El llamado del líder norcoreano a su población a consumir menos alimentos, “para reordenar la economía”, es el preámbulo de una nueva hambruna en aquel país. No faltará quien tome esto en términos jocosos, pero no lo es en absoluto. Bordea lo trágico y, quizás, lo abyecto. Someter a una población a tales tribulaciones, en tiempos de paz, debería merecer la condena mundial.

¿Qué pasa con este tipo de regímenes que, independientemente de su contexto geopolítico, presentan la regularidad de ser incapaces de proveer los bienes más básicos a sus connacionales? ¿Se asemeja este llamado a esos períodos especiales de la élite post Castro en Cuba? ¿Se ha pronunciado sobre esto la gauche caviar? Innumerables dudas, todas de palpitante vigencia, surgen tras este macabro anuncio de Kim Jong-un, nieto del legendario timonel Kim Il-Sung.

Fue justamente el abuelo (jefe de Estado ad eternum de ese extravagante régimen) quien implantó una lunática obsesión por la autarquía absoluta. La denominada idea Juché es una mezcla de nacionalismo e ideologismo, que preconiza la máxima desconexión posible con el resto del mundo. Con matices menos intensos, aunque ciertamente más quejumbrosos, Fidel Castro propugnó un aislamiento similar. Se confirma así que estos edenes comunistas son realmente inermes al virus capitalista.

Esa manía por el hermetismo total representó siempre un dolor de cabeza en Europa oriental. A diferencia de Cuba o Norcorea, se sospechaba que el intercambio comercial era benéfico per se y trataron de sobrellevar el corset ideológico con una pizca de realismo. Para eso mantuvieron una pequeña válvula comercial con Occidente, a la vez que crearon entre ellos un mercado común conocido por sus siglas en inglés, COMECON. Para hacer menos lúgubre la oferta comercial doméstica, abrieron tiendas especiales donde se podía comprar productos occidentales en moneda convertible; el tuzex en República Checa, el intershop en Alemania oriental, baltona en Polonia etc. Pese a todo, el desabastecimiento de productos, que a ojos capitalistas son esenciales, sin ser agudo y gravísimo como en Cuba o Norcorea, mantuvo inevitablemente un carácter crónico.

Hoy, en nuestras vecindades, donde se hablan los dialectos más nuevos del comunismo, se observa idéntica dificultad para proveer productos esenciales a la población. No hay que discurrir mucho para ver ahí una de las grandes motivaciones de las estampidas migratorias. La experiencia es muy clara. Quienes no pueden huir se ven sometidos, por añadidura, a situaciones denigrantes e ignominiosas. La más reciente corresponde al desgarrador testimonio de Mavys Alvarez, la quinceañera acosada por las penurias materiales de su familia y obligada por el régimen a ejercer la prostitución, 24 horas del día, al servicio de Maradona, el huésped personal de Fidel Castro.

Una ojeada a los supermercados venezolanos también debería ser suficiente para percatarse qué significa desabastecimiento en estos regímenes. Curiosamente, no siempre es así. Un periodista chileno viajó a Caracas hace algunos años y, pese a la evidencia visual, minimizó el asunto.

Este episodio invita a una reflexión un poco más pausada. Independientemente de si las motivaciones de ese u otro viajero son sus convicciones o participación en algún tipo de estrategia de paid ads, sabido es que estos regímenes siempre han buscado maneras de minimizar esa faceta tan nauseabunda de su modelo económico y lo hacen recurriendo a personajes neutros. Es decir, personas públicas dispuestas a explicar lo inexplicable, a avalar lo inexcusable y mitigar las críticas.

El caso más famoso durante la Guerra Fría fue el del grupo intelectual francés Tel Quel, por la revista cultural de ese nombre, donde participaban Michel Foucault, Jean-Paul Sartre, Roland Barthes y muchos otros. Todos, fervientes defensores del maoísmo (desde París, se entiende). Mao no perdió la ocasión y los invitó para agasajarlos en Pekín, en plena Revolución Cultural Proletaria y cuando se sabía de los 20 millones de personas muertas por hambre o represión.

Vargas Llosa suele referirse a este caso y no pierde ocasión para destacar al sinólogo belga, Simon Leys, la muy notable excepción en aquella atmósfera tan absurda de endiosar a Mao, y recomendar sus recetas revolucionarias a los países del Tercer Mundo, desde las poltronas de un bar en la capital francesa.

Esa incongruencia es similar a los cortesanos de ahora. Sin embargo, se observa una interesante diferencia. Los aduladores de hoy no sólo carecen de glamour, sino que están despojados de peso específico, culturalmente hablando. Son los Maradona, en el caso de los Castro, o el basquetbolista estadounidense, Dennis Rodman, el compañero de parranda de Kim. Y, bueno, Maduro también se rodea de su grey. La Habana, Caracas o Pyongyang ya no buscan convencer a la intelligentisa que el desabastecimiento es propaganda enemiga. Ahora buscan a ignorantillos, terraplanistas y narcisos pequeños. El objetivo ya no es encontrar a alguien que haga sesudas apologías como antaño, sino simplemente les permita llegar al pueblo llano, a sabiendas que allí los dramas, como los de Mavys, se disuelven con facilidad.

Hoy ya prácticamente no quedan intelectuales y artistas que secunden a estos regímenes. En el caso de Fidel Castro ya hubo un primer gran quiebre en los 70, cuando la devoción inicial mermó, producto de que las estampidas migratorias hicieron inocultables las penurias de su población. Penurias tanto materiales como espirituales.

Entre estas últimas, sobresalió el caso Heberto Padilla. Su detención por el sólo hecho de leer un poema incómodo para el gobierno (“Provocaciones”) y obligarlo luego a renegar de toda su obra, motivó el alejamiento de varios intelectuales. Incluso, Sartre y su pareja.

Estos últimos años, y producto de la pandemia, la situación se ha ido agravando a niveles impensados. En Cuba, el 15 de noviembre se divisa tormentoso, con una huelga general en favor de libertades civiles y demandas de mejoras en la gestión económica. ¿Qué harán los terraplanistas de estos regímenes?

La fuerza de la realidad es tremenda y, viajeros más, viajeros menos, se puede concluir que allí donde se coarta o prohíbe la acción del mercado, se termina pagando un precio enorme. Por eso, las hambrunas que se avecinan en Norcorea y Cuba no presagian nada bueno.

Parafraseando a Schumpeter, podría decirse que, independientemente de la intensidad con que se asuman los principios de la economía centralizada y estatalizada, en estos regímenes jamás ocurre esa destrucción creadora (schöpferische Zerstörung), que habló el economista checo-austríaco en su Capitalismo, Socialismo y Democracia. Son regímenes que se tambalean y viven una crisis tras otra, para terminar en lo único posible, su colapso.

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