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Publicado el 28 de septiembre, 2019

Ivan Witker: El colapso cubano: suicidios, bloqueo fantasmal y fin del pathos

Investigador ANEPE y docente de Escuela de Gobierno Universidad Central Iván Witker

Cuando Raúl Castro le pidió a Díaz-Canel hacerse cargo del Ejecutivo en 2018, no contó con que la administración Trump iba a terminar con la benevolencia impuesta por Obama ni menos que iba a coincidir con el derrumbe venezolano. Situado hoy en un “estado de mínimos”, el problema real de Cuba es que el artificio creado en 1959 perdió razón de ser.

Iván Witker Investigador ANEPE y docente de Escuela de Gobierno Universidad Central
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Hace algunas semanas, Miguel Díaz-Canel anunció oficialmente que Cuba se encontraba en una “crisis coyuntural”. Muy sorprendente, por cierto. La verdad es que cuesta encontrar un momento de la historia cubana, posterior a la victoria de Fidel Castro en 1959, en que el país no haya estado al borde del colapso. Y lo más sorprendente es la fundamentación. Fidel Castro, Raúl Castro y ahora Díaz-Canel han reiterado que la culpa la tiene el bloqueo estadounidense.

Es en extremo sorprendente. Justamente la razón de ser de aquella revolución ha sido alejarse del imperialismo, del capitalismo y de todos sus males. Cabe preguntarse con una pizca de racionalidad, ¿cómo esta arcadia revolucionaria, que presuntamente otorga niveles asombrosos de igualdad y oportunidades, no haya podido en 60 años zafarse de dichos males y siga dependiendo del imperialismo para su sobrevivencia? Las defensas del modelo cubano, siempre tan audibles, suelen escabullir esta duda tan central.

La “crisis coyuntural” de Díaz-Canel parece confirmar lo que se sospecha hace mucho tiempo, que el modelo cubano simplemente no es viable. Es un artificio, cuya sobrevivencia fue posible a la astucia de sus dirigentes para sacarle provecho geopolítico a la Guerra Fría y al control neto que consiguieron de Venezuela tras el derrumbe de la URSS. Las cifras del intercambio comercial en los últimos 60 años son indesmentibles; tanto las oficiales cubanas, las otrora soviéticas como las actuales de organismos internacionales. Si no hubiese existido un benefactor, habría desaparecido hace tiempo.

Las imágenes de la “crisis coyuntural” son muy impactantes. Retorno al transporte con fuerza animal, cierre de las de por sí escasas conexiones interprovinciales, apagones programados de suministro eléctrico y muchas otras calamidades de la vida diaria que reportan los atribulados cubanos a través de las exiguas conexiones por internet. Hay indicios que ha entrado a un callejón sin salida.

Sea o no crisis terminal, Cuba ha entrado en un período sumamente complejo.

Cuando Raúl Castro le pidió a Díaz-Canel hacerse cargo del Ejecutivo en 2018, no contó con que la administración Trump iba a terminar con la benevolencia impuesta por Obama ni menos que iba a coincidir con el derrumbe venezolano. Situado hoy en un “estado de mínimos”, el problema real de Cuba es que el artificio creado en 1959 perdió razón de ser.

Por lo mismo , la “crisis coyuntural” obliga a mirar atrás y recordar algo muy poco estudiado; el costo en la población. Esa épica que deslumbró a muchos en América Latina, Europa y África, ha dejado un verdadero un reguero de sangre, sudor y lágrimas, como diría Churchill. Incluso, sangre propia.

En efecto, no sólo enemigos, sino amigos (cubanos y extranjeros) han sucumbido y de maneras muy trágicas. Cuba exhibe hoy uno de los más elevados niveles de suicidio de todo el mundo. Es muy llamativo que personeros ajenos a los infortunios que vive la población, y que se supone más felices con la arcadia revolucionaria, se han suicidado.

Haydée Santa María, compañera de Fidel Castro en el asalto al Cuartel Moncada y con innumerables cargos de alta responsabilidad, se quitó la vida justo el 26 de julio de 1980, aniversario de la Revolución. Oficialmente, por depresión. Tres años más tarde, el ministro de Justicia y presidente de la República entre 1959 y 1976, Osvaldo Dorticós, se quitó la vida. Oficialmente, por depresión. Y la lista es asombrosamente larga: la cuñada de Raúl Castro, Nilsa Espín y su marido Rafael Rivero; el asesor económico de Fidel Castro, Javier de Verona, el ministro de Comercio Exterior en los años 60, Alberto Mora y Miguel Ángel de Quevedo director de la revista Bohemia, verdadero baluarte de la Revolución. El 1 de febrero del año pasado, el propio primogénito, Fidel Castro Díaz-Balart, se quitó la vida. Todos aquejados de repentinas depresiones, nunca explicadas.

El caso de De Quevedo es muy interesante. Dejó una carta donde informa que se suicida por la vergüenza de haber publicado en su revista supuestas atrocidades cometidas por Batista, sosteniendo reiteradas veces que habría asesinado a 20 mil personas. Fake news a la cubana.

Sea o no crisis terminal, Cuba ha entrado en un período sumamente complejo. Ya no sólo se carece de un dador de sangre tipo URSS o Venezuela. Lo nuevo es que se observa un claro agotamiento del pathos revolucionario.

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