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Publicado el 8 marzo, 2021

Iván Witker: “Doctrina Sinatra”, 90 años de Gorbachov y los latinoamericanos

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

El grueso de los problemas emanados de la URSS no parecían tener impacto inmediato ni directo en América Latina. La razón era simple. La apertura propiciada por Gorbachov tenía como contraparte al capitalismo desarrollado y no precisamente a América Latina.

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa
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Gennadi Gerasimov, uno de los principales asesores de Mijail Gorbachov, sorprendió al mundo entero a fines de 1989 al explicar gráficamente el cambio tectónico de lo que estaba ocurriendo en el bloque soviético. El día previo, el canciller Eduard Shevardnaze había señalado que Moscú tomaba la decisión de respetar la soberanía de cada país, incluyendo la de sus aliados. Un grupo de periodistas reunidos en Helsinki le pidió a Gerasimov algunas precisiones. Este recurrió a una metáfora musical. “A partir de ahora, cada quien a su manera … o sea, ¡como la canción de Sinatra!”. Se trató, sin dudas, de un notable tributo a ese gran crooner estadounidense y a su inmortal My way.

Por estos días, Gorbachov cumple 90 años y vive desde hace 30 alejado del poder. Sin embargo, se le sigue considerando un ícono universal, aunque de algo enteramente indescifrable. Es un símbolo de transformaciones profundas, es una imagen excelsa de un estadista imbuido de la necesidad de cambios, aunque imposibilitado de visualizar el rumbo. Por eso, se le recuerda como un político dotado de un encanto natural fuerte (Thatcher llegó a decir I like Gorbachov, apenas lo conoció), pero su “cita con el destino” lo puso en una tarea que jamás imaginó, demostrar que el régimen comunista es irreformable. El propio Gorbachov relata haber llegado a tal convencimiento sólo cuando decidió renunciar al cargo de presidente. Y tenía plena razón. Ante el asombro mundial, sólo dos días después de su renuncia, el Estado soviético y su régimen leninista se esfumaron.

Muchos lo critican precisamente por no haber hecho lo suficiente para evitar el derrumbe. Mirado en retrospectiva, podría admitirse cierta veracidad, al tener en consideración el carácter de potencia mundial ostentado por su país. Sin embargo, su fracaso como estadista tuvo de manera paralela un efecto gigantesco en todo el mundo. Por ejemplo, con él caducaron las ideas de manual marxista en orden a que la desaparición del capitalismo era inminente y que la proyección del comunismo era infinita e inevitable en términos históricos. Con Gorbachov se disipó también el peligro de una hecatombe nuclear. No en vano, su biógrafo, el británico, William Taubman lo destaca como la figura clave para el fin de la Guerra Fría. Y, obviamente, gracias a la perestroika, numerosos países accedieron a la independencia efectiva al extinguirse la idea de soberanía limitada (la doctrina Brezhnev), que los tuvo constreñidos gravemente durante las cuatro décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

Quizás por eso mismo prácticamente no hay una zona del mundo a la que Gorbachov no le sea, de algún modo, familiar.

La visita a Cuba

En todo caso, los latinoamericanos lo han mirado desde siempre con un ojo estrábico y extrañado. Les resulta una figura algo borrosa, que se mueve en la lontananza de lo desconocido. Y ello es explicable. En esta región del mundo, tan lejana a los sucesos de impacto global, cobran enorme elocuencia aquellas palabras del historiador alemán, Reinhart Koselleck (con obras tan esclarecedoras como Vergangene Zukunft y Begriffsgeschichten), en orden a que los personajes y hechos históricos terminan siempre siendo vistos de manera muy diferenciada dependiendo del observador (de su religión, de su lugar en el mundo, de su status, etc). Con tal perspectiva, el grueso de los problemas emanados de la URSS no parecían tener impacto inmediato ni directo en América Latina. La razón era simple. La apertura propiciada por Gorbachov tenía como contraparte al capitalismo desarrollado y no precisamente a América Latina.

Quizás el único que lo vio como enemigo directo e inmediato fue Fidel Castro. La visita de Gorbachov a La Habana en abril de 1989 le dejó un sabor muy amargo. Demasiados cubanos salieron a las calles de manera espontánea y hubo excesivos halagos de la disidencia. Adivinaba lo que Gorbachov significaba para su experimento comunista, vegetando a la sombra soviética. Sabía que su modelo sería muy poco viable bajo condiciones de la doctrina Sinatra. De hecho, su sobrevivencia posterior, atado a la petrolera venezolana PdVSA, lo demuestra.

Sin embargo, Gorbachov, y especialmente quienes le sucedieron (Yeltsin y Putin), tenían claro que la Cuba de Castro era inviable también bajo condiciones parasitarias. De hecho, perestroika y glasnost tuvieron bastante explicación en esa costumbre soviética de andar subvencionando causas revolucionarias por el Tercer Mundo (la mayoría sin destino alguno). Esa inclinación generaba, por un lado, enormes desvíos de recursos, necesarios para la carrera armamentista, y, por otro, creciente malestar en la población soviética, principalmente entre los jóvenes, poco dispuestos a entender aquellas angustias ciegas de las experiencias históricas, que hablaba Koselleck, y que en el caso cubano sintetizaba el slogan ¡Patria o Muerte!

Una muy importante lección que se puede extraer de la experiencia de Gorbachov relacionada con ese vestigio llamado Cuba ocurre en el plano de la hora final de estos regímenes verticales. Como asertivamente indica Koselleck, el cambio se debe producir necesariamente primero en la cúpula. Berlin oriental 54, Budapest 56, Praga 68, y tantas otras rebeliones de bases obreras, o estudiantiles, llevan a descartar a priori el éxito de esos soñados “levantamientos de masas”. Estos suelen ser aplacados sin mayores contemplaciones. Por ello, quizás de manera intuitiva, no pocos cubanos dentro y fuera de la isla -y los interesados en el desarrollo político de la isla- pensaron que el jovial canciller de los 90, Roberto Robaina, pudo haberse convertido en el Gorbachov cubano y propiciar cambios desde arriba.

La influencia en Chile

En el caso de Chile, la influencia fue indirecta, pero no por ello menos decisiva. El diagnóstico de Gorbachov terminó fortaleciendo las visiones socialdemócratas en el Partido Socialista (tanto las genuinas como las acomodaticias) y provocaron en el PC chileno la mayor sangría de militantes de su historia, especialmente artistas e intelectuales, atemperando, de paso, los ímpetus revolucionarios producto de su opción rodriguista. Estos efectos posibilitaron finalmente la transición. Queda flotando en el aire una pregunta contra-fáctica crucial: ¿habría sido posible la transición chilena sin la implosión soviética? Lo visto estos últimos años en Chile sugiere un no bastante estruendoso.

Lugo, por extensión, la doctrina Sinatra también tuvo contornos en otros aspectos de América Latina. Cada país adquirió su propia dinámica. Atrás quedaron los problemas comunes, aquellos políticos emanados de las guerrillas y los económicos, que se desprendían de deudas externas impagables. Miles de textos académicos, políticos y periodísticos aparecieron por aquellos años con el rótulo, la década perdida. Salvo Chile, que se embarcó en profundas reformas estructurales.

Puede decirse entonces que las palabras de Gerasimov en Helsinki retumbaron por acá con bastante más fuerza de lo que se supone. Poco después de pronunciarlas, cada país latinoamericano asumió sus propios líos, tratando de instalar regímenes de cierta base democrática e introduciendo reformas económicas (de clara inspiración chilena) para tener las cuentas fiscales bajo control. Cada uno a su manera. Each in their own way, diría Sinatra.

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