy fue ultimado viajando en su convertible descapotable junto a Jackie. Lincoln recibió un mortal balazo mientras presenciaba una obra de teatro. Garfield cayó en los momentos en que se aprestaba a abordar un tren. Czolgosz baleó a McKinley en circunstancias muy similares al asesinato de Shinzo Abe, cuando iba a pronunciar un discurso ante un grupo de adherentes. 

¿Manos oscuras?, ¿casualidades de destinos trágicos?, ¿cuentas pendientes? Claramente, son puzzles que parecieran no tener explicación terrenal. 

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