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Publicado el 13 de julio, 2020

Ivan Witker: El nuevo emperador y sus lobos guerreros

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

Atrás empieza a quedar un sistema de liberalización económica y de apertura al exterior que remeció los pilares del planeta. Con Xi se evanescen tanto la idea del pragmatismo a ultranza en el plano interno como los principios de “auge pacífico” y “mundo armonioso” en el exterior. Los hitos rupturistas son muchos.

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa

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Hong Kong vive un verdadero tsunami. Ocurre justo a 40 años de que Beijing iniciara la revolución política y económica más grande de los tiempos modernos y a 23 años del acuerdo Deng-Thatcher, que permitió preservar la democracia en aquel enclave bajo la premisa “Un país, dos sistemas”. Abierta queda la duda si este torbellino podría o no abalanzarse sobre Taiwán. Así lo discuten Green y Mederos esta semana en Foreign Affairs (China tests the limits of the impunity). ¿Quién es el protagonista de estos cambios tan relevantes? ¿Es América Latina un simple espectador? Son grandes interrogantes con alcances geopolíticos.

Por muy duro que suene, la sobrevivencia de aquel diminuto -pero muy próspero- territorio no es lo central. Los cambios que se observan en el escenario indican que lo verdaderamente importante para el planeta depende del carácter y la personalidad del nuevo emperador. A tan sólo 7 años de asumir como jefe de Estado, Xi Jingping está iniciando una etapa nueva, donde las dudas son muchas, y quizás nunca imaginadas por Edgar Snow (el gran biógrafo de Mao) ni Henry Kissinger, ni Fareed Zakaria, ni ninguno de los otros grandes sinólogos. Es una etapa signada por el ascenso global, por la búsqueda de un papel prioritario en la economía mundial, por el desafío financiero-monetario real a EE.UU., por la disputa en el liderazgo tecnológico y –last but not least– por el fin del pragmatismo a ultranza de Deng Xiaoping.

En efecto, lo que está evaporándose es la era Deng. Atrás empieza a quedar un sistema de liberalización económica y de apertura al exterior que remeció los pilares del planeta, debido a lo cual, Deng es considerado uno de los políticos más brillantes que se tenga memoria. No sólo por su locus classicus, “no importa el color del gato, lo importante es que cace ratones”, símbolo de un pragmatismo de veras, sino por su diagnóstico certero de los problemas de China y por haber convencido a los tomadores de decisión de su tiempo que la senda de Mao era una locura tras otra. Los persuadió que, si no se dejaban de lado arrebatos maoístas, como el Gran Salto Adelante o la Revolución Cultural, habría millones de muertos más y los por entonces mil millones de chinos estarían condenados a una pobreza crónica e insalvable. Deng abrió la economía a niveles que ni siquiera Milton Friedman imaginó. Atrajo inversión extranjera  a raudales e impuso, como componente fundamental de su plan, el envío de decenas miles de estudiantes a las mejores universidades estadounidenses. Deng sabía que, sin inversión en capital humano, ninguna apertura es sostenible. El resultado fue un crecimiento notable y el surgimiento de una sociedad que los sinólogos llaman xiaokiang (medianamente acomodada). De paso, re-instaló a Confucio en el centro del imaginario cultural del país.

Con Xi se evanescen tanto la idea del pragmatismo a ultranza en el plano interno como los principios de “auge pacífico” y “mundo armonioso” en el exterior.

Sin embargo, ya todo eso es historia.

El Reino del Medio posterior a la Segunda Guerra está iniciando su quinta etapa. Símbolo es un ingeniero químico, nacido 1953; es decir es el primer Presidente nacido después de la Revolución. Con Xi se evanescen tanto la idea del pragmatismo a ultranza en el plano interno como los principios de “auge pacífico” y “mundo armonioso” en el exterior. Los hitos rupturistas son muchos.

Una primera gran vuelta de tuerca es el abandono del principio constitucional establecido por Deng que limitaba el mandato presidencial a dos períodos sucesivos. Esto hace sospechar que el nuevo emperador pretende dominar de manera vitalicia. Menester es decir que Deng cambió la Constitución en 1982 para desatar los amarres maoístas, permitir las Zonas Económicas Especiales y crear la figura del Presidente de la República. Y es que sólo cambios de tal calibre político justifican un cambio de Carta Magna.

Otro gran hito rupturista es la creación de dos castas. Una, compuesta por los llamados lobos guerreros; esos diplomáticos y funcionarios internacionales de verbo más proactivo. Dos, por un segmento de gerentes de grandes conglomerados con ansias globales. Aquí destaca, Li Shufu, quien, independientemente si es o no el mejor amigo de Xi, como se comenta, expande sus negocios de manera muy particular. Dueño de Geely y promotor de la ofensiva automotora china por todo el mundo (compró Volvo y ahora planea comprar una parte de Mercedes), ya es el 12° hombre más rico del mundo. Interesado en satélites de órbita baja en autos voladores y cosas por el estilo, muchos medios le señalan como el Elon Musk chino. Un verdadero lobo guerrero empresarial.

El tema de la cooperación tecnológica es otra gran línea de ruptura. Xi ha roto la confianza que Deng cultivó con Occidente. Ha impuesto la obligación que las empresas tecnológicas compartan con el gobierno la información que recaban de sus clientes en todo el mundo. Y, para que no quepa duda de sus intenciones, ha dicho que se propone tener “unas FFAA de clase mundial, capaces de combatir y ganar guerras”.

En suma, poco espacio para incrédulos. Xi ya se ha hecho con el poder total y por eso las interrogantes van por otro lado. Por ejemplo, su desafío a EE.UU. ocurre sin que se perciba que posea aún una narrativa propia. Cada gran potencia la ha tenido. Así es con EE.UU. y fue con las potencias europeas de los siglos anteriores. Kissinger lo plantea como paso básico para legitimarse ante el resto del planeta.

Xi ha dicho que China se propone en el largo plazo crear un orden internacional más justo, razonable y equitativo. Cabe preguntarse qué significan tales asertos.

Paul Kennedy, y otros que han estudiado el auge y caída de las grandes potencias, sostienen que invocar sólo un interés compartido en el crecimiento económico es insuficiente. Las grandes potencias deben tener una Weltanschauung, una narrativa política, para serle reconocido su status.

Xi ha dicho que China se propone en el largo plazo crear un orden internacional más justo, razonable y equitativo. Cabe preguntarse qué significan tales asertos. También ha señalado que promoverá acuerdos para reorganizar las instituciones internacionales. Mas, ¿cómo se hace esto sin derrumbar el edificio existente o levantar suspicacias como en la OMS? También ha dejado entrever (durante su visita a México, por ejemplo) su deseo de entenderse de manera prioritaria con los países herederos de civilizaciones milenarias. Más allá del recurso retórico, ¿cómo definir una nación milenaria?

La verdad es que los chinos dejaron hace rato de exportar revoluciones y visiones utópicas. De Mao sólo queda el notable ingenio de sus dichos y una que otra foto en lugares turísticos. No le sobrevivió ni siquiera una rémora de esos intelectuales franceses de fines de los 60 que veían a la Revolución Cultural como un maravilloso “proceso purificador” (lejitos de París, en todo caso). De Deng, la elite política recordará la épica de haber proyectado al país hacia el escenario global. La elite científica y cultural china guardará prudente agradecimiento por haber evitado una hecatombe.

En 1997, cuando Hong Kong pasó a manos chinas, representaba el 20% de la economía total de ese  país; hoy roza el 2%. En 1997, Shenzhen (más o menos enfrente de Hong Kong) era una caleta de pescadores; hoy una urbe global y sede de varios gigantes tcnológicos, como Huawei, el gran símbolo del despliegue mundial de Xi.

Por de pronto, ya varios países latinoamericanos están en conversaciones para integrarse a la tecnología 5G de esa empresa. No sería extraño que tras la renovación del NAFTA, Xi disminuya su atención por México, y Argentina pase a transformarse en su gran reducto latinoamericano. Inversiones en diversos ámbitos ya lo señalizan y su inclusión en la fortaleza Huawei es casi un hecho.

Rememorando a Mao, difícil es anticipar qué pasará con la chispa que ha prendido Xi. Más fácil es adivinar qué estará pensando Deng en su tumba.

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