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Publicado el 15 febrero, 2021

Ivan Witker: Cuba, una batalla cultural cool y sexy

Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa Iván Witker

La hegemonía cultural totalitaria está siendo cuestionada de manera severa con la irrupción de internet, pese a las enormes dificultades de costo y disponibilidad.

Iván Witker Investigador ANEPE. Académico Escuela de Gobierno U. Central. PhD U. Carlos IV, Praga, República Checa
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Los años más gloriosos de la revolución cubana fueron los 60. Por ese entonces, muchos jóvenes (y otros no tanto) de todos los sectores sociales, y de prácticamente todos los países latinoamericanos, cayeron rendidos ante una gesta que prometía cambiar la región y quizás el mundo entero. La fascinación no era necesariamente política o militar. Era el advenimiento de un cambio cultural absoluto, y sería de la mano de la música de Carlos Puebla, Arturo Sandoval, Paquito D´Rivera, el grupo Irakere y de muchos otros. Se sentía un tsunami revolucionario.

Sin embargo, a poco avanzar la década del 70, la epopeya se eclipsó, iniciando un deterioro gradual y persistente. El colapso de los 90 la dejó agónica, con evidentes signos de deslegitimidad. Hoy en día, los jóvenes cubanos -nietos de aquellos que vitoreaban a los Castro- preparan la estocada final. Lo hacen conectados entre sí, por redes sociales, y con el mundo, principalmente con aquel de la literatura, la música y las artes. En la isla se libra por estos días una muy interesante batalla, por algo novedoso, denominado cool y sexy.

¿Cuál es la médula escondida en esos dos anglicismos tan populares en la Cuba del 2021? Nada más y nada menos que los avatares de una angustiante disputa por la hegemonía cultural. ¿Será exageradamente optimista pensar en un desenlace? Para nada.

La clave radica en el quiebre de un sustento muy poderoso en el que ancló el régimen prácticamente desde 1959. De ahí en adelante se fue dando en la isla una configuración muy excepcional, aunque quizás casual, de dos elementos políticos centrales. Por un lado, el uso absoluto de la maquinaria del poder (el componente leninista) y, por otro, la hegemonía cultural (el componente gramsciano).

Nada se sabe de cuán compenetrados estuvieron los hermanos Castro con las ideas del ideólogo italiano, pero sí se divisa una total coincidencia de diagnóstico, en el sentido de que ganar la guerra cultural es condición para la victoria final. Según Gramsci, la hegemonía cultural permite afianzar una legitimidad basada en un consenso superador del adoctrinamiento ideologizado y de la simple coerción.

En base a aquello se puede asumir que la gesta castrista abrió, no sólo en la isla sino en todo el continente, un convencimiento muy inusual de que la revolución comunista era inevitable (ineluctable, en léxico marxista), pero también que el camino ideal era la violencia revolucionaria. Tal entusiasmo quedó sintetizado en el popular slogan de entonces, “Crear Dos, Tres Vietnams”.

El resultado de tal camino fue la disolución de los deslindes entre los ámbitos propios del régimen y aquellos de la sociedad civil (incluida la familia). Energía y entusiasmo desbordantes generaron una atmósfera donde el totalitarismo se llegó a percibir como el estado natural de las cosas. Contrariu sensu, esto no ocurrió en las experiencias europeas. Allí, cada régimen se asumió a sí mismo como algo necesariamente impuesto, sin disimular siquiera estar a las órdenes soviéticas. Tal aserto permite calibrar la importancia de Walesa, Havel y los cardenales Wyszynski y Wojtyla, quienes demostraron que, manteniendo roces continuos, se podía evitar la penetración total en la vida cultural por parte del régimen. Los cuatro dejaron de manifiesto que los intersticios alejados del régimen podían erigirse en reservorios de las respectivas culturas nacionales. Eso explica la influencia marginal de Gramsci en las experiencias checa, polaca, húngara.

En el caso cubano, el totalitarismo basado en esa poderosa convergencia (leninista y gramsciana) permite explicar también la sorprendente sobrevivencia postsoviética. Parece obvia la insuficiencia de la simple represión como factor explicativo para la sobrevida de un régimen tan oprobioso.

Sin embargo, la hegemonía cultural totalitaria está siendo cuestionada de manera severa con la irrupción de internet, pese a las enormes dificultades de costo y disponibilidad. La litis política y generacional a través de las redes sociales está sirviendo además de test a aquella observación empírica sobre esa misteriosa capacidad del mundo de la cultura para olfatear grandes cambios sociales. Se ha producido una confluencia virtuosa de redes y vitalidad cultural, germinando una potente identidad común de jóvenes y del mundo de la cultura. Símbolo de aquello es el 18 de noviembre de 2020. Ese día, lo más granado de los músicos, pintores e intelectuales cubanos se auto-convocaron para solidarizar con el joven rapero, Maykel Castillo, arrestado por la policía. Surgió así el movimiento de disidencia cultural llamado San Isidro, por el nombre del paupérrimo barrio de La Habana donde está la casa de la cultura a la que pertenecía el músico detenido. San Isidro rememora necesariamente trazos de Europa del Este.

Por ejemplo, de la banda checa de rock experimental Plastic People of the Universe, símbolo del movimiento underground de la Praga de los 70. Ese grupo alcanzó tal conexión con las generaciones más jóvenes, que terminó exasperando al régimen por la dificultad para asfixiarlo.

Ocurre que exasperación y desorientación van de la mano cuando un régimen se ve imposibilitado de controlar a la sociedad civil. En los dirigentes cubanos, ya se aprecia dicha neurosis. Como si estuvieran oliscando el sino gramsciano de la naciente atmósfera en el país, hace un par de semanas, el ministro de Cultura, Alpidio Alonso y sus dos viceministros, agredieron verbal y físicamente (a puños y empujones) a un grupo del movimiento San Isidro que le demandaba diálogo. A mayor abundamiento, un estudiante universitario, Pedro Velásquez, defensor del régimen en varias redes sociales, advirtió hace muy pocos días que “la revolución tiene que dejar su momento enquistado y comenzar a ser cool y sexy”. Más tarde intervino en el espacio “La Tertulia: Medios pagados desde el exterior”, donde alertó de la existencia innegable de una batalla por las palabras entre el oficialismo y los activistas opuestos al régimen en redes sociales.

La reacción no se hizo esperar. Miles de jóvenes, haciendo uso de sus celulares, inundaron las redes con la expresión “gusanera cool y sexy”.

Como se sabe, el paisaje visual y el universo auditivo de la Cuba revolucionaria estado saturado de palabras con significado alterado (del tipo hechos alternativos de la era Trump), como “diversionismo”, “escoria” y, desde luego, “gusano”. Esta es una palabreja extraída de la neolengua orwelliana castrista, equivalente a exiliado o traidor. El juego de palabras invita a concluir que el grueso de la juventud cubana, y la nueva camada de artistas, están perdiendo el temor a los rigores de la post-verdad castrista y se divierten en las redes, asumiéndose como gusanos (cool y sexies, se entiende).

En suma, Gramsci ha ganado actualidad a propósito de Cuba. Sus ideas ayudan a descifrar las guerras culturales, especialmente aquellas donde participan los incombustibles grupos propugnadores de la lucha de clases. En la Cuba de estos días, se expresa a través de los manotazos del régimen contra el movimiento San Isidro y de esa manifestación digital llamada la gusanera cool y sexy. En otras partes del mundo, Gramsci sirve para comprender la profundidad y alcance de las disputas por el control del relato público, el cual, consciente o inconscientemente, tracciona al grueso de la clase política de cada país.

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