A 11 años de la muerte de Néstor Kirchner son varios los aspectos de su vida que alcanzaron elevada incidencia política e invitan a una reflexión más pausada en función de su proyección sobre “nuestro presente”. Entre los de mayor impacto está esa idea tan poco frecuente de crear una casta empresarial sui generis, de fibra parasitaria y naturaleza clientelar, observada también en otros países latinoamericanos afectados por el socialismo del siglo 21, quienes han acumulado fortunas de manera aluvial. Podría decirse que es una exportación no tradicional de la Argentina K.

En efecto, si se observa la Venezuela de Maduro y la Nicaragua de Ortega, la Bolivia de Evo Morales y el Ecuador de Rafael Correa, no puede sino concluirse que estos empresarios parasitarios crecen como amebas en los sedimentos más fangosos de los regímenes populistas de izquierda. Se trata de oligarquías nuevas que, pese a su parasitismo, aportan vitalidad a aquellos populismos, a la vez que representan una variante (continuidades y rupturas, se suele decir en el léxico intelectual de aquel sector) a la observada en los antiguos regímenes comunistas. A diferencia de Kirchner, los Castro, Ceauscescu o Brezhnev difícilmente imaginaron la gestación en su seno de una oligarquía capaz de actuar en el terreno del capitalismo, despojarse del control ideológico y simultáneamente mantener buenas dosis de lealtad.

En el comunismo afloró desde luego un segmento social de privilegiados, llamado nomenklatura (estudiado por quien fuera un connotado disidente yugoslavo, Milan Djilas, en su obra La Nueva Clase). Esta tuvo una composición profesional muy distinta, pues creció en las gerencias de las empresas estatales. Es decir, estuvieron siempre supeditados al control ideológico del partido. La hipótesis de Djilas se confirmó en 1989 y años posteriores, cuando, al derrumbarse el comunismo, fueron aquellos ingenieros y economistas quienes se hicieron con la propiedad de la mayoría de las empresas, al ser los únicos capaces de mantener el funcionamiento de la economía mientras se restauraba el capitalismo. Una transición del todo desconocida por aquel entonces. Como bien observó Jeffrey Sachs, se estudiaron mil formas sobre cómo avanzar del capitalismo al comunismo, pero jamás a la inversa.

Atendiendo razones ideológicas y de seguridad, la nomenklatura se conectaba a la economía mundial con cautela extrema. El comunismo tuvo siempre una relación sicopática con el entorno. Por eso, su contacto con grandes empresarios de nivel mundial era limitado a segmentos previamente seleccionados.

El primer gran ejemplo de ello fue el empresario estadounidense, Armand Hammer, CEO de la Occidental Petroleum, quien partió vendiéndole trigo a Lenin a cambio de pieles y caviar, para transformarse luego en un gran proveedor de bienes de consumo en la URSS. Otras veces se autorizó a ciertas empresas occidentales a hacer negocios específicos; por eso la PepsiCola estaba presente en Moscú, mas no la CocaCola. O bien, convinieron hicieron tratativas con grandes empresarios occidentales, siempre y cuando tuviesen la particularidad de ser financistas del partido comunista local. Un gran ejemplo fue Giangiacomo Feltrinelli en Italia. En todos los casos, la KGB estuvo vigilante, porque estimaba que eran operaciones no exenta de riesgos. Motivos tuvo de sobra. Feltrinelli sacó a escondidas el manuscrito de la novela Dr. Zhivago de Boris Pasternak y la hizo conocida en Occidente.

El socialismo del siglo 21, en cambio, entrega a los empresarios parasitarios manga ancha para usufructuar del derroche. Quizás por lo mismo, cuando han caído en el foco de los medios de comunicación y son investigados -como los casos de los empresarios K y de Alex Saab (supuesto testaferro de Nicolas Maduro)- han proliferado dudas de diverso calibre. ¿Cuál es su leitmotiv? ¿Es una fe ciega en el socialismo o una simple lealtad entre amigotes? ¿Qué características tienen en común?

No existe respuesta unívoca. La evidencia empírica apunta a que en la izquierda populista latinoamericana se fue descubriendo, a velocidades diversas, una virtuosa confluencia entre personas con intereses comerciales fuera de lo común y estos dirigentes ávidos de crear una suerte de economía negra, paralela y voraz.

Por eso, bien puede discutirse quién es el padre del empresariado parásito. ¿Néstor Carlos o Hugo Rafael? El hombre de la Patagonia partió en los 90 a nivel provincial, utilizando las asignaciones de obras públicas. El de Barinas comenzó poco después, pero lo hizo masivamente, a nivel nacional, expropiando y forzando al exilio a la antigua elite empresarial que optó por poner sus capitales en Panamá, Miami y España.

Sin embargo, a poco andar, ambas expresiones fueron adquiriendo tesituras similares. A los empresarios K y a la boliburguesía venezolana los une una corruptela desaforada. Casi apocalíptica. Sin olvidar, obviamente, el vaciamiento de las empresas estatales. En los K destaca, en el plano provincial, Rudy Ulloa, hombre de origen chileno, aunque avecindado desde su niñez en Santa Cruz, el gran reducto kirchnerista. Siendo un atento junior en la oficina de Kirchner, por ese entonces un abogado con intereses en el partido Justicialista local, ascendió pronto al círculo cercano y se transformó en un opulento empresario de medios de comunicación. Por alguna insondable razón se circunscribió a la provincia y su prosperidad, si bien meteórica, fue más bien parroquial.

En cambio, la figura icónica a nivel nacional es Lázaro Báez, un antiguo empleado del Banco de la provincia de Santa Cruz (aparentemente también de origen chileno), quien por arte de magia creó exitosas empresas constructoras, las cuales se adjudicaron cuanta obra pública fue licitada por el gobierno K. También fue beneficiado con una gran cantidad de obras federales licitadas por el entonces ministro de Planificación, Julio de Vido. De las 56 obras adjudicadas, sólo 26 las terminó y apenas la ejecutó con el presupuesto pactado inicialmente. Sus escándalos se hicieron públicos gracias al periodista Jorge Lanata en un impactante reportaje llamado La Ruta del Dinero K, en su programa Periodismo para Todos, disponible en redes sociales. En 2016, Báez fue detenido, se le confiscaron 50 propiedades y US$ 150 millones. Ese año, uno de sus hijos fue filmado contando millones de dólares en billetes, los cuales tras ser pesados eran sellados en bolsas plásticas, presumiblemente para ser enterrados. Una de las leyendas K atribuye a Néstor sugerir a sus amigos guardar cash en fosas y no en Suiza.

Lo más probable es que el último residuo comunista, la Cuba de los Castro, mire atónita (y con un dejo de envidia) esta peculiar convergencia entre régimen y empresarios parásitos. Por el fardo ideológico, para el castrismo sigue siendo una verdadera pesadilla conectarse con el mundo de los negocios. Lo intentaron hacer, con extrema cautela, de la mano de Odebrecht, ese gigante brasileño que había descubierto este interesante nicho de servir a la causa del socialismo del siglo 21 desde el mundo empresarial. Le ofrecieron una zona económica especial en el puerto de Mariel, cerca de La Habana, pero la caída en desgracia de aquella empresa y la pandemia frustraron los planes.

A 11 años de su partida, parece justo reconocer esta faceta tan inesperada del expresidente. Gracias a él, se aprendió a tomar noción de los vericuetos oscuros del socialismo del siglo 21. Una réplica del laberinto de Dédalo. Repleto de recovecos de todo tipo.

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