Agosto sirve para ver con perspectiva actual una de las mayores obsesiones intelectuales de Václav Havel, el peso de las palabras en los sucesos históricos y especialmente en ese árido terreno de la disputa por el poder llamado política. Como se sabe, fue un venerador de las palabras y de la concisión. Casi no hay escrito o entrevista donde no discurra, y con bastante asertividad, sobre este asunto. Lo hizo como intelectual disidente durante el régimen comunista, y más tarde como Presidente. Las palabras pesan siempre, por sí mismas y por su contexto, solía decir. 

Agregaba que, para el adecuado funcionamiento del engranaje de una sociedad, las palabras requieren ser comprendidas por la mayoría de los individuos de una sociedad determinada, de manera similar. Por eso, en el mundo havliano, violencia es violencia. No es una acción cualquiera, ni menos inocua. Un asesinato no es una muerte más.

Havel, cuyo prestigio internacional como político se basó en este tipo de sensibilidades, siempre recordó que pensar en el peso de las palabras era su ejercicio metafísico diario. Eso explica que, pese a su juventud, fue uno de los primeros firmantes de un importante manifiesto de la gesta contra el régimen comunista, pero muy poco conocido. Se llamó Dos Mil Palabras. Corría junio de 1968. 

En ese momento, el futuro mandatario simpatizaba con un grupo de ya maduros intelectuales y artistas, liderados por Ladislav Vaculík, quienes se percibían, como se diría hoy, cercanos a la “centroizquierda”, y buscaron, con ese documento, reafirmar la libertad de expresión, compromiso con elecciones libres y la eliminación de cualquier tipo de censura. Procuraban instalar palabras claras y concisas en un escenario tormentoso, cuya escena siguiente ya se adivinaba trágica.

Es curioso, pero en América Latina, salvo en revistas como Vuelta y Letras Libres, poco se recuerda ese documento tan crucial, y que fuera dado a conocer en el entonces influyente periódico cultural praguense Literarní listy. Ni el documento ni sus firmantes aparecen en la memoria occidental con la misma fuerza como el proceso en el cual estaba inmerso, el llamado Socialismo con Rostro Humano, encabezado por Alexander Dubček, y que desembocó en una acción militar que sí cada agosto se recuerda en todo el mundo. Muy curioso. Se registra la efeméride del desenlace, mas no del gatillante.

Sin embargo, aquel pre-claro documento, fue visto por Moscú como un inaceptable panfleto proimperialista y antisoviético. Fue la gota final. Las Dos Mil Palabras precipitaron la invasión soviética. Miles de soldados, tanques y aviones cruzaron la frontera en la noche del 22 de agosto de aquel fatídico año. Iban con una misión que estremeció a Havel, “normalizar” la situación política. 

La palabreja tenía para Moscú un significado claro, dar una lección de inflexibilidad para aplastar el último y genuino intento de reformar el comunismo. Hasta ese momento, L. Brezhnev observaba estupefacto el optimismo reinante, conocido como “Primavera de Praga”. La reacción soviética llevó a la totalidad de los dirigentes de aquel proyecto, como el ministro-coordinador de las reformas ecomómicas, Ota Šik y el propio Dubček, a darse por vencidos, estimando que es ingenuo creer en la viabilidad de reformar una economía centralmente planificada. Concluyeron que las ideas comunistas son sencillamente irreformables, por lo que los caminos intermedios entre ese sistema y el capitalismo no existen. 

Pero lo perverso, a juicio de Havel, no estaba en la acción misma, sino en su caracterización verbal. Invasión, ocupación y destrucción de la autodeterminación se justificaron con el singular concepto “normalización”. Havel descubrió cómo las distopías, y la violencia más abyecta, pueden ser fundamentadas con nociones seductoras, con palabras ambiguas, con conceptos sujetos a cualquier interpretación. Con palabrejas.  

Su preocupación por la fuerza de las palabras se remonta justamente a los años previos a la invasión, cuando escribió una pieza, que lo conecta al género del teatro del absurdo, y de clara reminiscencia orwelliana, considerada la más acabada de todas cuanto escribió. Se llama Vyrozumění, que significa Comprensión, aunque él prefirió que su traducción al inglés fuese The Memo. En ese escrito, Havel habla de la creación de dos lenguas, el ptydepe y el chorukor. Ambas destinadas al control burocrático de la sociedad. En las dos hace un ejercicio mordaz de lo que es vacuidad, tergiversación, manipulación. Concluye que cualquier lengua sirve para deformar propósitos y puede utilizarse con afanes hegemónicos. 

Por eso, llamó a los demócratas a no aceptar los significados impuestos ni menos la utilización maliciosa de las palabras. Pidió estar siempre alertas y no extraviarse con acepciones absurdas, ni ser dóciles con las modas. 

Esta inquietud nacía de la censura que caracteriza estos regímenes y muchas veces rozan lo bizarro. El caso de la eximia tenista Martina Navratilova alcanzó niveles surrealistas. Su nombre se hizo desaparecer de la lengua oficial apenas se exilió en los EEUU y se encontraba en la cúspide de su carrera. En un país donde el tenis es enormemente popular, la desopilante decisión no sólo se sintió en la piel de cada quien, sino que obligó a los periodistas a recurrir a fórmulas chispeantes para informar de sus victorias sin mencionar su nombre.  

En el otro extremo, el uso y abuso de la palabreja “normalización”, la convirtió en una especie de talismán oficial del régimen para explicar cuanta cosa se quisiera atribuir. Tal cual advirtió Havel ya en aquellos años, se da casi siempre una cierta inclinación totémica en torno a palabras. Por eso, hoy tenemos otras que mueven las entrañas y cerebros. Pero siempre vacuas, bombásticas, artificiosas. 

Sin embargo, lo más fascinante en torno a ese gran (y conciso) documento, llamado Dos mil Palabras, fue la reacción de las personas comunes y corrientes. El consabido humor negro centroeuropeo, hizo que el vulgo checo de la época hiciera mofa del angustiante momento de la invasión y surgió un chiste extraordinariamente gráfico:

“… Nuestro socialismo (el checo) es el más productivo e innovador de todos los sistemas imaginables, al desplegar un círculo virtuoso.… fabricamos 2000 tanques y exportamos 1999…. con el restante fabricamos 2000 hachas y exportamos 1999…. con el hacha restante vamos al bosque y talamos 2000 árboles, de los cuales exportamos 1999….con el árbol restante, fabricamos 2000 lápices, de los cuales exportamos 1999…..con el lápiz restante, escribimos 2000 palabras y obtenemos miles de tanques de regalo…”

Superada aquella atmósfera, sigue vigente la temprana preocupación del Presidente-dramaturgo por la fuerza de las palabras y su importancia en la política, por algo tan obvio como es que el lenguaje permite el pensamiento abstracto y es el rasgo definitorio del ser humano.

Hoy nadie duda que se mantienen estos disensos, pero a ahora nivel global. Se disputan la forma, los términos, los límites de la libertad de expresión mundial y en la selección de palabras para denominar objetos, cargos (¿presidente o presidenta?, ¿niños o niñes?), e incluso puntos del globo (Malvinas o Falklands?, ¿Golfo Pérsico o Arábigo?). Havel advirtió lo que hoy se observa con intensidad inaudita. Una lucha por el poder de las palabras, cuya naturaleza es compleja y sus alcances muy inquietantes.

La cultura de la cancelación, los lenguajes de odio, las fatwa en las regiones musulmanas, las indofanías acá en América Latina, también son reflejos de aquello. 

Y aunque Steven Pinker y otros han estudiado cómo las palabras, las metáforas y las imágenes forman parte del arsenal de enfrentamiento político actual, Havel fue el gran precursor. Las Dos Mil Palabras, ejercieron sobre él tal impacto, que concibió más tarde, y ya como absoluto protagonista, otro manifiesto similar, la Carta 77. Esta sí trascendió fronteras y rápidamente se popularizó al interior de una nación inconforme con la “normalización”. No sólo estaba molesta por la falta de libertades, sino se sentía y también violentada por un régimen, cuya narrativa se basaba en insistir en las tergiversaciones y manipulaciones verbales, en medias verdades y en esquemas de convivencia revelados como pócimas mágicas. Sin conexión con la realidad. Como el caso Navratilova, hay muchos otros.

En suma, palabras y palabrejas útiles para la conversación de ideas en esta región del mundo. Países donde es habitual escuchar profecías quiméricas sobre todo tipo de materias. 

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