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Publicado el 26 de abril, 2019

Iván Witker: Cuba y el más grande éxodo latinoamericano

Investigador ANEPE y docente de Escuela de Gobierno Universidad Central Iván Witker

La estampida que vive Venezuela no presenta un dolor de cabeza para el régimen de Maduro. Más bien parece obedecer a una maniobra incubada, tal como en su momento lo hizo el régimen de Fidel Castro con la población descontenta de la isla.

Iván Witker Investigador ANEPE y docente de Escuela de Gobierno Universidad Central
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La estampida migratoria de venezolanos no tiene parangón en la historia latinoamericana. Nunca antes en tan poco tiempo un grupo tan numeroso de nacionales de un país latinoamericano había optado por huir al precio que sea y exponiéndose, de paso, a redes de traficantes y a bandas de maleantes armados, así como al peligro obvio de sucumbir en el riesgo que significan grandes caminatas por zonas inseguras o cruces de caudalosos torrentes fluviales. Venezuela ha perdido ya casi el 15% de su población. The Economist cifra en 4 millones el número de venezolanos que ha salido buscando nuevos horizontes y un estudio reciente de Consultores21 indica que el 40% de sus 31 millones planea emigrar. No en vano varios medios de prensa europeos hablan de migración de “dimensiones bíblicas”, comparable con la siria.

Ya que es casi un lugar común calificar a las migraciones internacionales como beneficiosas y decir que estaríamos entrando en una suerte de gran fase nomádica de la humanidad, cabe preguntarse acerca de los efectos benéficos (y de paso, los dañinos) de esta suerte de vaciamiento poblacional que vive Venezuela.

Para entender el problema es menester considerar que América Latina ha vivido sólo tres grandes movimientos migratorios. El primero corresponde a los más de 40 millones de mexicanos que han ido a asentarse en EE.UU. en un largo período que inició a mediados del siglo 19 teniendo motivaciones de tipo económico. El segundo pertenece a poco más de 6 millones de colombianos que se trasladaron a Venezuela, fundamentalmente en la segunda mitad del siglo pasado, atraídos por la bonanza petrolera de su vecino que, dicho sea de paso, cautivó a 11 millones de extranjeros entre 1970 y 1990. Este flujo disminuyó a fines de los 90, revirtiéndose completamente con la asunción de Nicolás Maduro. El tercer gran movimiento migratorio corresponde a los tres millones de cubanos que huyeron (fundamental aunque no únicamente a Miami) tras el triunfo de Fidel Castro. Aquí resulta interesante detenerse brevemente por su conexión con el caso venezolano.

A diferencia de la mexicana y la colombiana, la cubana trata de una emigración descontenta con las prácticas y con los resultados del experimento político tras las masivas estatizaciones en 1962, con el consiguiente fin de la iniciativa privada, coincidentes con la separación de la presidencia de la República de Manuel Urrutia, acusado de “burgués y liberal”. Esa, la primera estampida cubana, cuyos protagonistas fueron principalmente aquellos a quienes se les confiscó sus propiedades, marca una diferencia sustantiva con los movimientos migratorios anteriormente descritos. La siguiente, que se produjo en 1965, confirma tal aserto. Se desató cuando Castro autorizó ex profeso a miles de personas a abordar embarcaciones en una caleta de pescadores llamada Camarioca (provincia de Matanzas) para que abandonaran el país. Eran personas de clase media, profesionales descontentos con el curso del régimen, pero que inicialmente habían apoyado la revolución, por lo que su presencia en la isla se había transformado en un incordio interno. Camarioca fue, por lo tanto, la primera vez que se utilizó la emigración masiva como arma política y producto de un diseño. Camarioca se organizó para preservar la sacralidad de la revolución.

Por eso no extraña que en 1980, Fidel Castro lo haya repetido con casi un millón de personas de diverso origen social, especialmente jóvenes, que ocuparon el puerto de Mariel, días después que 10 mil cubanos buscasen refugio en la embajada de Perú en La Habana. Lo de Mariel fue aprovechado para vaciar las cárceles y hospitales siquiátricos. Se incitó a todos los desafectos a abandonar la isla. Considerado un éxito, en 1994 Castro volvió a ejecutar la maniobra, provocando la llamada crisis de los balseros, con el objetivo de deshacerse de una presión interna que amenazaba con desestabilizar el régimen, debido a la gravísima crisis económica tras el derrumbe del comunismo en la Unión Soviética.

Por lo tanto, esta idea de descomprimir el régimen mediante el expediente de alentar salidas masivas de opositores parece ser uno de los rasgos más singulares del modelo cubano. Aunque fue el propio poder bolchevique el que descubrió las “bondades” de deshacerse pacíficamente de opositores, alentando salidas relativamente numerosas, esto no fue más allá de la década del 20. Desde los 50 en adelante, ningún régimen comunista promovió salidas masivas y, por el contrario, las reprimió. Así ocurrió con la solicitud de refugio hecha por miles de ciudadanos de la RDA en las embajadas de Alemania Federal en Praga y Budapest (1989) pocos meses antes de la caída del Muro.

En cambio, el régimen cubano transformó esta maniobra en un verdadero y sorprendente instrumento político, haciendo uso intermitente y en contextos fríamente calculados. Camarioca, Mariel y la crisis de los Balseros siguieron cursos que parecieran haber seguido un libreto pre-establecido.

Dada la estrecha cercanía de La Habana con el régimen de Maduro, y lo observado hasta ahora, es altamente probable que el éxodo de venezolano responda a este tipo de maniobra. En efecto, la diáspora bolivariana parte a fines de los 90 con una paulatina salida de profesionales con rumbo preferentemente a EE.UU., Canadá, Portugal, Aruba y Panamá, a la cual, Chávez no dedicó atención probablemente por el frenesí que vivía con los altos precios del petróleo y los consejos de quien sabe de estos manejos. Una nueva ola migratoria se produce en 2012 por la caída brusca de los precios del crudo, año en que salieron de Venezuela cerca de 800 mil personas de clase media, quienes tomaron diversos rumbos, aunque preferentemente España y países latinoamericanos. Maduro reaccionó con liviandad, limitándose a reprocharles no amar la arcadia bolivariana. Un nuevo cenit migratorio se alcanza a fines de 2016, perdurando hasta hoy, sin que esto haya alterado la rigidez madurista. Los únicos que parecen preocupados son tanto los países vecinos desbordados por la avalancha humana como los organismos humanitarios.

En síntesis, el éxodo “de dimensiones bíblicas” que vive Venezuela, pese a involucrar a muchas personas de origen social diverso y que se aventuran a huir en condiciones paupérrimas, no presenta un dolor de cabeza para el régimen. Más bien parece obedecer a una maniobra incubada.

 

 

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